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La mujer que convirtió el congelador de su casa en Medellín, en un banco de leche materna

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Medellín en Historias | Unidad Administrativa Especial Buen Comienzo
Por: Textos y fotos: Nátaly Londoño Laura Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

Ella es Laura Giraldo Valencia, participante de la modalidad familiar de Buen Comienzo,  quién cada semana dona entre 10 y 14 frascos de leche materna al banco del Hosp...

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  • Ella es Laura Giraldo Valencia, participante de la modalidad familiar de Buen Comienzo,  quién cada semana dona entre 10 y 14 frascos de leche materna al banco del Hospital General de Medellín para recién nacidos que nunca va a conocer.

    Laura Giraldo Valencia tiene el cabello mojado, todavía rizado del baño de la mañana, cuando Emma empieza a balbucear que tiene hambre. La pone al pecho sin apuro, con la soltura de quien ya encontró el ángulo exacto después de semanas de ensayo y dolor. Afuera, en la cocina, el congelador zumba mientras guarda algo que no es de Emma: nueve frascos de vidrio llenos de leche materna, rotulados a mano con resaltador negro: nombre, fecha y hora. Todos apilados. Todos para otros.

    Laura tiene 25 años, dos hijos y una convicción que no aprendió en ningún manual: que su cuerpo produce más de lo que una sola bebé necesita y que ese excedente puede ser la primera alimentación de un recién nacido al que ella nunca va a conocer.

    Desde que Emma tiene tres días y medio de nacida, Laura dona al banco de leche del Hospital General de Medellín. Cada lunes llega a su casa una enfermera en un vehículo de refrigerado especial, abre el congelador, saca frasco por frasco, los desinfecta y los transporta. Entre 10 y 14 frascos por semana, entre 13 y 16 onzas cada uno. No hay placa en la puerta de su casa. No hay reconocimiento. Solo hay un congelador al que no le cabe nada más.

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    Antes de Emma

    La historia de este banco empieza cinco años atrás, cuando nació Jacobo. Laura producía tanta leche entonces que intentó donar, pero el proceso exigía desplazarse hasta el hospital para hacer la entrega. La distancia la venció y se quedó con las ganas y con la idea.

    Con Jacobo también alimentó a un primito cuya madre había sufrido una mastitis severa y le habían operado los senos. «No tenía las herramientas para comprar leche y todo eso. Yo le dije: no tengo ningún problema, yo te lo alimento», recuerda. Lo hacía en tándem: primero Jacobo, luego el otro bebé. Y entre extracciones llenaba bolsas para un banco que nunca prosperó.

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    Cuando quedó embarazada de Emma, Laura ingresó a la modalidad familiar de Buen Comienzo desde los cinco meses de gestación. El programa de primera infancia de la Alcaldía de Medellín le ofreció una atención que ella describe con una certeza sin adornos: «Te enseñan, aprendes mucho, puedes preguntar lo que quieras. Es un espacio muy seguro, como una segunda casa«.

    Fue en ese espacio donde conoció a María Paula, una de las 16 doulas que el programa incorporó para acompañar a las madres gestantes y lactantes. Y la camiseta blanca con el logo de Buen Comienzo no disimula su manera de hablar: directa, cercana, con una risa que aparece antes que las palabras. Es psicóloga perinatal, colombiana, formada en Barcelona después de vivir un parto que ella misma califica de violento. De ese dolor viene su convicción: que la información aterrizada cambia partos, lactancias y postpartos.

    Así que cuando la docente del programa le dijo que Laura necesitaba ayuda con la lactancia, María Paula de inmediato fue a su casa. La encontró frustrada, con una perla de leche obstruyendo un conducto, Emma sin poder pegarse bien al pecho por su boca pequeña y un dolor acumulado en la espalda por la postura equivocada. «Hacelo como lo hacés normalmente y vamos corrigiendo en la marcha», le dijo. Corrigieron la postura y el alivio llegó ese mismo día.

    «Cuando vi la cantidad de leche que tenía en su banco, me reí y le dije: Es imposible que estés dudando de vos«, recuerda María Paula. Para ella, que trabaja recorriendo sedes del programa por toda la ciudad, la historia de Laura confirma lo que sostiene sobre su oficio: «Cuando una cuida desde la gestación, tiene un mejor postparto, una mejor lactancia, un mejor cuidado y un mejor vínculo«.

    Laura lo dice de otra manera, más simple: «Sin la doula, creo que no hubiera seguido con la idea de donar».

    El ritual de los lunes

    Encontrar el banco de leche del Hospital General de Medellín no fue fácil. Laura buscó en la página web, en Instagram, en todas las redes sociales. No encontró instrucciones claras sobre cómo donar. Llegó al número de contacto leyendo, casi por casualidad, a través de una publicación sobre donación de sangre. Escribió por WhatsApp y le respondieron.

    «No es una información conocida. La gente no sabe que se puede donar leche. A veces hay mamás que tienen muy buena producción, podrían hacerlo si desean, y no hay información«, comenta. No lo dice con rabia. Lo dice como quien describe un problema que tiene solución, si alguien se ocupa de contarlo.

    Una vez se alineó con el Hospital, al lunes le llegaron 15 frascos vacíos. Laura recuerda haberlos mirado alineados sobre la mesa y sentir que no iba a poder llenarlos. Y así fue, el estrés le bajó la producción de forma visible. Le escribió al banco explicando lo que pasaba y la respuesta fue inmediata: Tranquila, vamos el lunes que viene, no hay afán. «Desde ahí, al llenar cada frasco siento una conexión profunda, es muy bonito poder hacer algo por otros niños«, dice.

    Ahora el ritual es claro. Los jueves o viernes el banco le escribe: Buenas tardes mamá, ¿cuántos frascos tiene? Ella responde. Si tiene tres o cuatro, coordinan la recogida el lunes. Si tiene más, mejor. Si le faltan implementos, los traen. «No es algo estricto. Ellos siempre preguntan: ¿Quieres seguir donando? ¿Estás bien? ¿Estás tranquila?», cuenta Laura.

    La razón de su actuar

    Hay una razón detrás de esta disciplina que Laura guardó para el final de la conversación, como si necesitara llegar a ella con tiempo. Jacobo, su hijo mayor, tuvo una bacteria en el pulmón cuando tenía año y medio. Estuvo 20 días hospitalizado. Estuvo a punto de que lo entubaran. «Por esta razón sentía que tenía una deuda con los hospitales. Le decía a mi esposo: ¿Qué hago? ¿Cómo encuentro esos médicos? ¿Cómo les llevo un regalo? ¿Cómo les doy las gracias de que me ayudaron a que mi bebé siguiera aquí con nosotros

    La leche que llena esos frascos cada semana es la respuesta que encontró, dice con los ojos llenos de agua. Emma sigue al pecho. Laura la mira con la misma calma con que abre el congelador los lunes y el zumbido de la nevera llena el silencio de la casa mientras hablamos.


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