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Cada tarde, mientras cientos de personas suben y bajan por las escalas de la estación Parque de Berrío del Metro, Lina Vélez sirve un tinto tras otro sin detenerse. Entre monedas, saludos y conversaciones de pocos minutos, su jornada transcurre casi al mismo ritmo del Centro de Medellín.
Lo que pocos imaginan es que las manos que hoy preparan café aprendieron ese oficio mucho antes, a más de 140 kilómetros de la ciudad, en Nariño, un municipio del Oriente antioqueño donde pasó buena parte de su vida. Allí creció entre montañas cafeteras. Desde niña aprendió el trabajo del campo: sembrar, cuidar los cultivos y recoger la cosecha hacían parte de la rutina familiar. Nunca imaginó que esos conocimientos terminarían siendo la herramienta que le permitiría empezar de cero en una ciudad desconocida.
Todos los días, poco antes del mediodía, sale de su casa ubicada en el barrio Zamora-Santa Rita, en el municipio de Bello, Antioquia. Recorre cerca de 30 minutos en bus hasta el Centro de Medellín y luego camina varias cuadras hasta las escalas de la estación Parque de Berrío. Lleva varios termos cargados con café recién preparado, leche, azúcar y los implementos con los que atenderá a decenas de clientes durante toda la tarde. Para muchos es la misma mujer de siempre; para ella, cada jornada representa una nueva oportunidad para llevar el sustento a su hogar.
Hace 27 años ese camino era completamente distinto. En 1999, Lina, su esposo y sus tres hijos pequeños, tuvieron que dejar Nariño para empezar de nuevo en Medellín. La violencia les arrebató a varios integrantes de la familia de su esposo y los obligó a abandonar la tierra donde habían construido su vida.
Aquel año, una toma guerrillera cambió para siempre la historia de Nariño, un territorio cafetero que fue uno de los municipios antioqueños más golpeados por el conflicto. El ataque destruyó gran parte del casco urbano y provocó el desplazamiento de cientos de familias que tuvieron que abandonar sus hogares, sus cultivos y sus proyectos de vida. Lina fue una de ellas.
“Después de que asesinaran a casi toda la familia de mi esposo y gran parte del pueblo quedara destruido por la violencia, ya no teníamos cómo seguir allá. Nos vinimos con nuestros hijos buscando una oportunidad”, recuerda mientras llena un vaso de tinto.
Llegó al municipio de Bello sin empleo y con pocas oportunidades. Toda su experiencia estaba en el campo y nunca había trabajado en otra cosa. Sin embargo, pronto entendió que aquello que había aprendido durante años alrededor del café también podía abrirle un camino en la ciudad. “Vi en la venta de tinto una forma de ganarme la vida. Pensé que, si había trabajado con el café, también podía vivir de él aquí en Medellín”, recuerda.
Así comenzó una rutina que mantiene hasta hoy. Durante años complementó las ventas con galletas, mecato, gaseosas, agua, milo y cigarrillos para aumentar sus ingresos. Con el paso del tiempo el negocio cambió. Hoy conserva sus termos de café y algunos productos adicionales, mientras enfrenta una competencia cada vez mayor. “Ahora hay muchos tinteros y cafés, la gente tiene más opciones. Ya no se vende como antes, pero este trabajo sigue siendo el que me permite pagar el arriendo, mercar y salir adelante”, dice.
Lejos de resignarse, decidió seguir aprendiendo. Cuando la Alcaldía de Medellín, a través del Centro de Emprendimiento y Empleo, en articulación con la Gerencia del Centro y Territorios Estratégicos, abrió una capacitación para 60 tinteras y tinteros de la comuna 10, La Candelaria, no dudó en inscribirse.
Aunque cursó hasta tercero de primaria, a sus 47 años está convencida de que nunca es tarde para aprender. Durante la formación fortaleció sus conocimientos sobre la preparación del café, conoció nuevas mezclas, mejoró la presentación del producto y descubrió maneras de ofrecer una mejor experiencia a los clientes. También recibió herramientas para promocionar su negocio.
“Uno tiene que reinventarse. Aprendimos nuevas preparaciones, otras formas de presentar el café y hasta cómo mostrar nuestro trabajo por redes sociales. Siempre hay algo nuevo por aprender”, recalca.
Esa misma motivación llevó a su compañera Leidy Tatiana Lora a participar en la capacitación. Lleva 15 años vendiendo tinto en el Centro de Medellín y, como madre cabeza de hogar, reconoce que actualizarse les ayuda a competir en el mercado. “El profesor nos enseñó preparaciones con sabores como vainilla y ron, pero, sobre todo, nos hizo entender que uno no puede quedarse haciendo siempre lo mismo. Hoy sabemos que innovar también hace parte de este oficio”.
Historias como las de Lina y Leidy hacen parte de la cotidianidad del Centro de Medellín. Como ellas, cerca de 200 tinteras y tinteros recorren cada día las calles de La Candelaria, llevando en sus termos mucho más que café.
En el caso de Lina, cada tinto representa el recuerdo de la tierra que tuvo que dejar atrás y la oportunidad que encontró en Medellín para volver a empezar. Después de 27 años, el café sigue siendo el mismo. Cambió el paisaje, cambió la ciudad y cambió su vida, pero cada tinto que sirve conserva el vínculo con la tierra donde aprendió el oficio que hoy le permite salir adelante.
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