Alcaldía
Contenido asociado a:
Tiene siete meses, es un minipig vietnamita y desde hace unos días también es uno de los integrantes más queridos de la comunidad educativa de The New School. Su llega...
Tiene siete meses, es un minipig vietnamita y desde hace unos días también es uno de los integrantes más queridos de la comunidad educativa de The New School. Su llegada no fue casual. Tampoco fue el resultado de una compra. Julio Chanchitos llegó después de conocer el abandono, el dolor y la necesidad de una segunda oportunidad.
A las 8:00 de la mañana, el colegio ya está lleno de voces, carreras y mochilas que van de un lado para otro. Pero hay alguien que consigue que, por unos minutos, casi todos miren hacia el mismo lugar.
Camina despacio, tiene el cuerpo pequeño, redondo y rosado. Olfatea el piso, se acerca a los niños y, de repente, como si supiera perfectamente lo que está haciendo, intenta llevarse un zapato. Es Julio Chanchitos.
El pasado 7 de julio ingresó al Centro de Bienestar Animal La Perla con lesiones en el lomo y el tórax y una baja condición corporal. Durante un mes recibió atención, seguimiento y cuidados hasta estar listo para comenzar una nueva vida. Y esa nueva vida comenzó, por primera vez en Medellín, dentro de un colegio.
“Pensé que era muy bacano porque creo que los minipigs son muy lindos y muy cariñosos”, cuenta Miguel Ángel Restrepo, de 11 años, estudiante de sexto B. Para él, compartir el colegio con Julio ha sido una experiencia inesperada: “me gusta que anda libre por ahí y que le podemos brindar compañía y comida”.
Pero Julio no solo recibe cariño. También reparte momentos de diversión. Los niños lo ven caminar por los corredores, acercarse a las personas, revolcarse entre los matorrales y tratar de alcanzar aquello que más parece interesarle: los zapatos. “Es muy charrito y muy comelón y trata de robarse los zapatos de uno”, dice Miguel Ángel entre risas.
Eugenia Salas, también de 11 años, todavía recuerda la sorpresa cuando supo que un minipig iba a vivir en el colegio: “yo no sabía que podía estar aquí, pero está muy lindo, la verdad”. Lo que más le gusta es precisamente la manera tranquila en que Julio se relaciona con los estudiantes: “no es como agresivo. Tal vez te puede agarrar un zapatico y algo así, pero no te va a atacar ni nada. O sea, muy lindo”.
Para Emiliana Silva Lopera, de 11 años y estudiante de sexto B, la primera impresión fue mucho más sencilla y quizá por eso más contundente: “muy feliz y muy tierno”. Julio es pequeño y gordito, camina por todas partes y, según Emiliana, tiene algo que rápidamente conquistó a los estudiantes: “es muy amigable, no muerde ni nada de eso”. Entre juegos, caricias y carreras improvisadas detrás del pequeño cerdo, los niños también han empezado a descubrir algo que no siempre se aprende en un salón de clases: que cuidar un animal significa entender que tiene necesidades, emociones y límites.
“Yo he aprendido que no hay que maltratar a ningún animal porque ellos también son seres vivos y también sienten”, dice Emiliana. Rosario Restrepo, de 11 años y estudiante de sexto, lo explica desde una experiencia que para ella resulta casi evidente después de compartir con Julio: “Ellos sienten lo mismo que nosotros. Como cuando nos regañan o algo así, sienten lo mismo”.
Es quizá ahí donde está la verdadera historia de esta adopción. Julio no llegó al colegio solamente para que los niños pudieran verlo. Llegó para que pudieran aprender de él. Porque detrás de cada comida, cada caricia y cada momento de juego existe una responsabilidad. Hay que alimentarlo, mantener limpio su espacio, cuidar su salud y entender que un animal no es un objeto que se tiene mientras resulta divertido.
En el colegio, esa responsabilidad también tiene nombre propio: Don Luis, acompañado por el equipo de aseo y oficios varios, quienes están pendientes de sus cuidados cotidianos. “Es muy necesario cuidarlo y darle comida”, explica Miguel Ángel. Y recuerda algo que los niños conocen bien: Julio llegó después de haber estado en un lugar que no era adecuado para él.
Por eso, la historia también ha comenzado a cambiar la relación de algunos estudiantes con los animales. Miguel Ángel cuenta que había niños y niñas a quienes no les gustaban particularmente los animales. Pero Julio consiguió algo inesperado: “Cuando llegó este cerdito les encantó y ya son muy amigos”. Eugenia también cree que algo se ha transformado: “Hay muchas personas que ya han aprendido mucho sobre eso”, dice al hablar del cuidado, la protección y la importancia de no maltratar a los animales.
Y mientras Julio sigue recorriendo el colegio, buscando comida, mordisqueando zapatos y acercándose a los estudiantes, también se convierte en una herramienta pedagógica.
“Una mascota en el colegio permite que los niños puedan desarrollar más sensibilidad frente al cuidado de los animales”, explica Catalina Correa, del área de Mercadeo de The New School. La idea, dice, es que la experiencia pueda atravesar distintas áreas del conocimiento y convertirse en una oportunidad para aprender sobre ciencia, naturaleza, medio ambiente y habilidades para la vida.
Pero hay una enseñanza que atraviesa todas las demás: la responsabilidad. “Es necesario que los niños generen más sensibilidad frente a los seres vivos y el cuidado de un animal”, explica Correa. Porque, agrega, una mascota “no es un objeto sino que es un ser vivo” que necesita alimentación, atención, un espacio limpio y condiciones adecuadas para vivir. Quizás por eso, cuando los niños hablan de Julio, casi ninguno lo describe solamente como “el cerdito del colegio”. Lo describen como alguien que camina, que juega, que busca comida, que se acerca, que se deja acariciar y, sobre todo, que les está enseñando a mirar de otra manera a los animales.

“Hay que cuidarlos, hay que alimentarlos bien y no hay que maltratarlos. La verdad, es muy feo”, dice Eugenia. Y mientras Julio Chanchitos se aleja por el patio, detrás de él quedan varias miradas siguiéndolo. Algunos niños corren para alcanzarlo. Otros esperan para acariciarlo. Alguien seguramente volverá a intentar evitar que se lleve un zapato.
Él seguirá haciendo lo que mejor sabe: ser Julio. Y en ese pequeño cuerpo rosado, que un día llegó herido y en malas condiciones al Centro de Bienestar La Perla de la Secretaría de Medio Ambiente, adscrito a la Alcaldía de Medellín, hoy hay una lección enorme para cientos de niños: que proteger la vida también se aprende acompañándola, cuidándola y entendiendo que cada animal merece una segunda oportunidad.
La historia de Julio hace parte de una gestión que ha ampliado las oportunidades de adopción más allá de perros y gatos. Desde 2024, la Alcaldía de Medellín ha entregado en adopción 437 animales de otras especies: 283 aves de corral, 61 conejos, 28 hámsteres, 26 minipigs, seis equinos y dos bovinos.
La adopción de Julio Chanchitos representa la primera vez que un minipig es entregado por el Distrito a una institución educativa de Medellín.