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El viaje de un ingeniero, con vocación de servicio, que dejó su trabajo para ayudar a quienes lo perdieron todo por el terremoto

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Por: Katherine Quintero Guzmán. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo Fotos: Beto Alejandro Rincón Idárraga y cortesía Dagrd |

Después de un terremoto, la ayuda no termina cuando la tierra deja de moverse. Cuando pasan las primeras horas y el miedo empieza a dar paso a la necesidad de reconstrui...

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  • Después de un terremoto, la ayuda no termina cuando la tierra deja de moverse. Cuando pasan las primeras horas y el miedo empieza a dar paso a la necesidad de reconstruir, también se hace indispensable poner el conocimiento, el tiempo y la solidaridad al servicio de quienes lo necesitan. Esta es la historia de Beto Alejandro Rincón Idárraga, un arquitecto constructor y especialista en Patología de la Edificación que estaba en su pueblo, Caracolí, quién decidió dejar atrás su labor y atender la convocatoria de ingenieros voluntarios que hizo la Alcaldía de Medellín y viajar hasta Armenia, haciendo parte de los equipos de apoyo para atender la emergencia.

    La respuesta en nuestra ciudad tomó forma a través de la convocatoria de ingenieros voluntarios realizada por la Alcaldía de Medellín, que permitió desplegar equipos de apoyo hacia territorios afectados como Quibdó, Pereira, Manizales, Cali y Armenia. Más de 100 bomberos e ingenieros han hecho parte de estas comisiones.

    En nuestra ciudad  se han realizado más de 2000 visitas de evaluación a edificaciones después del sismo, con más de 40 evacuaciones temporales en inmuebles que requieren intervención. Cerca del 90 % de las edificaciones evaluadas no presenta compromiso estructural y registra daños menores asociados al evento, pero cada visita representa mucho más que una revisión técnica: representa tranquilidad, orientación y una mano extendida en medio de la incertidumbre. Y entre quienes respondieron a ese llamado estuvo Beto Alejandro Rincón Idárraga, un arquitecto constructor y especialista en Patología de la Edificación que estaba en su pueblo, Caracolí, cuando sintió el temblor, pero que decidió dejar atrás la comodidad de su trabajo y viajar hasta Armenia para hacer aquello para lo que se había preparado durante años: ayudar.

    Pero la solidaridad tampoco puede detenerse aquí. Mientras los equipos técnicos continúan recorriendo las zonas afectadas y poniendo sus conocimientos al servicio de las comunidades, también es momento de que quienes están lejos de la emergencia sigan tendiendo la mano. Cada ayuda cuenta. Alimentos, elementos de aseo y de primera necesidad, donaciones y, sobre todo, la voluntad de acompañar a las familias que hoy enfrentan las consecuencias de este desastre. La historia de Beto demuestra que ayudar no siempre significa tener mucho para dar; a veces significa poner lo que sabemos, lo que tenemos o incluso nuestro tiempo al servicio de alguien más. Por eso, desde Medellín, el llamado es a no bajar los brazos y a seguir sumándose a las acciones de solidaridad que permitan que la ayuda llegue a quienes todavía la necesitan.

    Un hombre que conoce el verdadero significado de ser altruista

    Hay decisiones que se toman con la cabeza y otras que, aunque implican miedo, incertidumbre y muchas preguntas, se toman con el corazón. La de Beto Alejandro Rincón Idárraga fue de esas. El 10 de agosto, cuando un terremoto de magnitud 7,4 sacudió a Colombia y tuvo su epicentro en San José del Palmar, Chocó, Beto estaba en Caracolí, Antioquia, el municipio donde nació y donde vive junto a sus padres y sus abuelos. Allí, en medio de la tranquilidad de un pueblo ubicado a unas tres horas y media de Medellín, estaba sentado frente a su computador, trabajando para una empresa de Estados Unidos, Canadá y Bahamas.

    Había comenzado su jornada apenas media hora antes. Estaba dibujando los planos de unos paneles para una escuela en Estados Unidos y conversaba por videollamada con uno de sus compañeros cuando escuchó: “Beto, está temblando. Está temblando, Beto”.

    Él todavía no sentía nada. Pero unos segundos después empezó a percibir el movimiento. La casa comenzó a vibrar. También la vivienda de sus padres y la de sus abuelos. Beto salió a la calle y alcanzó a ver cómo los cables de las líneas eléctricas se movían de un lado para otro.

    En Caracolí el terremoto no se sintió con la misma intensidad que en otras zonas del país. Sin embargo, para Beto, ese momento fue suficiente para entender que algo estaba pasando. Después de unos segundos, todo volvió a quedarse quieto. Y pudo haber terminado ahí, pudo haber regresado a su computador, continuar con sus planos y esperar a que pasara la noticia, pero no fue así.

    Las imágenes que comenzaron a aparecer en las redes sociales le mostraron que, mientras él estaba de nuevo sentado frente a su computador, en otras partes de Colombia había personas viviendo uno de los momentos más difíciles de sus vidas. Fue entonces cuando aquella mañana aparentemente normal comenzó a cambiarlo todo.

    “Yo no puedo creer que esto esté ocurriendo en mi país”

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    Beto empezó a ver videos provenientes de diferentes lugares. Pereira, Cali, el Chocó y otras zonas afectadas aparecían una y otra vez en su pantalla. Edificios afectados, viviendas con daños, personas en las calles, familias intentando entender qué había ocurrido y entre todas esas imágenes había algo que lo golpeó especialmente: Pereira.

    La ciudad donde había vivido durante dos años mientras estudiaba su tecnología en Dibujo de Arquitectura en el SENA de Dosquebradas, Risaralda. Una ciudad que conocía, donde tenía amigos y en algún momento, también pudo haber estado él. Entonces comenzó a escribirles a sus amigos, a conocidos y a un profesor con quien todavía tenía contacto, él necesitaba saber si estaban bien. Mientras tanto, Colombia comenzaba a hacer lo que tantas veces ha demostrado que sabe hacer en medio de las tragedias: ayudarse.

    Personas recogiendo alimentos, organizando donaciones, buscando la manera de llegar hasta quienes necesitaban una mano. Y Beto también quiso hacer parte de esa cadena.

    Desde Caracolí, junto a su papá y a varios amigos, empezó a recibir, clasificar y organizar ayudas que serían enviadas al Chocó. A través de las redes sociales y de la emisora municipal La Voz Gabrielista 105.4, comenzaron a convocar a la comunidad y la respuesta fue enorme. Desde aquel pequeño municipio antioqueño salió más de una tonelada de donaciones.

    Pero mientras las cajas se llenaban, algo dentro de Beto seguía inquieto, porque él sabía que podía ayudar de otra manera.

    Un arquitecto constructor que aprendió a “escuchar” los edificios

    Desde niño, Beto había sentido curiosidad por las construcciones. Su historia comenzó mucho antes de convertirse en profesional. Cuando era pequeño, se sentaba en las noches a observar a una de sus tías, quien trabajaba para la Alcaldía de Caracolí dibujando planos. La veía concentrada frente a sus dibujos y él quería hacer lo mismo.

    Yo me sentaba en las noches a observar cómo dibujaba. Incluso, a veces, le quería pedir que me dejara hacerlo”, recuerda.

    Su tía nunca se lo permitió. Era un trabajo complejo y él todavía era un niño, pero aquella curiosidad se quedó.

    Con el tiempo estudió Tecnología en Dibujo de Arquitectura en el SENA de Dosquebradas. Después ingresó a la Universidad Nacional de Colombia, donde se graduó como arquitecto constructor. Y posteriormente decidió especializarse en Patología de la Edificación y Técnicas de Intervención.

    Su profesión, aunque para muchos puede sonar desconocida, tiene una misión fundamental después de un desastre. Beto suele explicarla de una manera sencilla: es como ser un médico de los edificios.

    Un médico revisa el cuerpo para descubrir qué está funcionando mal. Un patólogo de edificaciones hace algo parecido con una construcción, observa sus lesiones, sus grietas, sus daños y sus comportamientos para determinar qué está ocurriendo y qué tan segura puede ser. Y después del terremoto, ese conocimiento dejó de ser para él solamente una especialización escrita en un diploma, se convirtió en una responsabilidad. “Yo estudié esta carrera y siento en mi corazón que la estudié para este momento. Tengo que ir a esa ciudad a ayudar”, cuenta.

    El día en que decidió renunciar a su trabajo

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    La decisión no fue sencilla. Beto tenía un trabajo estable. Trabajaba de manera remota para una empresa que desarrollaba proyectos de carpintería para otros países. Tenía responsabilidades, un salario, una vida organizada, pero tenía también preguntas que no dejaban de aparecer: ¿Me voy o me quedo? “¿Beto, ¿tú qué estás haciendo con tu vida? ¿De verdad quieres quedarte trabajando desde tu casa para una empresa de dibujo de carpintería durante toda la vida, desde la comodidad y la tranquilidad, mientras hay personas que no están bien, que perdieron amigos, familiares, viviendas y sueños? ¿De verdad quiero quedarme aquí?”, se cuestionó.

    La respuesta comenzó a aparecer cuando encontró la posibilidad de participar como voluntario. Primero ayudó de manera virtual, revisando fotografías y videos de viviendas afectadas para intentar dar una orientación preliminar.

    Pero él quería estar allí, quería mirar las estructuras, poner sus conocimientos al servicio de las familias y entonces llegó aquella llamada que estaba esperando. Un día en la tarde, el organismo de gestión del riesgo se comunicó con él y le informaron que había sido seleccionado como voluntario. Beto estaba hablando con Daniel, uno de sus compañeros de trabajo, cuando recibió la noticia. “Daniel, me llamaron”, le dijo, y ahí comenzó la conversación más difícil.

    Porque aceptar significaba renunciar, dejar el trabajo, el salario, por un momento, la seguridad de su rutina. Pero cuando habló con sus padres, encontró el respaldo que necesitaba. “Hijo, usted estaba esperando esto. Si esa es su decisión, nosotros lo apoyamos”, le dijeron. Y Beto tomó la decisión.

    Llamó a Lady, la líder de Recursos Humanos de la empresa donde trabajaba, le explicó lo que estaba ocurriendo, después habló con sus jefes, Gilmer y Alexander. No fue una despedida amarga, fue, más bien, una despedida llena de admiración.

    Lady le dijo algo que Beto recuerda especialmente: “Te admiro mucho. Estás dejando tu trabajo para ir a ayudar a esas personas”. Y luego le dejaron abierta una puerta. “Cuando termines, aquí vas a poder volver. En el momento en que lo necesites, te vamos a recibir con los brazos abiertos, Beto”. Entonces renunció. No porque no necesitara su trabajo, ni porque tuviera garantizado qué iba a suceder después, lo hizo porque, como él mismo dice, sentía que había llegado el momento.

    Una maleta, la bendición de su familia y un destino: Armenia

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    Todo ocurrió con tanta rapidez que Beto ni siquiera alcanzó a tomar el último bus que salía de Caracolí hacia Medellín, tuvo que viajar hasta San José del Nus y desde allí continuar su camino. Antes de partir se despidió de sus padres, de sus abuelos y recibió su bendición, después emprendió el viaje hacia Armenia.

    No sabía exactamente qué iba a encontrar. Solo sabía que iba a una ciudad donde había personas esperando respuestas. La misión de los equipos enviados desde Antioquia hacia el Eje Cafetero fue precisamente apoyar la evaluación de las edificaciones afectadas y contribuir a determinar cuáles podían ser habitadas y cuáles representaban algún riesgo. En el caso de Armenia, profesionales apoyados por Medellín se sumaron a estas labores técnicas.

    Beto llegó a una ciudad que conocía poco, pero allí comenzó a reconocer algo que, desde entonces, no volvería a mirar de la misma manera. “Una grieta nunca es solamente una grieta”, detrás de ella hay una familia, una historia, un hogar, una vida.

    Entre paredes también hay miedo

    Cuando Beto entra a una vivienda, lo primero que revisa no son las paredes, revisa la estructura, busca señales que puedan indicar si columnas, vigas u otros elementos fundamentales sufrieron daños.

    Después observa los muros y los elementos no estructurales, porque no toda grieta significa que una vivienda vaya a caer, pero para alguien que acaba de sentir cómo la tierra se mueve debajo de sus pies, verla puede ser suficiente para sentir miedo.

    Por eso el trabajo de Beto no consiste únicamente en mirar edificios, consiste también en entregar respuestas, en decirle a una familia si puede regresar, en explicarle qué debe reparar, en advertirle cuándo no es seguro permanecer allí y en ayudar a transformar la incertidumbre en una decisión.

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    Las evaluaciones técnicas son una parte fundamental de la respuesta después de un sismo, en Armenia, por ejemplo, las autoridades han utilizado diagnósticos de las edificaciones para determinar cuáles presentan condiciones de habitabilidad y cuáles requieren restricciones de ingreso. Y quizás por eso Beto siente que esta experiencia llegó a su vida en el momento exacto.

    “Me voy para allá porque quiero ayudar”

    Hay una frase de Beto que resume quizá todo lo que hay detrás de su decisión: “me voy para allá porque quiero ayudar”. No habló de reconocimiento, de dinero, o de beneficios, solo habló de ayudar. Él mismo reconoce que normalmente uno estudia pensando en conseguir un buen trabajo, mejorar su calidad de vida y tener estabilidad. Pero esta vez quiso descubrir qué podía ocurrir cuando todos esos años de estudio se ponían al servicio de alguien que lo necesitaba.

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    Si quiero darle un regalo a alguien, se lo doy porque quiero, no porque espere que esa persona me lo agradezca o me lo devuelva. Lo hago porque deseo entregárselo”, dice. Y eso fue precisamente lo que hizo, entregó su tiempo, conocimiento, profesión, tranquilidad y hasta su trabajo.

    Beto dice que esta será una experiencia única en su vida y probablemente lo sea, porque hay momentos que no se quedan únicamente en la hoja de vida, se quedan en la memoria, en las conversaciones con la familia, las fotografías, en las personas que uno conoció durante el camino, en aquella casa donde alguien volvió a dormir tranquilo después de saber que era segura, en esa familia que pudo entender qué hacer con los daños de su vivienda, en la mirada de quién, después de haberlo perdido todo, encuentra a alguien dispuesto a ayudar sin preguntarle primero qué puede recibir a cambio.

    Beto salió de Caracolí siendo un profesional que quería ejercer aquello para lo que se había preparado. Pero llegó a Armenia entendiendo algo diferente y es que a veces el verdadero sentido de una profesión aparece justamente cuando alguien más necesita de ella y que ayudar también puede significar renunciar a muchas cosas, para escoger, en cambio, un camino incierto, pero lleno de propósito.

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    Mientras Colombia sigue reconstruyéndose después de aquel terremoto, hay historias como las de Beto que recuerdan que los edificios pueden necesitar ingenieros para volver a ponerse de pie, pero las personas también necesitan saber que no están solas. Y él decidió estar allí, porque aquel día, en Caracolí, la tierra también se movió, pero después de que todo volvió a quedarse quieto, algo dentro de Beto siguió temblando y era esa sensación que le decía que podía hacer algo más y decidió escucharla.


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