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Centro Día Medellín: devolviendo la humanidad a las personas

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Secretaría de Inclusión Social y Familia
Por: Textos y fotos: Diana María Naranjo Arroyave. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

Entrar a Centro Día es darse cuenta de la fragilidad del ser humano, de la facilidad con la que una sola decisión puede cambiar para siempre el rumbo de una vida… y s...

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  • Entrar a Centro Día es darse cuenta de la fragilidad del ser humano, de la facilidad con la que una sola decisión puede cambiar para siempre el rumbo de una vida… y salir de allí, aunque es posible, es una puerta tan estrecha que solo unos pocos logran cruzar, solo aquellos que están hechos a la medida del cambio. 

    Cruzando la puerta está el primer patio, un lugar amplio, repleto de personas, unos de pie, otros sentados, casi todos permanecen en silencio, la conversación es interna, las miradas lo dicen todo, saludan amablemente al personal, pero entre ellos hay una distancia irremediable, paradójicamente, aunque tienen vivencias similares no existe la palabra como puente de una soledad a otra. Solo la abstracción, la catarsis y las preguntas de siempre.

    Diariamente unas 1400 personas visitan sus instalaciones y hacen uso de los servicios que allí ofrecen: buena alimentación, la posibilidad de bañarse con agua limpia, de poder lavar la ropa con la que llevan varios días caminando la ciudad y sobre todo, el tener un lugar donde descansar la cabeza, esa que casi siempre permanece en estado de alerta esperando la traición, la enfermedad y la violencia que caracteriza la noche, la calle, esa casa sin paredes, de puertas abiertas a todas las atrocidades posibles, esa casa que no acoge, pero que es lo único que queda cuando todo lo demás abandona.

    Centro Día es eso: un escampadero de la realidad, un descanso del agobiante mundo de la calle, del ser señalados y acusados, cuando la mayoría solo está en guerra consigo mismo y con sus decisiones, con una de esas que un día hizo que todo girara drásticamente en contra de sus sueños.

    Pero no todas las historias terminan mal, también están las de quienes se resisten a no luchar contra ese gran monstruo llamado drogadicción y esas son las que deben ser conocidas, las que deben ser tomadas como inspiración, porque salir es posible, con la voluntad y la ayuda necesaria.

    De la calle a educador

    Esa es la historia de Carlos Mario Hernández Castañeda, hoy educador de Centro Día, quien durante 28 años anduvo divagando por las calles de la ciudad, persiguiendo esa primera vez con la sustancia que fue tan intensa, que la buscó por casi tres décadas y luego vencido por el cansancio de buscar aquello que no existe, decidió volver de ese mundo abstracto que construyó en torno al basuco.

    Todo ocurrió una noche de 1985, en medio de una borrachera, estaba curioso, ansioso de experimentar una sensación más fuerte y así lo hizo, viajó sin tiquetes, sintió de todo y lo perdió todo. Se fue de su casa diciendo que se había enamorado y no de una persona, sino de una sustancia, una que lo enajenaría de todo lo demás, sobre todo, de sí mismo.

    Lo que comenzó como una mera ocasión, se convertiría rápidamente en un estilo de vida, uno autodestructivo que lo alejaría de todo lo que un día amó, su familia, su madre, sus hijas, su sentir, su presencia. Lo catapultó todo, pero dentro de ese absoluto, existía también una oportunidad por la que estaría dispuesto a jugársela toda.

    Las calles fueron su hogar

    Carlos, habitó las calles de Medellín sintiendo el hambre, el frío, la enfermedad, la soledad, el miedo de ser asesinado, la ansiedad por la falta de droga, había noches en las que perdía la cuenta de las papeletas que se consumía. Fue campanero, quemaba cable, se las ingeniaba como fuera, él dice que: “la ansiedad puede convertir a un consumidor en el mejor productor de cine, en un mentiroso profesional”.

    Él sabe que estar en las drogas es como entrar a un laberinto que se alarga justo antes de encontrar la salida, él la encontró, sin embargo, dice que es y será adicto hasta el último día de su vida, porque el tiempo que usó las drogas le creó una dependencia a la sustancia tremenda y esa ansiedad, aunque la maneja, aun la siente. “Dejaré de ser adicto cuando muera, siempre va a estar la abstinencia, el síndrome de ansiedad”.

    Autoridades intensifican los operativos con habitantes de calle en puntos estratégicos

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    En 38 años ocurren muchos sucesos y a Carlos le pasó de todo para poder salir de la olla en la que se mantenía; tuvo que quedarse ciego, perder los dientes, quedar en los huesos para recapacitar y tomar la determinación de abandonar esa vida, antes de perderlo todo, hasta el último recuerdo que lo habitada.

    Con voluntad y disciplina superó la calle

    La voluntad es un impulso que debe ser sostenido con la disciplina, gracias a esta y a los programas de la Secretaría de Inclusión Social y Familia de la Alcaldía de Medellín, Carlos logró encontrar un camino fuera de los que ya conocía, un camino donde pudo enfocar su energía y ayudar a las personas que también quieren tomar el sendero del cambio.

    Ya son 11 años desde que le dijo adiós a las drogas y desde ese día la motivación ha sido ser ese apoyo para los demás, ser el bastión que sostiene vidas que desean un cambio, pero es tal la intensidad de la adicción que hace que solo un porcentaje mínimo pueda salir de ese oscuro mundo.

    Carlos Mario Hernández Castañeda

    Ahora es esa esperanza entre una multitud de personas que buscan ayuda; se estima que alrededor de 8000 personas son habitantes de calle y para hacernos una idea de la cantidad de personas que están en esa situación, es como si todo Tarso, municipio del suroeste antioqueño, estuviera compuesto por habitantes de calle. Un hallazgo espeluznante encontrar que esas 8000 familias perdieron a un hijo, un padre, una madre, un hermano, un sobrino o a alguien más y que son las personas suficientes como para poblar un lugar.

    Las enseñanzas de Carlos

    Carlos, con la experiencia de quien padeció la drogadicción, guía a los habitantes de calle que llegan diariamente y les presenta las oportunidades que existen si deciden iniciar un proceso de resocialización.

    La ruta inicia con el preproceso, donde deben de estar durante 21 días en Centro Día, allí se les hace el acompañamiento para que puedan manejar los síntomas que produce la abstinencia y se da inicio a la terapia. Una vez superen los días requeridos se realizan exámenes psicológicos para ratificar si están en óptimas condiciones de ir a las Granjas Somos Gente, un lugar donde van a estar durante un año, aunque ese proceso puede variar en cuanto a la estancia de cada uno. Algunos aceptan la oferta institucional y continúan, otros lo abandonan, pero siempre está la posibilidad de volver a empezar.

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    Luego de hacer el preproceso son direccionados a las Granjas Somos Gente que están ubicadas en el corregimiento San Cristóbal, en Barbosa y en  La Sierra y que son  una apuesta de la Alcaldía de Medellín para resocializar a los habitantes de calle de la ciudad, a través de actividades como el cultivo de vegetales, el cuidado de animales y la disciplina del trabajo; además aprenden oficios como la ebanistería, la litografía, la panadería y la mecánica.

    Su proceso es acompañado por sicólogos, trabajadores sociales y varios profesores que apoyan su resocialización.

    Aixa, el amor es más fuerte que la adicción

    Aixa Ofelia Sánchez Agudelo

    Entre tantas historias hay unas que resuenan y hacen eco en los corazones de quienes las conocen, así es la de Aixa Ofelia Sánchez Agudelo, quien por azares de la vida terminó conociendo a las personas equivocadas y poco a poco la fueron adentrando en un mundo que -aunque le trajo grandes lecciones y aprendizajes- preferiría no haberlo conocido jamás.

    A los 15 años de edad probó la droga y aunque en un comienzo era consumidora ocasional, al poco tiempo perdió las riendas de lo que creía controlaba y con los estribos aun puestos, todo se fue a pique. Una secuencia de malas decisiones la llevaron a la calle y la alejaron de quien más amaba: su hijo de cuatro años y su madre.

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    Aunque la calle era su casa, aun en su corazón sentía el calor del hogar, el de sus seres queridos que nunca le dejaron de tender la mano por perdida que estuviera o se viera; siempre hubo una invitación con amor a volver, siempre hubo comida, techo y unos brazos que la trataron de sostener, cuando ella se derrumbaba.

    Ser habitante de calle es difícil, pero ser mujer habitante de calle es otra historia, son muchas las escenas que Aixa presenció que la dejaron atónita, marcada para siempre; afortunadamente y gracias a Dios -como manifiesta reiteradamente- solo fue espectadora y nunca protagonista, porque la calle y la noche son el escenario perfecto para cometer todo tipo de vejámenes. Allí vio como la vida perdía su valor y era intercambiada por sustancias de 2000 pesos. Un precio muy alto por algo tan bajo.

    Su hijo, su motor

    Pero en su conciencia siempre estuvo latente la idea del cambio, tenía un motor, un aliciente: su hijo, un niño que merecía tener una madre presente, sana y ejemplar, se repetía esa consigna constantemente hasta que se convirtió en su lema, el lema que le dio el valor para dejar esa vida e iniciar una nueva, al lado de sus seres queridos.

    El cambio le costó varios intentos, pero luego de ver el progreso de sus compañeros resocializados tuvo la determinación de decir ya no más, y así gracias a los programas de la Alcaldía de Medellín obtuvo la ruta de atención que necesitaba para retomar su vida.

    Su hijo Jefferson -quien ahora tiene 27 años- ha sido quien la ha mantenido firme en su decisión de dejar las drogas. Con arrepentimiento cuenta cómo le pesa cada día que pasó lejos de él y ahora no quiere perderse ni un momento de su compañía.

    Aixa hizo su proceso en Granja 2 San Cristóbal y aunque fue un transito difícil, tenía claro que más difícil era seguir la vida que llevaba y que su conciencia no le permitía no luchar por recuperar el amor de su hijo. “El amor de una madre puede vencer cualquier obstáculo” son sus palabras para referirse a la relación con Jefferson. Su mirada se enternece y su voz se quiebra mientras lo menciona.

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    Él y su madre fueron quienes la motivaron a hacer el diplomado para ser Educadora y poder ayudar a personas en situación de calle. Ella siempre miraba el chaleco azul de la Secretaría de Inclusión Social como un sueño, nunca creyó poderlo portar hasta que un día estaban solicitando hojas de vida y un compañero, Rubén -a quien recuerda con mucho amor y agradecimiento- le dijo que la enviara, que nada perdía y así sucedió, al día siguiente la estaban llamando para iniciar su trabajo como educadora.

    Ahora Aixa es Educadora de la Secretaría de Inclusión Social y su misión es recorrer la ciudad, ya no en la búsqueda de cosas sin alma, sino en seres que están esperando una voz que les aliente a retomar el rumbo de sus vidas, personas que duermen debajo de un puente, a la orilla de una calle, en la banca de un parque o deambulan perdidos en sí mismos, ellos son su objetivo.

    Plan Despertar

    Hoy ella hace parte del equipo del Plan Despertar, una estrategia de la Alcaldía de Medellín que invita a los habitantes de calle diariamente para que se acojan a los programas de resocialización que el Distrito tiene dispuesto para ellos.

    John Fredy Barrada, un ex habitante de calle que ahora trabaja con el equipo de intervención en calle de la Secretaría de Inclusión Social

    Los Educadores de la Secretaría de Inclusión Social pasan y amablemente dialogan con cada uno haciéndoles la oferta de que el vehículo de la Alcaldía destinado para eso, pasa por ellos para llevarlos a Centro Día, donde se pueden bañar, comer algo y ojalá puedan ser asistidos para abandonar la vida de adicción.

    Como Aixa, muchas personas continúan adhiriéndose a los programas de resocialización que ofrece la Alcaldía de Medellín, con la esperanza de dejar atrás un pasado que pesa, pero que ahora hace que la carga de los demás sea mucho más liviana y llevadera.

    El Centro Día es un espacio de atención básica para las personas habitantes de y en calle, además de las personas en riesgo de calle. Allí se ofrecen servicios de alimentación, psicología, trabajo social, autocuidado, atención prehospitalaria, sueño reparador y grupos motivacionales para el ingreso a procesos de resocialización. La Atención del Centro Día es 24/7 y para mayor información puede comunicarse al 123 – social.

    Para conocer más sobre el proceso de Centro Día, puede dirigirse a la Secretaría de Inclusión Social y Familia de la Alcaldía de Medellín, ubicada en al sótano del edificio Plaza de la Libertad, en La Alpujarra.


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