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En la Central Mayorista de Antioquia, entre canastas, camiones y toneladas de alimentos que llegan diariamente para abastecer a la ciudad, una joven biotecnóloga encontró una pregunta que terminaría transformando su manera de entender la ciencia: ¿qué pasaría si aquello que hoy se considera un residuo pudiera convertirse en una nueva oportunidad?
Darling Juliette Piñeros Mayo recuerda especialmente una de sus primeras visitas. Había llegado buscando residuos de frutas para desarrollar un proceso experimental y preguntó si podían entregarle algunas piñas que ya no fueran a utilizarse. La respuesta la llevó a dimensionar la magnitud del desafío. Frente a ella había una cantidad enorme de fruta destinada a ser desechada. En otra ocasión, recuerda, encontró un camión completo cargado de piñas para botar.
La escena se convirtió en una confirmación de algo que ya venía construyendo desde su formación profesional: los residuos pueden tener una segunda vida cuando la ciencia, la innovación y la creatividad encuentran la manera de aprovecharlos.
Darling es biotecnóloga, egresada del Colegio Mayor de Antioquia, una de las instituciones de educación superior adscritas al Distrito de Medellín. Su acercamiento a la biotecnología nació de la curiosidad por la ciencia y, durante su formación universitaria, encontró en la industria un campo que le permitió conectar el conocimiento científico con problemas concretos de la vida cotidiana.
Fue entonces cuando apareció un concepto que terminaría marcando su trayectoria: la valorización de residuos. En sus estudios comenzó a conocer experiencias empresariales en las que materiales considerados desechos eran utilizados para generar nuevos productos o procesos. Esa posibilidad despertó en ella una inquietud que todavía permanece: encontrar nuevas formas de aprovechar aquello que normalmente termina descartado.
Su interés la llevó incluso hasta Brasil, donde realizó sus prácticas profesionales durante un año. Allí trabajó con residuos provenientes de la producción de avena y desarrolló procesos para extraer celulosa vegetal de la cáscara de este cereal. Posteriormente, utilizó ese material para crear hidrogeles destinados a ayudar a las plantas durante temporadas de sequía. La experiencia amplió su conocimiento sobre la valorización de residuos y, al mismo tiempo, acercó la ciencia a una preocupación que después tendría una nueva expresión: los materiales textiles.
De regreso en Colombia, Darling comenzó a explorar la celulosa bacteriana y encontró una manera de unir varios de sus intereses: los microorganismos, la transformación de residuos y el desarrollo de materiales.

La idea comenzó a tomar forma cuando comprendió que determinados residuos de frutas podían convertirse en alimento para bacterias capaces de producir polímeros. Colombia, según explica durante la entrevista, genera grandes cantidades de desperdicios de frutas y verduras que no llegan al consumo humano. Para ella, ese problema también podía ser el punto de partida de una solución.
Así comenzó la experimentación con frutas como la piña y el mango. La materia prima proveniente de los residuos es sometida a un proceso de conservación y posteriormente transformada mediante fermentación. Las bacterias actúan durante varios días y producen una membrana que, después, puede someterse a procesos de formulación, tintura y acabado para explorar aplicaciones textiles.
Lo que parece sencillo al observar el resultado es, en realidad, un proceso que exige paciencia, conocimiento y capacidad de experimentación. La producción de una lámina puede tardar entre 10 y 15 días, dependiendo del espesor que se busque, mientras que el proceso completo puede extenderse aproximadamente durante un mes.

La razón está en la propia naturaleza del proyecto: no se trata de una fabricación industrial convencional. Darling trabaja con microorganismos vivos y con procesos biológicos que requieren tiempo para desarrollarse. Cada prueba permite conocer mejor el comportamiento del material y ajustar las condiciones necesarias para avanzar hacia un producto con características que puedan ser posteriormente validadas, pero antes de llegar a un laboratorio equipado, hubo una etapa mucho más sencilla. La primera infraestructura de su emprendimiento fue, literalmente, una nevera.
Darling comenzó en su casa, con recipientes, una licuadora y los recursos que tenía a su alcance. Recuerda que en una de las primeras ocasiones logró recoger cerca de 50 kilos de residuos de fruta. Los llevó a casa, comenzó a procesarlos y tuvo que encontrar la manera de conservarlos para continuar con los experimentos.

Ese comienzo doméstico es también una muestra de la dimensión humana que existe detrás de muchos emprendimientos científicos. Antes de hablar de grandes laboratorios, equipos especializados o procesos industriales, existe una persona que decide probar, equivocarse, volver a intentar y encontrar una manera de avanzar.
Hoy ese escenario comienza a cambiar. Darling fue beneficiaria de la Ruta del Emprendimiento, estrategia del Distrito Especial de Ciencia, Tecnología e Innovación de Medellín, liderada por la Secretaría de Desarrollo Económico. A través del incentivo de Capital Semilla recibió $15 millones, recursos que le han permitido fortalecer su capacidad de producción y adquirir algunos elementos fundamentales para continuar desarrollando su iniciativa.
Con estos recursos pudo adquirir un congelador, una licuadora industrial y una cámara que le permiten ampliar las condiciones de trabajo y avanzar en la estructuración de un pequeño laboratorio en casa. El emprendimiento todavía está en una etapa temprana, pero ya cuenta con una ruta para seguir creciendo.
Y es precisamente allí donde aparece uno de los mayores retos para las iniciativas de base científica y tecnológica: pasar de un prototipo experimental a un producto que pueda ser utilizado y comercializado.
Darling explica que en la biotecnología los tiempos son diferentes. Un material no puede desarrollarse simplemente bajo la lógica de tener un producto listo en pocos meses. Hay procesos de investigación, ensayo y error, validación y caracterización que deben cumplirse antes de pensar en una comercialización a mayor escala.
Por eso, uno de los siguientes pasos de su proyecto es fortalecer las alianzas con universidades y empresas. La academia puede aportar laboratorios, conocimiento y capacidades técnicas; las empresas, por su parte, pueden ayudar a evaluar el comportamiento del material en condiciones reales de uso.
Actualmente, Darling trabaja con una empresa que está realizando pruebas sobre sus prototipos. Allí se estudian aspectos como la resistencia, el desgaste, el comportamiento frente al lavado y otras características que permitirán determinar posibles aplicaciones. El objetivo es avanzar hacia un producto mínimo viable y, posteriormente, hacia una alternativa con posibilidades de llegar al mercado.

La apuesta, por tanto, no consiste únicamente en producir un nuevo material. También busca demostrar que un residuo puede convertirse en materia prima y que la innovación puede contribuir a construir modelos más circulares de producción.
Para Darling, ese es precisamente uno de los dos grandes aportes que puede hacer desde su trabajo a Medellín. El primero está relacionado con la valorización de residuos y la economía circular. El segundo, con la ciencia y la posibilidad de utilizar la biotecnología para responder a desafíos concretos de la ciudad.
Su experiencia también plantea una reflexión sobre la manera en que se construye un Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación. Para ella, la innovación no necesariamente requiere grandes infraestructuras desde el primer día ni depende exclusivamente de tecnologías como la inteligencia artificial. También puede surgir de una persona que identifica un problema, utiliza sus conocimientos y comienza a buscar una solución con los recursos disponibles.
En ese camino, las alianzas adquieren un papel fundamental. La investigación científica, especialmente cuando está vinculada con procesos de desarrollo tecnológico, requiere capacidades que difícilmente pueden asumir una sola persona o un emprendimiento en sus primeras etapas. Por eso, conectar universidades, empresas, emprendedores y entidades públicas puede acelerar los procesos de validación y abrir nuevas posibilidades de desarrollo.

La historia de Darling también está marcada por los desafíos propios del emprendimiento. Comenzó acompañada por otros socios y hoy continúa sola. Cambió de lugar de trabajo y tuvo que comenzar nuevamente en la casa de su padre. Todo esto ha ocurrido en aproximadamente siete meses de recorrido.
Lejos de presentar el emprendimiento como un camino sin dificultades, reconoce que se trata de un proceso lleno de retos. Su aprendizaje ha sido que tener claro el propósito ayuda a encontrar alternativas cuando aparecen los obstáculos.
Su propósito, además, trasciende el crecimiento de una empresa. Darling quiere que su iniciativa pueda convertirse en un referente de ciencia y demostrar que desde Medellín también es posible desarrollar soluciones con potencial para llegar a otros lugares.
“Que la ciencia acá en Medellín también se puede llevar a todos lados”, es una de las aspiraciones que expresa al hablar del futuro de su proyecto. Su intención es mostrar que el conocimiento generado en la ciudad puede convertirse en soluciones concretas y que la innovación también puede comenzar con recursos pequeños, pero con una visión clara.
En esa perspectiva se encuentra uno de los sentidos de la Ruta del Emprendimiento 2026, una estrategia del Distrito Especial de Ciencia, Tecnología e Innovación de Medellín, liderada por la Secretaría de Desarrollo Económico. La iniciativa acompaña a emprendedores y empresas de base tecnológica en diferentes momentos de crecimiento, desde la ideación y la preincubación hasta la incubación, aceleración y consolidación.
Durante esta vigencia, la convocatoria contempla acompañar a 700 emprendedores y empresas de base tecnológica. El programa ofrece acompañamiento especializado, fortalecimiento de modelos de negocio, validación de productos y servicios, conexiones estratégicas y herramientas para avanzar en procesos de crecimiento y expansión.
Dentro de esta estrategia se encuentra Capital Semilla 2026, mediante el cual se entregarán 60 incentivos en especie de hasta $15 millones por iniciativa para atender necesidades concretas de fortalecimiento. La Ruta también contempla mecanismos para emprendimientos que se encuentran en etapas más avanzadas, como vouchers para servicios especializados y oportunidades de inmersión internacional.
En el caso de Darling, el apoyo representa algo más que la posibilidad de adquirir equipos. Significa contar con mejores condiciones para continuar una investigación que comenzó en una nevera, con unos cuantos recipientes y varias bolsas de fruta recuperada.

Su historia muestra que detrás de una apuesta por la ciencia puede existir una pregunta tan cotidiana como qué hacer con una fruta que ya no va a venderse. Y que, en ocasiones, transformar una ciudad también significa aprender a mirar de otra manera aquello que durante años hemos considerado un desecho.
En la Central Mayorista, aquellas piñas que alguna vez estaban destinadas a convertirse en basura se convirtieron para Darling en materia prima para investigar, experimentar y crear. Ahora el desafío es continuar avanzando: fortalecer el laboratorio, validar los materiales, consolidar alianzas con universidades y empresas y encontrar aplicaciones que permitan llevar esta innovación a escenarios productivos.
La historia apenas comienza. Pero ya deja una certeza: la ciencia también puede construirse desde una casa, con recursos limitados, cuando existe conocimiento, perseverancia y la decisión de convertir un problema en una oportunidad.
Y quizá allí esté una de las imágenes más poderosas de esta historia: una fruta que iba a terminar en un residuo y que, gracias a la biotecnología, puede convertirse en el comienzo de un nuevo material.
Una segunda vida para los residuos. Una oportunidad para la ciencia. Y una muestra de que la innovación también puede comenzar desde Medellín.