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Cuidar a otro ser humano es uno de los actos más nobles, pero también uno de los más invisibles. Cada día, en silencio, miles de personas en Medellín dedican su vida...
Cuidar a otro ser humano es uno de los actos más nobles, pero también uno de los más invisibles. Cada día, en silencio, miles de personas en Medellín dedican su vida al cuidado de un ser querido con discapacidad o con enfermedades crónicas.
El cuidado del otro lo hacen con amor, pero muchas veces sin preparación, sin redes de apoyo, sin descanso y sin que nadie les diga “gracias”. Por eso, las capacitaciones que ofrece la Alcaldía de Medellín, a través de su Secretaría de Salud, para formar a cuidadores de personas con discapacidad se han convertido en mucho más que un curso: son un respiro, una luz en medio del cansancio y, sobre todo, un espacio donde quienes cuidan también pueden ser cuidados.

Adriana Lucía Jaramillo Echeverri tiene 56 años y es una de esas mujeres que ha entregado todo por los suyos. “Mi mamá tiene Alzheimer y bradicardia, mi hija de 28 años tiene osteoartrosis y fibromialgia y mi nieta de nueve años tiene autismo”, cuenta con voz serena. “Llevo tres años cuidando a mi mamá y quise hacer el curso para aprender más porque uno no sabe nada. Estoy muy contenta, no me arrepiento de haberme inscrito y aunque apenas estamos empezando este, ya estoy esperando que siga el otro curso”.
Con mucho sacrificio, Adriana y la mayoría de las personas que asisten a la capacitación deben buscar quién cuide a sus familiares mientras asisten a clase. Y aunque su hija, a pesar de sus dolencias, la apoya, sabe que es una responsabilidad difícil de delegar. “Les recomendaría a las personas que se animen a participar de estas capacitaciones porque debemos aprovechar. Realmente son cursos costosos, son clases intensivas, pueden ser pocas, y no todos tenemos la capacidad económica de recibir esto. Pero de verdad sirve mucho”.

Y es que el cuidado no solo se trata de saber cómo levantar, alimentar o medicar; también es comprender, tener paciencia, saber manejar las emociones propias y ajenas. Es, en muchos casos, aprender a vivir de nuevo.
“Yo creí que estaba haciendo bien sus cuidados y algunas cosas las estaba haciendo mal. Este curso ha sido una escuela” reconoce con humildad Ángela María González Villa quien, a sus 56 años, se inscribió en la capacitación para poder cuidar mejor a su madre, quien sufrió un derrame cerebrovascular. “Les recomiendo a todos los que cuidan a alguien con discapacidad que no les dé miedo venir, porque acá todas expresamos lo que tenemos a cargo y nos desahogamos. A veces creemos que somos las únicas, y no, realmente no estamos solas”.

Ese es quizá uno de los aprendizajes más poderosos de estos espacios, el darse cuenta de que no se está solo. Que hay otras manos que tiemblan, otros corazones que lloran en silencio, otras vidas que también han sentido que no pueden más y, sin embargo, saben que deben continuar.
Inés Amparo Vélez Jaramillo cuida a su hija con síndrome de Down. “Quería aprender más el manejo con ella, porque a veces me ofusco”, confiesa. “Aquí he aprendido mucho a controlarme y saber manejar las situaciones que se presentan. También somos un grupo de apoyo, como de amigas. Yo escucho a todas mis compañeras y siempre le decía a Dios que me soltara porque yo creía que era la única que sufría en el mundo, pero mentiras, aquí me he dado cuenta de que no, hay personas que sufren y han sufrido más que yo”.

Los cursos no solo entregan herramientas técnicas, también construyen comunidad; amistades que se fortalecen entre una historia y otra, entre lágrimas compartidas y consejos espontáneos. “Compartimos anécdotas, alegrías, tristezas, conocimientos, medicinas. Ha sido un apoyo muy grande en mi vida”, dice Inés con una sonrisa que ahora se nota más liviana.
Gracias a estas capacitaciones, cientos de cuidadores en Medellín han encontrado no solo conocimientos, sino también un refugio emocional. Un espacio donde, por fin, alguien les pregunta: ¿Y tú, ¿cómo estás? Porque cuidar a otro es un acto de amor inmenso, pero también de desgaste silencioso. Y en medio de tantas responsabilidades, tantas rutinas y tantas renuncias personales, estas mujeres que son madres, hijas, abuelas y amigas, han demostrado que también es posible aprender, sanar, acompañar y crecer. Se han convertido en redes que se sostienen unas a otras, en voces que se escuchan sin juzgar, en hombros que se ofrecen para llorar y también para reír.
Estas capacitaciones no solo enseñan a curar heridas físicas o a mejorar posturas al movilizar a un paciente; enseñan, a ver el valor de lo que se tiene, a entender que el amor necesita herramientas, y que nadie merece cuidar en soledad. Enseñan a mirar al otro con más compasión y a mirarse a sí mismas con más ternura.
Hoy, Medellín abraza a sus cuidadores con formación, con espacios de escucha, con oportunidades reales para dignificar su tarea y al hacerlo, también nos enseña a todos a ser más humanos, más empáticos, más conscientes del valor inmenso de quienes cuidan sin pedir nada a cambio.

Porque cuando una cuidadora aprende, todo su entorno mejora, cuando una cuidadora se siente acompañada, el peso se hace más liviano y cuando una cuidadora es reconocida, toda una sociedad da un paso hacia la verdadera justicia social, esa que nace del amor, del servicio y de la esperanza.
Porque cuidar transforma vidas y Medellín lo está demostrando.