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De auxiliar educativa a beneficiaria: la experiencia de una madre en Buen Comienzo Medellín

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Medellín en Historias | Unidad Administrativa Especial Buen Comienzo
Por: Textos y fotos: Nátaly Londoño Laura. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

Johana Bedoya es auxiliar educativa del programa Buen Comienzo de la Alcaldía de Medellín, que además de trabajar con la primera infancia ha sido usuaria de la modalid...

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  • Johana Bedoya es auxiliar educativa del programa Buen Comienzo de la Alcaldía de Medellín, que además de trabajar con la primera infancia ha sido usuaria de la modalidad familiar en distintas etapas de la crianza. Les contamos su historia.

    Un sábado cualquiera, Johana camina sin afán por una calle del corregimiento San Antonio de Prado de Medellín, donde se instala una movilización social del programa Buen Comienzo. No lleva delantal ni planillas. Lleva a su hija, Rowdy, de la mano, quien se suelta rápido, se sienta en el piso, abre un libro y escucha un cuento que ya conoce, pero que la vuelve a atrapar como si fuera nuevo. Ella se queda a un lado, mira, espera. Está allí como mamá.

    Lo singular es que ella, Lina Johana Bedoya Restrepo, conoce a Buen Comienzo desde casi todos sus costados: fue usuaria de la modalidad familiar desde la lactancia, atravesó con su hija cada una de sus etapas y hoy lo habita desde el trabajo cotidiano.

    Imagen Lina Johana Bedoya Restrepo con su hija

    Los inicios en el programa como auxiliar educativa

    Lleva cerca de siete años vinculada como auxiliar educativa en el Centro Infantil Constructores de Sueños, un lugar donde no acompaña un solo grupo, sino que se mueve entre salas, rutinas y edades. “Yo permanentemente no estoy con un grupo, yo estoy con todos los niños del centro infantil, entonces puedo conocer todas sus experiencias, todas sus vivencias”, explica, al describir jornadas que avanzan entre asambleas, comedor, juego, movimiento y calma, hasta las despedidas de la tarde.

    Fue durante ese recorrido laboral cuando quedó en embarazo y empezó a buscar el ingreso a la modalidad familiar. “Desde que ingresé al programa siempre pensé que, si algún día quedaba en embarazo, quería hacerlo desde la modalidad familiar, porque ofrece muchas estrategias para los niños y para las familias. Cuando llegó ese momento hice toda la gestión posible para el ingreso”, recuerda.

    El cambio a beneficiaria

    El ingreso llegó tras ver un aviso en un centro infantil cercano a su casa. Rowdy tenía entonces unos cuatro meses. Entró como madre lactante y permaneció en la modalidad familiar durante más de dos años, un tiempo marcado por encuentros que se iban transformando a medida que la niña crecía.

    En cada encuentro el acompañamiento era distinto. Reforzaban la lactancia materna, hacían clases de estimulación y seguimiento nutricional, y nos pedían tener al día las vacunas y los controles de crecimiento y desarrollo. Así mismo, realizaban visitas domiciliarias con experiencias para los niños: estimulación, cuentos y canciones”, cuenta. En ese proceso, su pareja asumió el acompañamiento cuando los turnos laborales de ella no se lo permitían.

    Los recuerdos

    De ese tiempo conserva imágenes precisas: una sala pequeña convertida en escenario, su hija todavía muy pequeña, inmóvil frente a los colores. “Recuerdo que, en una oportunidad, a mi casa llegaron con un cuento, llegaron títeres e imágenes ilustradas para ambientar y la niña, que tenía un añito, quedó fascinada”, dice. La escena quedó inscrita dentro de un proceso sostenido que, desde muy temprano, fue tejiendo una relación con la palabra y la escucha.

    Ese mismo acompañamiento se extendió a aspectos menos visibles del cuidado. “Yo trabajaba lejos de mi casa y necesitaba sostener la lactancia. Me hacía la extracción, la envasaba y la almacenaba en congelación. Desde el programa me enseñaron cómo trasladar el banco de leche con hielo seco”, explica. Con esas orientaciones logró alimentar a su hija hasta el año y medio y planear el destete antes de la transición a modalidad institucional.

    Cuando Rowdy ingresó al centro infantil, la adaptación fue rápida. Johana lo asocia a los encuentros previos que la modalidad familiar había creado para niños en tránsito: allí la niña ya había compartido con otros niños de su edad y había tenido experiencias colectivas, de modo que el ingreso a la institucionalidad no supuso una ruptura, supuso, más bien, la continuidad de un proceso que ya conocía.

    El presente

    Hoy, aunque su hija ya tiene más de tres años y está en modalidad institucional, Johana sigue asistiendo a las movilizaciones sociales que Buen Comienzo desarrolla en el territorio. “Procuro ir siempre que puedo. A veces cada ocho días, otras veces cada quince. Ya es otra etapa: ahí disfruto plenamente como mamá, no como profe”, dice. Evita las pantallas al máximo y privilegia esos espacios de juego, pintura y lectura que, asegura, siguen aportando al desarrollo infantil.

    A esas jornadas Johana llega con la niña, y a veces también con sus sobrinos, con su mamá o con su esposo. Se entera de los lugares de encuentro por mensajes del entorno familiar, del centro infantil o por redes comunitarias del corregimiento. Para ella, esas movilizaciones son una extensión natural del cuidado. Así que mientras Rowdy hojea un libro en el suelo y el cuento avanza, a Johana no le queda más que observar en silencio: sabe que el sábado siguiente habrá otra convocatoria, otra calle, otra historia, y que volverá a llegar igual: sin uniforme, sin rol institucional asignado, solo como mamá.


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