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En las laderas del barrio Villatina, comuna 8 de Medellín, se ha construido ladrillo a ladrillo una historia de quienes se niegan a que el origen dicte su destino. Allí, en una vivienda que primero fue de madera y techo de zinc, y que con el tiempo fue echando bases, levantando muros de ladrillo y coronando un techo firme, vive Ana María Ruiz Hoyos junto a sus padres. Su historia no es solo la de un logro académico; es el retrato de una familia que entendió que la educación era la única herramienta para transformar la adversidad en dignidad.
La historia de los padres de Ana María está marcada por la resiliencia. Desplazados por el conflicto armado -él desde el Occidente antioqueño y ella desde el Bajo Cauca-, se encontraron en el barrio Villatina, al oriente de Medellín, para empezar desde cero. Con el trabajo honesto de él como vendedor ambulante y de ella como empleada doméstica, levantaron su hogar y criaron a cuatro hijas. Aunque el padre solo pudo estudiar hasta tercero de primaria, tuvo siempre una convicción clara que repetía como un mantra: él se encargaría del sustento, pero ellas debían salir adelante con el estudio. La madre, por su parte, demostró con el ejemplo que nunca es tarde: superó innumerables barreras hasta graduarse de bachiller pasados los cuarenta años.
“Nunca paró de decirnos en que él se encargaba de darlos lo necesario para estudiar y que nosotras nos encargáramos de salir adelante con el estudio. No quería que dependiéramos de su trabajo”, añade Ana.

Para sus tres hermanas mayores, el camino a la educación superior exigió el doble de esfuerzo: salir del colegio, emplearse de inmediato y pagar sus carreras con trabajos duros. Ana María, la menor, vio esa frustración de cerca y asumió su vida escolar con una disciplina impecable, siendo siempre de las mejores de su clase. Sin embargo, al llegar el último año de bachillerato, la realidad económica volvió a tocar la puerta: sus padres le confesaron que no tenían cómo financiarle la universidad.
El giro en su historia ocurrió en las aulas de su colegio, el día que profesionales de Sapiencia dictaron una charla sobre las oportunidades de educación superior. Allí descubrió que en la comuna 8 los recursos del Presupuesto Participativo estaban destinados a becar a los jóvenes del sector. Al día siguiente, acompañada de su madre, visitó las oficinas de Sapiencia para entender un mecanismo que hasta entonces le era ajeno y que detuvo los trámites de préstamos que ya estaba evaluando.

La confirmación de la beca de matrícula y del apoyo de sostenimiento para estudiar Diseño Gráfico Profesional en el Instituto Técnico Pascual Bravo llegó acompañada de lágrimas. Ana María no solo aseguraba su ingreso a la universidad, sino que se convertía en la primera de su hogar en dedicarse de lleno a sus estudios sin la presión de trabajar para pagar la matrícula.
El subsidio de sostenimiento fue determinante para su carrera. En un barrio donde los recursos escasean, Ana María dependía de los computadores de la biblioteca comunitaria y de pagar horas en el café internet del sector para hacer sus tareas. Con el apoyo recibido y un esfuerzo familiar para completar el dinero, compraron su primer computador. Aquella máquina, adquirida hace ocho años, aún sigue encendida sobre su escritorio como un tesoro familiar que resistió entregas, entregas finales y noches de desvelo.

Hoy, a sus 24 años, Ana María es diseñadora gráfica profesional y acaba de firmar su primer contrato laboral con el SENA. El momento de plasmar su nombre sobre el documento que la acreditaba como Profesional Ana María Ruiz marcó la consolidación de un esfuerzo colectivo.
“A mí la historia de mis papás me inspira. Tuvieron todas las adversidades posibles, tuvieron todas las malas rachas para no seguir insistiendo y nunca se rindieron ni para ellos ni para nosotras. Un verdadero ejemplo de resiliencia y más para mí porque crecí en un barrio en el que normalmente se escucha ´no pues, si nació acá, acéptelo´, pero yo los veía a ellos y me daba cuenta que sí se podía salir adelante a punta de disciplina y ganas”, recalca Ana.

Atrás quedaron los empleos informales que solo alcanzaban para cubrir lo urgente. Con su primer trabajo formal, Ana María no solo busca su independencia y la posibilidad de especializarse en ilustración editorial, sino devolverles a sus padres la tranquilidad en su vejez.
Mientras tanto, en las calles del barrio Villatina de Medellín, sus padres se han convertido en los principales promotores de la educación pública: le cuentan a cada vecino que su hija menor fue a la universidad sin pagar un solo peso y les explican cómo el Presupuesto Participativo y Sapiencia pueden cambiarles la vida a las familias del barrio, así como le diseñaron el futuro a su hija Ana María.