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No todas las clases comienzan con un tablero y un marcador; algunas nacen con una semilla. Así lo entendió la profesora Erika Mena, quien convirtió una huerta agroecol...
No todas las clases comienzan con un tablero y un marcador; algunas nacen con una semilla. Así lo entendió la profesora Erika Mena, quien convirtió una huerta agroecológica en el aula más viva y significativa de la Institución Educativa Luis López de Mesa, en la comuna 5 – Castilla de Medellín. Este espacio, creado con el apoyo de la Secretaría de Medio Ambiente de Medellín y su programa de Educación y Buenas Prácticas Ambientales, se transformó en un escenario para aprender a cuidar la tierra y, al mismo tiempo, proteger la vida.
En este espacio, que ella llama su “laboratorio vivo”, el aprendizaje trasciende los salones de clase. Con carteles, los estudiantes nombran en inglés y en español cada planta y cada vegetal; con un diario, registran el proceso de lo que sembraron; y con las materias de Ciencias Naturales y Química, complementan lo que en la huerta se cultiva día a día. Así, la profesora logró hacer de un espacio verde una experiencia pedagógica que conecta los saberes con la vida cotidiana.
En 2025, la Alcaldía de Medellín ha implementado 43 huertas que han capacitado y formado a más de 700 personas en instituciones educativas, comunidades y familias. Además, a través del programa de Presupuesto Participativo, se brinda apoyo técnico y supervisión a 239 huertas distribuidas en las diferentes comunas de la ciudad.
La huerta de la Institución Educativa Luis López de Mesa es una de ellas. Nació en 2021 con un propósito claro: sembrar hábitos saludables y conciencia ambiental en la comunidad educativa. Sus primeros frutos fueron vegetales de ciclo corto como lechuga, cilantro, albahaca y cebolla, que pronto se convirtieron en protagonistas de las clases y en la base de una enseñanza distinta. Hoy, entre 1250 y 1300 niños y niñas disfrutan y aprenden a través de este espacio agroecológico, que se ha convertido en ejemplo de cómo la educación puede enraizarse en la tierra.
Pero lo que comenzó como un proyecto escolar fue creciendo y se ha transformado en un espacio de vida creado con el apoyo de la Secretaría de Medio Ambiente de Medellín y su programa de Educación y Buenas Prácticas Ambientales Las niñas, por ejemplo, encontraron en las plantas aromáticas una aliada para su salud menstrual. Hoy, cuando sienten los cólicos, acuden a la huerta para preparar infusiones calientes que reemplazan a los medicamentos. La huerta, entonces, empezó a transformar no solo la manera de aprender, sino también la manera de vivir.
En un día cualquiera es común que la comunidad educativa disfrute de snacks saludables preparados con lo cosechado: ensaladas frescas, burritos o zanahorias baby. También se organizan mercados campesinos en los que los estudiantes venden productos, siendo el ají su estrella, elaborado con las cosechas de la huerta. Con lo que recolectan, compran semillas, abono y herramientas, logrando que la huerta se sostenga por sí sola.
Hubo un momento en que todo pareció perderse. Durante la remodelación de la institución, la huerta fue uno de los espacios más golpeados. Pero allí estuvo Erika, junto con sus estudiantes, rescatando cada planta, cada brote, cada rincón. Gracias a ese esfuerzo hoy la huerta no solo sigue en pie, sino que se ha convertido en un símbolo de resiliencia para toda la comunidad educativa.
Porque esta huerta no es únicamente un lugar donde se siembran alimentos. Aquí germinan enseñanzas para la vida, se recuperan saberes ancestrales, se crean nuevos lazos entre estudiantes y maestros. Aquí se aprende a cuidar la tierra y, al mismo tiempo, a cuidarse entre todos.