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Estimulación cognitiva: el programa del Inder que fortalece la memoria y transforma la vida de los adultos mayores de Medellín

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Conglomerado público - Entes descentralizados | Medellín en Historias
Por: Texto, fotos y video: Luisa Fernanda Ríos Suárez. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

En un salón lleno de lápices, crucigramas y juegos de lógica, decenas de adultos mayores en Medellín participan cada semana en las sesiones de estimulación cognitiva...

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  • En un salón lleno de lápices, crucigramas y juegos de lógica, decenas de adultos mayores en Medellín participan cada semana en las sesiones de estimulación cognitiva del Instituto de Deportes y Recreación de Medellín (Inder), una modalidad gratuita del programa Canas al Aire que busca fortalecer la memoria, la atención y otras funciones mentales. Allí descubren que ejercitar el cerebro puede significar mucho más que resolver un ejercicio: es volver a compartir, hacer nuevos amigos y recuperar la confianza. Detrás de esas risas y encuentros está la historia de un educador físico que, siendo apenas un niño acompañó a su madre por caminos rurales y se convirtió, sin saberlo, en el bastón que le daba tranquilidad en medio de las dificultades. Años después, inspirado por aquellas enseñanzas, transformó esa vocación de acompañar en un programa que hoy promueve el envejecimiento activo, fortalece la autonomía y abre nuevos caminos para saber envejecer.

    Desde un costado del salón, Héctor Julián Vásquez observa la escena sin dejar de sonreír. Conoce a cada uno por su nombre y, antes de que alguien levante la mano para pedir ayuda, ya sabe quién necesita una explicación diferente, quién llegó preocupado ese día o quién solo requiere un poco más de tiempo. No responde de inmediato. Prefiere devolver la pregunta con otra pregunta, hacer una broma o dar una pista para que sean ellos quienes encuentren la respuesta por sí mismos. A veces incluso finge estar tan despistado como ellos para obligarlos a concentrarse un poco más.

    Mientras unos comparan respuestas con el compañero de al lado, otros se ayudan para entender una instrucción. Cuando alguno se equivoca, las risas nunca son motivo de burla; son una invitación a volver a intentarlo. Al final de cada actividad, quien resuelve primero recibe el mismo aplauso que quien necesitó unos minutos más para lograrlo.

    Pero basta permanecer una hora en cualquiera de las clases para comprender que allí ocurre algo mucho más profundo que entrenar el cerebro. También se ejercita la confianza, se fortalecen las amistades y se recupera el hábito de salir de casa. Y, sin que nadie lo anuncie, lo cognitivo termina convirtiéndose en una excusa para volver a compartir la vida.

    El niño que era bastón de su madre

    Mucho antes de convertirse en educador físico, mucho antes de vestir el uniforme del Inder y mucho antes de imaginar un programa de estimulación cognitiva para personas mayores, Julián ya caminaba hacia las aulas.

    Tenía apenas seis años cuando acompañaba a su mamá por los caminos rurales del municipio de Carolina del Príncipe. Ella era maestra y, en una época marcada por el conflicto, debía recorrer largas distancias para llegar a la escuela donde enseñaba. Muchas veces prefería llevar a su hijo con ella. Él recuerda aquellas caminatas como una aventura de infancia. Iba lanzando piedras por el camino, jugando mientras ella avanzaba con paso firme. Solo con los años comprendió que, para su mamá, su compañía significaba mucho más que la presencia de un niño curioso.

    «Creo que todo se lo atribuyo a mi mamá», dice mientras la voz se le suaviza. «Ella me llevaba con ella y yo era, sin saberlo, ese bastoncito que la acompañaba en esos recorridos«.

    Quizás por eso nunca dudó de que quería dedicarse a enseñar. Estudió Educación Física, trabajó en diferentes municipios y, durante mucho tiempo, alimentó un sueño que parecía inalcanzable. Cada vez que pasaba por la Unidad Deportiva Atanasio Girardot veía a los profesores del Inder dirigiendo sus clases y se imaginaba ocupando algún día ese lugar. «Yo decía: qué sueño estar en esa plataforma».

    La oportunidad llegó en 2006, cuando una compañera le habló de una convocatoria. Se presentó sin muchas expectativas y, una tarde, recibió la llamada que todavía recuerda con emoción. Había sido seleccionado para Canas al Aire. «Portar este uniforme para mí sigue siendo algo maravilloso», confiesa. «No es solamente un trabajo. Es representar una institución que soñé durante muchos años”.

    Desde entonces ha recorrido barrios, comunas y corregimientos acompañando a personas mayores. Con los años, y después de casi dos décadas de experiencia, empezó a aparecer una inquietud que no lo dejaba tranquilo: «Nos preocupábamos mucho por evaluar el cuerpo, pero yo me preguntaba: ¿y el cerebro?».

    Aquella pregunta lo llevó a buscar, estudiar y proponer nuevas formas de trabajo. Con autorización institucional comenzó a aplicar herramientas para valorar funciones cognitivas y entendió que, además del cuerpo, también era necesario entrenar la memoria, la atención y otras capacidades clave para la autonomía en la vejez. Esa idea empezó a repetirse en sus informes de gestión, hasta convertirse en una propuesta concreta: crear un espacio dedicado a la estimulación cognitiva para personas mayores en Medellín.

    Con el tiempo, la iniciativa dejó de ser una idea escrita en un informe. El Inder abrió la posibilidad de convertirla en una prueba piloto en distintas comunas de la ciudad y, poco a poco, el voz a voz de los propios usuarios hizo el resto. Lo que comenzó como un sueño de educador hoy sigue creciendo al ritmo de las personas que llegan, regresan la semana siguiente y convencen a otros de que una hora dedicada a ejercitar la mente también puede cambiar la manera de vivir la vejez.

    Aprender en grupo: la memoria como ejercicio colectivo

    Cuando la clase entra en su momento de mayor concentración, apenas se escucha el sonido de los lápices sobre el papel. De repente alguien levanta la mano. «No entendí este». Antes de que Julián alcance a responder, otra participante se inclina desde la mesa de al lado para explicarle cómo resolvió el ejercicio. Unos minutos después ocurre al revés: quien había pedido ayuda, ahora es quien orienta a otra persona. La competencia desaparece y lo que importa es que todos puedan avanzar.

    En Laureles, Francy y José viven la experiencia por primera vez. Llegaron después de enterarse de la oferta a través de redes sociales y durante toda la sesión permanecen uno al lado del otro. Comparan respuestas, discuten cuál opción creen correcta y celebran cuando descubren que ambos acertaron. «Estas actividades hacen que el lazo entre nosotros sea mucho más grande», dice Francy. «Compartimos a través del juego, de la dinámica y del aprendizaje». José asiente mientras guarda la hoja de ejercicios. «Espero seguir viniendo. Es una experiencia maravillosa«.

    Francy y José

    Unas mesas más allá están Gloria María Tamayo y Luis Fernando Bernal, quienes llevan 37 años de matrimonio. Primero llegaron a las clases de actividad física y luego descubrieron la estimulación cognitiva. Ahora resuelven juntos cada ejercicio. Él lee con atención; ella responde primero y, al final, comparan resultados como si siguieran haciendo tareas escolares.

    «Estoy matada con este programa«, dice Gloria entre risas. Luego mira a sus compañeros buscando apoyo. «Lo único malo es que una hora es muy poquito. Con dos horitas sería perfecto.» Las carcajadas vuelven a llenar el salón. Luis Fernando sonríe. «Aquí encontramos otro ambiente«.

    Gloria María y Luis Fernando

    Cuando una hora cambia toda la semana

    Julián suele decirles algo al comenzar cada clase: quiere que entren de una manera y salgan de otra. No es una frase aprendida ni una bienvenida de rutina, sino el propósito que se trazó desde que imaginó este programa. «Cuando llegan aquí, se olvidan de la familia, de los problemas, de todo lo que tienen pendiente. Yo quiero que salgan mucho mejor de como entraron», explica.

    Mientras las actividades avanzan, no deja de recorrer el salón. Observa quién se distrae, quién permanece demasiado callado o quién, a diferencia de otros días, llegó sin la sonrisa que acostumbra. «A uno ya le basta mirarles la cara para saber que algo les pasa«, dice. Entonces se acerca. No siempre hace preguntas; a veces basta con una broma, una palabra de ánimo o un ejercicio diferente para cambiar el ambiente. «En este trabajo uno termina siendo un poquito psicólogo también«, reconoce.

    Él escucha a todos con la misma atención con la que minutos antes observaba cada ejercicio y se despide llamándolos por su nombre. Es un detalle sencillo, pero suficiente para entender que, en ese salón, cada persona se siente vista, escuchada y valorada.

    Encontrar un lugar donde volver

    Jairo Ocampo tiene 80 años y conoce bien los programas del Inder. Durante años asistió a las clases de actividad física, hasta que, casi por casualidad, se encontró con Julián durante una valoración y escuchó hablar de la estimulación cognitiva. Decidió probar y hoy dice que fue una de las mejores decisiones que pudo tomar. «Anímicamente me ha despertado«, afirma. La frase parece sencilla, pero detrás de ella hay una historia: Jairo vive muy solo y, durante mucho tiempo, sus días transcurrieron entre la rutina y el silencio. Ahora espera cada clase para reencontrarse con personas que atraviesan una etapa similar de la vida. «Aquí comparto con gente muy cercana a mi edad. Me he sentido fabuloso». Ya no habla solamente de memoria; habla de compañía.

    Ana Lucía entiende perfectamente esa sensación. Durante mucho tiempo permanecía encerrada en casa, sin encontrar una actividad que realmente la motivara. Hoy espera con entusiasmo el día de la clase porque allí, dice, volvió a sentirse parte de algo. «Aquí socializo, aprendo y me siento útil». Las tareas que Julián les deja para hacer en casa se convirtieron en una nueva rutina. «Uno sigue utilizando el cerebro, recordando cosas, manteniéndolo activo. Eso es muy necesario para nuestra edad«.

    A unos puestos de distancia está Diana Marcela Hernández. Lleva más de veinte años participando en diferentes programas del Inder, pero asegura que esta propuesta llegó para complementar todo lo que ya hacía. Mientras permanece sentada frente a una mesa con hojas llenas de figuras y colores, resume el cambio que ha sentido en pocas palabras Y dice algo que explica el verdadero alcance del programa: «No solamente hacemos ejercicios. También aprendemos cómo funciona nuestra memoria«.

    Rocío Benítez escucha la conversación y decide intervenir. Hace cuarenta años es usuaria del Inder y ha visto pasar generaciones de profesores y programas, por eso no duda cuando afirma que esta propuesta llegó en el momento indicado. «A nuestra edad las neuronas se van confundiendo un poquito», dice sonriendo. Después mira alrededor, como si quisiera incluir a todo el grupo en la conversación, y lanza una invitación que resume el sentir de muchos de los asistentes: «Muchos adultos mayores permanecen en la casa perdiendo tiempo. Yo los invito a que vengan. Aquí uno sigue aprendiendo».

    Aprender no tiene fecha de vencimiento

    En la Biblioteca Pública Piloto las historias son distintas, pero la energía es la misma. Las mesas vuelven a llenarse de lápices de colores, borradores y hojas de trabajo. Rosa Inés Vélez ocupa siempre uno de los primeros puestos. Cuando Julián presentó el programa fue una de las primeras en levantar la mano. No era una casualidad: antes de la pandemia de COVID-19, ella misma organizaba encuentros con un grupo de vecinas para resolver crucigramas, juegos de lógica y ejercicios de memoria. Cuando escuchó hablar de la estimulación cognitiva sintió que alguien había convertido en realidad una idea que ella llevaba años defendiendo.

    «Esto ayuda a pensar mejor, a tener más claridad y a mantener el cerebro activo». Mientras habla, enumera con entusiasmo todo lo que ahora hace en casa: crucigramas, sudokus, revistas y juegos en internet. Sueña con que el programa llegue algún día a Santa Elena para compartirlo con sus familiares y amigos. «Estoy segura de que allá también lo disfrutarían».

    A pocos metros está Luz Elena Valencia. Tiene 76 años y habla despacio. Cuenta que ha enfrentado varios procesos de cáncer, que hubo momentos en los que sentía que todo se le olvidaba y que un día decidió que todavía tenía muchas cosas por aprender. Ahora estudia informática, aprende a manejar el celular, participa en diferentes actividades de la Biblioteca Pública Piloto y asiste cada semana a estimulación cognitiva.

    Rosa Inés Vélez

    Rosa Inés Vélez

    Entonces pronuncia una frase que deja el salón en silencio: «Yo nací de nuevo». No lo dice con dramatismo. Lo dice con la serenidad de quien descubrió una nueva manera de vivir la vejez. «No hay que quedarse sentado en la casa envejeciendo. Hay que saber envejecer».

    Un programa que nació para crecer

    Cuando Julián escribió por primera vez en uno de sus informes que Medellín necesitaba un espacio para trabajar la estimulación cognitiva, no imaginaba todo lo que ocurriría después. Pensaba en grupos pequeños, en unas cuantas personas, en una prueba. Hoy algunos encuentros reúnen cerca de cincuenta participantes y siguen creciendo gracias al voz a voz. La oferta funciona actualmente en Tricentenario, Altamira, Carlos E. Restrepo, Laureles, Brasilia, Villa del Socorro y Manrique, donde cada semana más personas descubren que allí no solo ejercitan la memoria, sino que también vuelven a hacer amigos, recuperan la confianza, encuentran un motivo para salir de casa y recuerdan que todavía pueden aprender algo nuevo. El siguiente sueño de Julián es que esta iniciativa llegue a muchas más comunas y que otros formadores se sumen para que ningún adulto mayor interesado se quede sin un espacio para ejercitar su mente.

    Detrás de esa expansión está la Estimulación Cognitiva, una modalidad de la estrategia Canas al Aire del Inder Medellín, impulsada por la Alcaldía de Medellín como una apuesta por el envejecimiento activo y la vida independiente de las personas mayores. El programa busca fortalecer la memoria, la atención y la agilidad mental mediante ejercicios que combinan aprendizaje, socialización y recreación y que hoy hacen parte de la rutina semanal de cientos de usuarios en distintos puntos de la ciudad. Todas las actividades son gratuitas y el acceso puede gestionarse a través de la plataforma SIMON 2.0 o con el acompañamiento de los gestores territoriales en cada zona.

    Hace veinte años soñaba con ponerse el uniforme del Inder. Hoy entiende que su mayor logro nunca fue llegar a esa institución. Fue descubrir que ejercitar la memoria también puede significar devolverles a muchas personas el gusto por salir de casa, compartir una conversación, conservar su autonomía y seguir construyendo recuerdos. Porque, al final, la estimulación cognitiva no solo fortalece la mente. También demuestra que nunca es tarde para aprender, para reír, para hacer nuevos amigos y, como dice Luz Elena, para aprender el arte de saber envejecer.


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