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La casa que volvió a abrir las puertas de la memoria en el barrio Prado en Medellín

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Por: Ana Carolina Sánchez Rave. Fotos: Andrea Orozco. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

Hay casas que envejecen… Y hay casas que, después de muchos años, parecen quedarse esperando. Esperando que alguien vuelva a abrir una ventana, que una voz atraviese ...

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  • Hay casas que envejecen… Y hay casas que, después de muchos años, parecen quedarse esperando.

    Esperando que alguien vuelva a abrir una ventana, que una voz atraviese el corredor, que unos pasos vuelvan a sonar sobre el piso antiguo. Esperando, quizá, que la ciudad recuerde que antes de ser calles, edificios, vehículos y semáforos, también fue una suma de casas, jardines, familias, conversaciones, emociones y sueños.

    Eso parece haberle ocurrido a una vieja casona del barrio Prado, en la calle 65 con carrera 50A. Durante años fue conocida como Casa Blanca. Hoy se llama Salón Prado. Y entre un nombre y otro caben casi cien años de historia de Medellín.

    Una breve historia del barrio Prado

    La casa comenzó a levantarse a finales de los años veinte, cuando Medellín estaba dejando de parecer una villa para intentar convertirse en una ciudad moderna. Era otro mundo, como cuenta Óscar Zapata, historiador del equipo de Patrimonio del Departamento Administrativo de Planeación: “a comienzos del siglo XX Medellín todavía arrastraba calles llenas de limo, polvo en los veranos y aguas insalubres. Entonces aparecieron hombres que viajaban a Europa y regresaban con una idea casi revolucionaria: la ciudad también podía ser bella”.

    Imagen reja

    Ricardo Olano fue uno de ellos. Y Prado nació de esa fascinación por la arquitectura europea, pero también por el jardín: las casas con corredores, los antejardines, los árboles y las flores, y una nueva manera de vivir la calle. Según explica Zapata, allí las calles comenzaron a convertirse en paseos; aparecieron los guayacanes, las buganvillas y los ilang-ilang, árboles sembrados para llenar la ciudad de color y aroma, cuyos perfumes todavía sobreviven, como buenos fantasmas, en algunos rincones del barrio. Era una ciudad que quería oler distinto porque sus familias también querían vivir distinto.

    En Prado entraron los baños modernos, las baldosas, los jardines interiores y una nueva idea del confort. Las familias que habitaron aquellas mansiones no solamente estaban construyendo viviendas: estaban construyendo una imagen de ciudad.

    Casa Blanca fue parte de esa historia

    En 1933 fue adquirida por Justo Pastor Arango Sánchez, quien vivió allí durante más de cuatro décadas con su esposa, Teresa Velásquez. Arango era propietario del Café Árabe, ubicado en el edificio Vásquez, en la Plaza Cisneros, y en aquella casa creció su familia. Después vinieron los años en que las casas comenzaron a cambiar de dueño, de uso y de destino.

    La mansión fue fraccionándose, así como Medellín. En 1995, la Alcaldía adquirió el inmueble para convertirlo en sede del Instituto Mi Río. Allí se hizo una primera intervención y apareció, además, un enorme mural realizado por el maestro Ramón Vásquez. Después llegó el silencio: uno largo, de esos que van dejando polvo sobre los recuerdos.

    Hasta que la ciudad decidió volver a entrar

    En 2020 comenzó a tomar forma una alianza que entendió que recuperar una casa también podía ser una manera de recuperar un barrio. La Agencia para la Gestión del Paisaje, el Patrimonio y las Alianzas Público-Privadas —Agencia APP— acompañó la estructuración del proyecto para devolverle la vida a este inmueble de propiedad del Distrito y contribuir a la revitalización de Prado.  La fórmula tenía algo de sencillo y, al mismo tiempo, profundamente transformador: conservar lo público, atraer inversión privada y encontrar un nuevo uso para un patrimonio que durante años había permanecido en silencio.

    Jorge García, quien hoy gerencia Salón Prado y ha sido un líder permanente en la promoción cultural del barrio, lo cuenta así: “Desde el inicio del proyecto entendimos la importancia de la unión entre lo público y lo privado para el redesarrollo del territorio. Involucramos a todas las instituciones, a todas las secretarías, en el desarrollo del barrio Prado. Trabajamos con la Cámara de Comercio y con el Clúster de Turismo, siempre con el ánimo de mostrar Salón Prado como un espacio de ciudad”.

    La apuesta iba más allá de abrir un nuevo lugar para comer o entretenerse. Se trataba, como explica García, de rescatar un barrio y construir una nueva narrativa de turismo basada en patrimonio, cultura y entretenimiento.

    Así nació Salón Prado: como una casa que recupera su arquitectura, pero también como un proyecto para que el barrio vuelva a ser recorrido, habitado y disfrutado. La alianza permitió poner en valor un bien patrimonial público, atraer inversión y darle un nuevo uso, entendiendo el patrimonio también como una oportunidad para activar el territorio y reconectar a la ciudadanía con su historia.

    Hoy, después de una intervención de alrededor de 1800 metros cuadrados, Casa Blanca volvió a abrir sus puertas como Salón Prado, un ecosistema de gastronomía, arte, cultura y entretenimiento. Pero quizá lo más importante no sea que la casa haya sido restaurada.

    Lo verdaderamente importante es que volvió a tener vida.

    Porque el patrimonio no está hecho para permanecer inmóvil. También puede conversar con el presente, disfrutarse y, sobre todo, vivirse. Eso explica María Clara Restrepo, arquitecta del equipo de Patrimonio de Planeación: “los bienes culturales nos permiten conocer las formas de vida, de sentir y de pensar de quienes estuvieron antes que nosotros. Son una manera de transmitir conocimiento entre generaciones. Pero patrimonio, advierte, no significa congelar el tiempo”.

    Una casa antigua puede seguir siendo una casa, pero también puede ser una librería, un restaurante, una galería, un espacio para trabajar, conversar o encontrarse. En Salón Prado permanecen elementos que cuentan su historia: vitrales, pisos, muros, molduras, colores y el mural que alguna vez recibió a quienes trabajaban allí. Sus espacios interiores, al mismo tiempo, fueron adaptados para responder a las necesidades de una ciudad que ya no es la misma de hace cien años.

    Ahí está la verdadera magia de esta historia: la casa no tuvo que morir para que Medellín pudiera transformarse. Pudo transformarse ella también. Eso es justamente lo que busca la actualización de la normativa patrimonial que acompaña la Revisión de Mediano Plazo del Plan de Ordenamiento Territorial: avanzar hacia una normativa más flexible que permita adaptar los bienes de interés cultural a nuevos usos, sin perder los valores por los cuales fueron reconocidos como patrimonio.

    Cuidando el patrimonio

    En Prado hay 265 bienes de interés cultural, de los 433 que tiene Medellín. Es el mayor conjunto de conservación de la ciudad. Su recuperación, por eso, no es solamente la recuperación de unas cuantas casas bonitas: es la recuperación de una parte de la memoria urbana de Medellín, de los lugares donde vivieron quienes soñaron y planearon la ciudad de hace cien años.

    Imagen La casa que volvió a abrir las puertas de la memoria en el barrio Prado 10

    Y quizás por eso resulta tan poderoso caminar hoy por Salón Prado. Uno puede imaginar que debajo de la música todavía quedan las conversaciones de aquella familia que habitó Casa Blanca durante décadas. Que detrás de una pared todavía duerme una historia. Que debajo de los pisos restaurados quedaron los pasos de quienes llegaron al barrio Prado cuando Medellín comenzaba a descubrir que también podía tener jardines, palacios y paseos.

    Y mientras uno recorre la casa, entiende que una ciudad no se construye solamente hacia adelante. También se construye mirando hacia atrás, con memoria. Prado lo sabe bien, es un barrio reconocido como Distrito Cultural y Patrimonial, es también Distrito Económico Creativo Prado, un Área de Desarrollo Naranja adoptada por Medellín en 2021: un territorio donde la memoria, la cultura y las nuevas formas de habitar pueden encontrarse.

    El patrimonio es esa conversación silenciosa entre quienes estuvieron, quienes estamos y quienes vendrán. Proteger una casa no es solamente proteger ladrillos, vitrales, colores o muros. Es proteger la posibilidad de recordar. Y, a veces, recordar significa darle al pasado una nueva oportunidad de seguir viviendo.

    Eso es lo que ocurre en Prado. Una casa que fue hogar, después oficina, que conoció el abandono y pareció condenada a ser una fotografía vieja, hoy vuelve a recibir gente. Hay mesas donde antes hubo salas, libros donde hubo documentos, música donde hubo silencio y encuentros donde hubo puertas cerradas. Tal vez ese sea el verdadero sentido de proteger el patrimonio: no impedir que las casas cambien, sino evitar que dejen de contar quiénes somos.

    Una casa puede cambiar de uso, de dueño, de nombre; lo que no debería cambiar es su capacidad de contarnos la historia. Y para que esa historia siga viva, el patrimonio también debe ser sostenible. Por eso, desde Planeación se trabaja para que los bienes de interés cultural puedan adaptarse a nuevos usos, conservar sus valores y hacer viable su permanencia, con beneficios tributarios y mecanismos de compensación para sus propietarios.

    Casa Blanca

    Porque conservar no debería condenar una casa al abandono, debería darle una oportunidad de volver a abrir sus puertas.

    Casa Blanca, hoy Salón Prado, acaba de hacerlo.

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