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A las ocho de la mañana el frío bajaba como un susurro sobre Medellín. La brisa corría entre los árboles altos del cerro, acariciando la tierra húmeda como si supie...
A las ocho de la mañana el frío bajaba como un susurro sobre Medellín. La brisa corría entre los árboles altos del cerro, acariciando la tierra húmeda como si supiera lo que iba a suceder. El terreno, aún dormido, esperaba. Y entre botas, guantes, y mochilas cargadas de intención, apareció ella: María Camila Suárez.
Llevaba gorra, una sonrisa que le nacía del alma y una cadena colgando del cuello, discreta, pero firme, como si le recordara quién era y de dónde venía. Sus manos, cubiertas por unos guantes ya manchados de tierra, no dudaban en abrazar el barro. No temía ensuciarse. Al contrario: parecía buscarlo. Como si esa fuera su forma de conectarse con algo más profundo.

Fue la primera en llegar al Bosque de los Héroes, en la base militar del Cerro Medellín, justo donde se tocan los límites invisibles entre Villahermosa y Santa Elena. Un lugar que ha sido testigo de disciplina y firmeza, pero que ahora se abre a la dulzura de una nueva energía: la de quienes vienen a sembrar vida.
María Camila tiene 29 años. Es diseñadora gráfica, pero también es mucho más. Toca el siku, ese instrumento de viento que sopla desde los Andes como un eco de las montañas. Dibuja, escribe y teje.
Vive con la certeza de que la naturaleza no está allá afuera: es parte de ella. Hace cinco años comenzó a mirarla distinto y a escucharla. Desde entonces, no se ha despegado “me enteré de esta Sembratón por las redes sociales de la Alcaldía de Medellín. Quería conectar con lo que me apasiona, por ejemplo, con la tierra”, dijo mientras sostenía una planta entre sus manos con el cuidado de quien sostiene algo vivo que respira.

Caminó cerca de 300 metros entre arbustos, piedras y caminos abiertos. Iba junto a ciudadanos, jardineros, un grupo de militares, otro de la Policía Ambiental y el acompañamiento de la Administración Distrital. Pero había algo en su forma de andar que destacaba: elegía con calma el lugar donde quería sembrar. No cualquier punto, uno especial, donde su árbol pueda crecer libre, sin apuros.
Y llegó ese momento especial: se agachó, retiró el plástico negro que envolvía la planta, la miró en silencio y luego la sembró, con ternura, gratitud y una fuerza de quienes saben que la tierra es sagrada.
A su alrededor, se sembraron árboles de frutillo, roble, cedro, nogal, aguacatillo y guamo. Cada uno era recibido como si se tratara de un hijo. Había respeto y cuidado, una especie de ritual que no se decía, pero se sentía.
“Las plantas nos dan la vida. Son alimento. Desde la parte espiritual son energía. Nos dan sombra y oxígeno. También son poderosas y sanadoras. Hay que cuidarlas”, dijo, mientras se le iluminaba el rostro cada vez que un jardinero se acercaba a explicarle algo nuevo. Preguntaba, escuchaba y aprendía.

Ese día, en ese rincón de la ciudad, la Alcaldía de la Gente no solo convocó una jornada de siembra para conmemorar el día de la Tierra, también promovió una jornada de esperanza porque sembrar no es clavar una estaca ni cubrir una raíz, es detenerse, respirar, reconocer que los espacios verdes necesitan más de nosotros.
Cerca de mil árboles fueron sembrados ese día en Medellín. Pero las cifras no bastan. Lo valioso está en lo invisible y en lo que pasó bajo el cielo nublado, en ese instante en que una ciudad se permite sentir la tierra bajo los pies y entiende que allí empieza todo.
María Camila se fue con los guantes sucios y el corazón pleno, se fue con los ojos brillantes, enamorada de una Medellín que todos los días se construye desde la raíz, porque sembrar no es un gesto simbólico, es un acto de amor y este, sin duda, lo sembró ella.