Alcaldía
Inauguradas el 25 de diciembre de 2011, las escaleras redujeron un recorrido equivalente a más de 350 escalones a un trayecto de pocos minutos. Fueron las primeras de uso público instaladas en un barrio popular de Colombia y se convirtieron en un referente de accesibilidad, integración urbana y transformación social.
El sistema es responsabilidad de la Secretaría de Movilidad de Medellín y actualmente es operado por Terminales Medellín. Un equipo humano acompaña diariamente su funcionamiento, orienta a los usuarios y aplica medidas de seguridad para conservar un espacio accesible y organizado. Cerca de 20 000 visitantes llegan cada mes, además de los habitantes que lo usan en sus recorridos cotidianos.
La obra representó una inversión cercana a los $12 000 millones y beneficia a unos 12 000 habitantes del sector. Sin embargo, sus resultados no se explican únicamente con cifras. También están en las historias de quienes encontraron nuevas oportunidades, reconstruyeron su vida o hicieron de la transformación del barrio una forma de servir a los demás.

Olga Inés Pulgarín Barco camina despacio, con una riñonera ajustada a la cintura y una serenidad que transmite confianza. Habla de Dios con naturalidad y conserva una disposición genuina para ayudar, incluso cuando el cansancio de los días se asoma en sus gestos.
Tiene 52 años y vive desde hace 22 en la comuna 13. Llegó desplazada desde San Carlos junto con su esposo, en busca de una oportunidad para empezar de nuevo. “Pasamos por 22 casas antes de quedarnos aquí”, recuerda. Fueron veintidós intentos de estabilidad y, al mismo tiempo, veintidós maneras de volver a comenzar.
Cuando llegó, el sector era muy diferente. “No había turismo, esto era muy solo”, cuenta. Las pendientes exigían tiempo y esfuerzo y muchas veces el miedo acompañaba los recorridos. Con la construcción de las escaleras eléctricas, la movilidad cotidiana comenzó a cambiar y el barrio empezó a abrirse a nuevas dinámicas sociales, comerciales y culturales.
Olga se define como una mujer guerrera. Al mirar la transformación de su entorno, resume lo vivido en una sola palabra: “alegría”. Para ella, cada tramo de las escaleras representa la posibilidad de avanzar sin olvidar el camino recorrido.
Sneider Zuluaga tiene 23 años y vive con sus abuelos, su padre y su mascota. La comuna 13 no es solamente el lugar donde nació y creció: es el territorio en el que ha construido sus afectos, reconoce cada subida y comprende las historias que permanecen detrás de los murales y del movimiento turístico.
A diferencia de muchos visitantes, conoció de cerca una época marcada por la violencia. Por eso, cuando habla de las escaleras eléctricas, lo hace desde su propia experiencia. “Sí se notó el cambio”, afirma. La transformación del barrio también le abrió una oportunidad laboral en el mismo lugar que siempre ha considerado su casa.

Desde hace siete meses trabaja como gestor del sistema. Orienta a los visitantes, promueve el uso adecuado de las escaleras y ayuda a garantizar condiciones seguras. En muchas ocasiones es el primer contacto de los turistas con la historia del sector. “Es la oportunidad de crecer sin salir del lugar que siempre ha sido mi casa”, expresa.
El trabajo también tiene desafíos. Cuando es necesario apagar temporalmente las escaleras por seguridad, algunos usuarios se molestan y reclaman. Sneider explica que estas decisiones protegen a quienes recorren el sistema. Aun así, prefiere quedarse con la amabilidad de la mayoría y con la posibilidad de conocer personas de distintas partes del mundo sin alejarse de su barrio.

En una esquina del segundo tramo está Luz Marina Mazo Echavarría. Su letrero, “Papas criollas Marina de la comuna 13”, anuncia el puesto, aunque casi no hace falta: su rostro es conocido por vecinos, vendedores y visitantes. Entre el calor de la plancha y el movimiento constante, recibe a cada persona con respeto, conversación y una sonrisa que no se apaga.
Tiene 59 años y lleva cuatro décadas viviendo en la comuna. Llegó a los 20, siguiendo a su pareja. “Esto era puro barro”, recuerda. No había caminos firmes y trabajar era una necesidad diaria. Cocinó en fincas, hizo labores de aseo y resolvió como pudo para sostener a su familia.
Desde hace seis años tiene su puesto en la zona turística. Allí encontró una comunidad que la rodea y la cuida. Vendedores, pregoneros y vecinos se saludan con familiaridad, comparten bromas y convierten el entorno comercial en un espacio de encuentro.

Su historia también está atravesada por el dolor. Es madre de cinco hijos y dos de ellos murieron. Uno perdió la vida durante la época de construcción de las escaleras, a causa de la violencia. Del otro habla con prudencia, pero deja ver la profundidad de una ausencia reciente. Con el apoyo de su familia buscó que el caso no quedara en silencio. Son heridas que permanecen, aunque ella elige seguir de pie.
“A mí me motiva la gente, que me vean feliz, no amargada”, dice. Su puesto se convirtió en un punto de encuentro al que llegan turistas, artistas y creadores de contenido. Algunos regresan, otros la recuerdan, y todos dejan una conversación o una sonrisa. “Las oportunidades que trajo esto son una bendición”, asegura mientras observa el lugar que aprendió a llamar hogar.

La comuna 13 ya no se cuenta únicamente desde aquello que sufrió. Sus murales, recorridos, comercios y espacios públicos hablan de memoria, resistencia y oportunidades. Las escaleras eléctricas facilitaron el ascenso por la montaña, pero son personas como Olga, Sneider y Luz Marina quienes sostienen el verdadero movimiento del territorio.

Entre voces que orientan, manos que trabajan y miradas que conservan la memoria, Medellín sigue ascendiendo con su gente. La transformación no ocurre solamente en las grandes obras: también se construye cada día en la decisión de quedarse, servir, emprender y convertir lo vivido en una oportunidad para avanzar.
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