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En la Institución Educativa Madre Laura, el maestro José David Arias acompañó el camino de un estudiante que pasó de explorar la robótica y la programación a representar a Colombia en un Mundial de Inteligencia Artificial en China. Mientras tanto en la Institución Maestro Guillermo Vélez Vélez, el profesor Fredy Tibavija hace parte del grupo de docentes de esta institución de Medellín, que acompaña a jóvenes y adultos con discapacidad cognitiva y/o mental, para que sus estudiantes logren dar pasos hacia la autonomía, la formación y el trabajo. En otra parta de la ciudad, en la Institución Educativa Monseñor Francisco Cristóbal Toro, Sección Escuela Epifanio Mejía, Emily Echavarría todavía recuerda las primeras señas que aprendió: mamá, papá, abuelo, abuela, tía, tío, buenos días y buenas noches y no olvida que, antes de decirlas con sus manos, su profesora Janeth del Pilar Lozano Muñetón se las enseñó con paciencia, en un cuaderno, letra por letra, gesto por gesto.
Hay historias que empiezan con una pregunta sencilla, con una curiosidad que aparece en clase o con un interés que todavía no tiene nombre. En el caso de Juan José Gómez, esa curiosidad comenzó desde niño, cuando se acercó a la robótica, a la electrónica, a los circuitos, a la programación y, después, a la inteligencia artificial.
En ese camino hubo alguien que no solo vio un estudiante interesado en la tecnología, si no que vio una historia que podía tomar otro rumbo si encontraba acompañamiento, orientación y confianza. Ese alguien fue José David Arias, docente de matemáticas de la Institución Educativa Madre Laura, en la comuna 9–Buenos Aires.
En 2025, Juan José viajó a Beijing, China, para representar a Colombia en la Olimpiada Internacional de Inteligencia Artificial. Ese mismo año terminó grado undécimo y se graduó de la Institución donde, años atrás, había empezado a mostrar su interés por la ciencia, la tecnología y la programación.

José David Arias
Antes del viaje y antes de la selección nacional, hubo un mensaje que cambió el camino; Juan José recibió, gracias a un docente, la información sobre las Olimpiadas Nacionales de Inteligencia Artificial y a partir de ahí, pidió permisos para salir antes de clase y asistir a las capacitaciones en el Planetario de Medellín.
Ese gesto, que podría parecer pequeño, fue el inicio de una ruta que lo llevó a competir, prepararse, viajar a Bogotá y luego integrar el equipo colombiano que participó en la competencia internacional.
“Mi proceso es un poco curioso porque yo comencé con robótica. Me presenté una vez a la feria de la ciencia aquí en la institución, cuando estaba por allá en tercero. Tenía aproximadamente nueve años”.

El profe José David lo acompañó más allá de lo académico. Estuvo pendiente de sus avances, de sus dudas y de las etapas en las que la exigencia también pesaba. Para el maestro, ver a Juan José llegar hasta una competencia internacional fue el resultado de un proceso construido con disciplina, apoyo familiar, respaldo institucional y confianza.
“He estado con él en los momentos difíciles, momentos donde los estados de ánimo no han estado tan bien, pero hemos salido adelante con todo eso. Entonces me da mucha felicidad observar que todo eso que él hace, ese trabajo autónomo, esa creatividad, esas ganas de salir adelante, están dando sus frutos”, contó el docente.
La historia de Juan José no solo habla de talento, si no de lo que pasa cuando un maestro reconoce una habilidad, acompaña un proceso y ayuda a que una oportunidad llegue a tiempo.
José David es uno de esos profes. En la I. E. Madre Laura, su labor no termina en explicar una fórmula o preparar una clase. Su tarea también es observar, escuchar, motivar y estar cerca cuando, en este caso, Juan José necesitó respaldo para continuar. Para él, el logro de su estudiante confirma algo que muchos maestros viven en silencio: enseñar también es acompañar procesos que a veces no se ven de inmediato, pero que pueden marcar la vida de una persona.

El camino no fue inmediato. Juan José participó en las Olimpiadas Nacionales de Inteligencia Artificial, superó fases de clasificación y, aunque en un momento pareció no avanzar, una revisión del sistema de calificación evidenció que había respondido correctamente 13 de 15 preguntas. Ese resultado lo ubicó entre los mejores puntajes del país. De allí viajó a Bogotá para la fase presencial, donde obtuvo posiciones destacadas en diferentes retos técnicos. Más adelante, ingresó a una etapa de entrenamiento intensivo y fue seleccionado para integrar la representación colombiana en la Olimpiada Internacional de Inteligencia Artificial, realizada en Beijing.
Detrás de ese recorrido estuvo su familia, su institución educativa y un maestro que creyó en él. Para Juan José, la inteligencia artificial dejó de ser un tema lejano para convertirse en una experiencia concreta, una posibilidad de aprendizaje y una puerta hacia nuevos proyectos.
En la historia de Juan José, China fue un destino importante. Pero antes de ese viaje hubo un aula, una institución educativa oficial, un docente atento y una ciudad que reconoce el valor de sus maestros.
Profes que cambian el cuento parte de esa idea: un maestro no solo transmite conocimiento. También puede ayudar a que un estudiante mire distinto sus capacidades, se atreva a participar, confíe en lo que sabe y encuentre nuevas formas de construir su futuro.
Juan José ya se graduó de la Institución Educativa Madre Laura. Su historia sigue en construcción. Y en las páginas iniciales de ese recorrido aparece el nombre de un profesor que, al ver su talento, decidió acompañarlo.

Porque a veces cambiar el cuento empieza así: con un profe que ve algo en un estudiante y le ayuda a creer que eso también puede ser un camino.

Fredy Tibavija
La Institución Maestro Guillermo Vélez Vélez, es un establecimiento público de Medellín, que acompaña a jóvenes y adultos con discapacidad cognitiva y/o mental, donde la labor de los maestros también se mide en los pasos que sus estudiantes logran dar hacia la autonomía, la formación y el trabajo.
Allí, Carlos Mario Rúa habla de su profe Fredy Tibavija con gratitud. Hoy trabaja como operario de producción, pero antes fue estudiante de esa institución un lugar donde encontró acompañamiento, formación y una manera distinta de mirar su propio futuro. En medio de clases, talleres y procesos de aprendizaje pensados para jóvenes y adultos con discapacidad, Fredy fue más que un profesor. Fue una presencia constante en su proceso académico, alguien que lo orientó, lo ayudó cuando lo necesitaba y estuvo cerca en los momentos en los que avanzar requería paciencia, confianza y acompañamiento.
“El profe Fredy siempre me dijo que estuviera constante, que fuera puntual, que hiciera las cosas bien y que siempre fuera un buen compañero”, cuenta Carlos Mario al recordar el papel que su maestro tuvo en su paso por la Institución. Esa frase resume una relación que no se quedó solo en el aula, sino que acompañó su camino hacia una etapa que hoy también habla de inclusión: su vida laboral.

El propósito de la Institución Maestro Guillermo Vélez Vélez es ofrecer procesos de formación integral para el trabajo y el desarrollo humano. En ese entorno, el trabajo de los maestros tiene un valor especial. Cada avance de un estudiante representa también una construcción colectiva: aprender una tarea, fortalecer la comunicación, ganar seguridad, participar en espacios formativos y prepararse para asumir responsabilidades dentro y fuera de allí.
Para Carlos Mario, ese camino tuvo el acompañamiento de Fredy. Su profesor estuvo presente en su proceso académico y también en esa formación que ayuda a los estudiantes a creer en sus habilidades para asumir nuevos retos.

Fredy habla de Carlos Mario desde el reconocimiento a su esfuerzo. En su testimonio, el maestro destaca el proceso que vivió como estudiante y la manera en que fue avanzando en su formación. “En un comienzo me parecía difícil, pero con el tiempo tuve que desaprender muchas cosas de las que yo traía. Me di cuenta que tenía que bajarme de ese rol de ser jefe, de ser supervisor, y tenía que comprender a esta población”, recuerda el docente.
Ese cambio en su manera de enseñar le permitió entender que cada estudiante aprende a su ritmo y que, detrás de cada proceso formativo, hay una historia familiar, unas capacidades, unas necesidades y también unos sueños. “Yo he aprendido de ellos y yo igualmente les he transmitido mis conocimientos y experiencias en los procesos productivos de la madera”, afirma Fredy.

Esa es una de las tareas silenciosas de muchos docentes: insistir cuando hace falta y celebrar los logros que, para cada persona, tienen un significado distinto.
En la Guillermo Vélez Vélez, enseñar también implica comprender las necesidades de cada estudiante y construir caminos posibles para que la formación tenga sentido en su vida cotidiana. Por eso, el vínculo entre Fredy y Carlos Mario refleja el sentido de la campaña Profes que cambian el cuento: maestros que influyen en decisiones, proyectos de vida y sueños.
Carlos Mario, tiene un diagnóstico intelectual psicosocial mental múltiple. Actualmente es operario de producción en la empresa Madecentro, un logro que habla del papel que cumplen los docentes en la formación para la vida y el trabajo.
Su historia permite ver cómo la educación pública acompaña procesos que no terminan con una clase. En casos como el suyo, la formación se refleja en la autonomía, en la posibilidad de integrarse a un entorno laboral y en la confianza para asumir responsabilidades.
Fredy fue parte de ese camino. Con su apoyo, Carlos Mario encontró una guía para avanzar en su proceso académico y fortalecer habilidades que hoy hacen parte de su día a día.
En Medellín, historias como esta recuerdan que los maestros cambian el cuento cuando ayudan a que sus estudiantes reconozcan sus capacidades, cuando los acompañan con paciencia y cuando hacen de la educación una oportunidad real para seguir avanzando en su proyecto de vida.

Janeth del Pilar Lozano Muñetón, docente de la Institución Educativa Monseñor Francisco Cristóbal Toro
Emily Echavarría todavía recuerda las primeras señas que aprendió: mamá, papá, abuelo, abuela, tía, tío, buenos días y buenas noches. También recuerda que, antes de decirlas con sus manos, su profesora Janeth del Pilar Lozano Muñetón, docente de la Institución Educativa Monseñor Francisco Cristóbal Toro, Sección Escuela Epifanio Mejía, ubicada en el barrio Aranjuez, comuna 4, se las enseñó con paciencia, en un cuaderno, letra por letra, gesto por gesto.
Lo que para muchos podía ser una actividad de clase, para Emily se convirtió en una forma de acercarse a alguien de su familia. Gracias a ese aprendizaje, pudo comunicarse por primera vez con su tía Nubia, quien es sorda. Ese momento quedó marcado en su memoria y también en la de su profesora. “Gracias a mi profesora Janeth, yo pude comunicarme por primera vez con mi tía, porque mi tía Nubia es sorda. Y yo, gracias a eso, me siento muy feliz”, contó Emily.

Emily estaba en primero cuando comenzó el proyecto de lengua de señas. La profesora Janeth recuerda que, después de algunos encuentros de acompañamiento, la estudiante llegó emocionada a contarle que ya había logrado saludar y comunicarse con su tía.
Para la maestra, ese momento confirmó el sentido de lo que estaban haciendo. “Cuando empezamos el proyecto de lengua de señas con Emily, ella llegó muy emocionada y me dijo que ya se había podido comunicar con su tía Nubia. Fue algo maravilloso y dije: valió la pena. Si Emily pudo saludar a su tía y su tía se hizo entender a través de la lengua de señas, vale la pena lo que estamos haciendo”, expresó la docente.
Desde entonces, la historia de Emily también se volvió una forma de explicar lo que ocurre cuando una profesora identifica una oportunidad y decide acompañarla. No se trató únicamente de aprender algunas palabras en lengua de señas. Se trató de abrir una conversación que antes no había sido posible.
Emily cuenta que su profesora le enseñó con un cuaderno. Le mostraba las letras, los saludos y palabras como “gracias” y “por favor”. Así, poco a poco, fue incorporando señas que después pudo usar con su familia.

Ese aprendizaje le permitió sentirse más cerca de su tía y entender que la comunicación también puede construirse con las manos, con la mirada y con la disposición de escuchar de otras maneras.
En esa experiencia está el valor de la labor docente: una clase puede convertirse en una herramienta para la vida. Una explicación puede ayudar a un estudiante a relacionarse mejor con su entorno. Un proyecto escolar puede cambiar la forma en la que una familia se comunica.
Para Janeth, lo más significativo de ser maestra está en la relación que construye con sus estudiantes. Dice que cada día se prepara para llegar al aula, recibir un abrazo, compartir lo que ha planeado y aprender de ellos. “Lo más lindo de ser profesora es que todos los días aprendo de los mejores maestros, que son mis estudiantes”, afirmó.

Esa mirada resume una forma de enseñar basada en el afecto, la escucha y la capacidad de reconocer que cada estudiante tiene una historia distinta. Para ella, cambiarle el cuento a un estudiante significa llegar a su corazón, tener en cuenta sus inquietudes, sus intereses y sus ganas de hacer las cosas.
También implica mantenerse atenta a los cambios, buscar nuevas formas de incluirlos y prepararlos para la sociedad que van a afrontar. “Cambiarle el cuento a un estudiante vale la pena desde que sea con el corazón y con las ganas de ellos”, dijo Janeth.
Estos tres relatos hacen parte de Profes que cambian el cuento, una campaña de la Alcaldía de Medellín que reconoce a los docentes que, desde las aulas, influyen en las decisiones, proyectos de vida y sueños de sus estudiantes.
En el caso de Emily, ese cambio comenzó con unas señas aprendidas en clase y terminó en un momento que nunca olvidará: poder comunicarse por primera vez con su tía. Por eso, al final de su testimonio, Emily no dudó en agradecer. “Gracias a todos los profesores de Medellín que nos cambian el cuento. Y gracias a la profesora Janeth por cambiarme el cuento”.
Por eso, en el Mes del Maestro, la Alcaldía de Medellín resalta estas historias a través de la campaña Profes que cambian el cuento, una iniciativa que reconoce a los docentes que influyen en las decisiones, los proyectos de vida y los sueños de sus estudiantes.
En Medellín, 11 176 docentes acompañan día a día a más de 267 000 estudiantes. Cada uno, desde su aula, su institución y su forma de enseñar, tiene la posibilidad de descubrir intereses, orientar capacidades y abrir caminos. Esta campaña nació, además, de una conversación con maestros de la ciudad, quienes destacaron que su vocación se expresa en el avance de sus estudiantes y en el reconocimiento que nace de su propia comunidad.
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