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William Castrillón Ciro es abogado, pero más allá de esto, es un servidor público con una gran conciencia solidaria y de servicio. Un hombre que permanentemente est...
William Castrillón Ciro es abogado, pero más allá de esto, es un servidor público con una gran conciencia solidaria y de servicio. Un hombre que permanentemente está pensando en ayudar a los demás y que representa valores y principios que dignifican al ser humano, con actos que inspiran a otras personas y que lo hacen sobresalir en su oficio profesional y en su vida cotidiana.
William es abogado y hace parte del equipo de Catastro de la Secretaría de Gestión y Control Territorial de la Alcaldía de Medellín. Su labor consiste en dar forma jurídica a decisiones técnicas que impactan la vida de miles de personas. Es un oficio silencioso, riguroso, de esos que exigen paciencia y método. Revisa expedientes, conceptos jurídicos y resoluciones relacionadas con la información del territorio
Esa misma lógica, la de hacer las cosas bien con cuidado y constancia, lo han guiado a otra faceta menos visible. Desde hace más de dos décadas ha dedicado tiempo y disciplina a una labor de voluntariado que exige un compromiso físico y emocional: la entrega periódica de plaquetas, siempre respetando los protocolos médicos y las condiciones de salud requeridas.
Tiene 55 años, está casado desde hace 28 con Marisol y es padre de Juliana y María del Mar. Nació en Cocorná, Antioquia, en un entorno donde la solidaridad no se debatía, se ejercía. “Entre todos nos ayudamos”; así le enseñaron sus padres y esa idea se convirtió en una forma de habitar y concebir el mundo.

Su camino como voluntario comenzó a principios de los años 90, cuando se vinculó a campañas de donación de sangre. Durante cerca de 11 años participó con regularidad, impulsado por la sencillez del procedimiento y por la certeza de que era una manera concreta de aportar. En ese momento aún no conocía la posibilidad de entregar plaquetas, una alternativa que descubriría más adelante y que marcaría un giro profundo en su compromiso social.
Fue hacia 2004 cuando, durante una jornada habitual, un profesional de la salud le explicó que la sangre está compuesta por distintos elementos (glóbulos rojos, blancos, plasma y plaquetas) y que estas últimas cumplen un papel clave en la coagulación. También le contó que son indispensables para personas con cáncer, pacientes en quimioterapia, trasplantes o tratamientos hematológicos, procesos que afectan directamente la producción natural de este componente. Esa conversación le permitió comprender que no todas las necesidades se resuelven con sangre total y que, en muchos casos, las plaquetas hacen la diferencia.
Así conoció la aféresis, un procedimiento distinto y más exigente, en el que una máquina acompaña al voluntario durante varias horas, separa cuidadosamente las plaquetas y devuelve al organismo los demás componentes. No es un proceso rápido ni cómodo; requiere tiempo, calma y disposición. A cambio, permite obtener un producto más concentrado y seguro, fundamental para personas en estado crítico que dependen de este recurso para continuar sus tratamientos. Por eso, los bancos de sangre necesitan personas constantes, dispuestas a hacer una pausa en su rutina para que otros puedan seguir con la suya.
William decidió dar el paso con la misma disciplina silenciosa con la que suele poner orden donde otros solo ven datos o números. Así como en su vida laboral -en su rol de abogado- contrasta y asume decisiones que dejan huella en el territorio y en quienes lo habitan, llegó por primera vez al Hospital San Vicente de Paúl de Medellín sabiendo que no se trataba de un procedimiento común.
La conexión a la máquina toma tiempo y, al finalizar, el brazo suele quedar marcado por un hematoma visible. En su caso, sus venas grandes y fuertes han facilitado el proceso, pero eso no disminuye el esfuerzo ni la entrega. Aun así, vuelve. Lo hace con la conciencia de que se trata de una labor anónima, sin nombre ni rostro, pero con un impacto profundo. No sabe a quién han llegado sus aportes, pero sí lo que representan. “Cuando una persona enfrenta una enfermedad grave, la situación no se queda en el paciente; alcanza a la familia, al hogar, al entorno completo”, suele decir.
La pandemia por COVID-19 marcó un punto de inflexión en su vida. En medio de la incertidumbre, mantuvo su compromiso, aun cuando atravesaba dificultades personales: se quedó sin empleo, vivió solo por primera vez y enfrentó la pérdida de su hermano menor. Fue una etapa exigente que lo llevó a detenerse, a replantear prioridades, a valorar con mayor profundidad la salud y los gestos sencillos del día a día. En ese contexto, seguir aportando se convirtió en una manera concreta de mantenerse anclado a lo esencial.
Es tanta la importancia de su labor altruista que por ello fue exaltado en 2021 por la Cruz Roja Colombiana por ser el mayor donante de plaquetas en el país, pero más allá de esto, por el significado que implica esta acción humanista, auténtica y sin ninguna otra retribución que contribuye a salvar vidas de personas que ni él mismo conoce.
A partir de entonces, su labor dejó de ser completamente silenciosa. Más allá del homenaje, William asumió un nuevo papel: convertirse en multiplicador del mensaje sobre la importancia de entregar plaquetas. Desde su cotidianidad como abogado de la oficina de Catastro, entre expedientes, reuniones y jornadas laborales, empezó a explicar el proceso, a resolver inquietudes y a invitar a otros a informarse. Sabe que no es una tarea sencilla, pero insiste, convencido de que el desconocimiento sigue siendo una de las principales barreras para sumar voluntades.
Ese mismo espíritu atraviesa su vida diaria. Practica deporte, baila, monta bicicleta, camina con frecuencia y cuida su alimentación. Le interesan los temas ambientales, promueve el reciclaje y la economía circular, suele insistir en hábitos simples que también construyen bienestar colectivo: hidratarse, comer mejor, hacer pausas y mantener un trato respetuoso.
Le gustan los colores vivos, en especial el naranja, que asocia con la energía y la alegría. De la misma manera, define la riqueza de una forma poco común: no como acumulación, sino como tranquilidad. Para él, ser rico es estar bien consigo mismo, no deberle nada a la conciencia y poder dormir en paz.
La historia de este servidor de la Alcaldía de Medellín nos demuestra que la solidaridad no siempre hace ruido, pero que cuando se ejerce con constancia y convicción, se convierte en una fuerza capaz de sostener y alegrar la vida de muchas personas. Su labor profesional y su actuar social son ejemplo y motivo de inspiración para otros que pueden encontrar en este tipo de voluntariados un sentido más profundo y espiritual a su existencia.
En definitiva William es un ser humano que va más allá de su labor profesional. Un servidor público de la Secretaría de Gestión y Control Territorial de la Alcaldía de Medellín, que con su actuar y la generosidad de su corazón, salva vidas y les brinda esperanzas a muchos que necesitan una segunda oportunidad.