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Cuando William Martínez Moreno se pone el uniforme de agente de tránsito, no solo asume una función pública. También encarna un mensaje poderoso para la ciudad: la inclusión no es un discurso, es una práctica cotidiana que se construye con voluntad, empatía y oportunidades reales.
William tiene 46 años, es padre de tres hijos y comparte su vida con su compañera permanente desde un año antes de sufrir una lesión medular que transformó su historia. Hace 17 años fue víctima del conflicto armado, un hecho inesperado que cambió radicalmente su proyecto de vida y lo enfrentó a una nueva realidad marcada no solo por las limitaciones físicas, sino por barreras sociales mucho más complejas. “A partir de ese entonces ha sido un reto impresionante. Más que un reto, una expectativa de vida que uno se traza. Y en medio de esa expectativa, uno encuentra barreras, más barreras humanas que barreras arquitectónicas”, reflexiona.
Antes de usar una silla de ruedas, William fue miembro de la fuerza pública y soldado profesional. Luego trabajó de manera independiente, como lo ha hecho históricamente su familia en el comercio. Tras el hecho violento que lo dejó con movilidad reducida, descubrió de primera mano cómo la estigmatización, la discriminación y la desinformación pueden truncar sueños y cerrar puertas, especialmente desde lo público. “Ningún ser humano está exento de estar en una silla de ruedas, en una cama de hospital, con muletas o con una amputación. Estamos en un mundo donde solo Dios sabe qué le depara la vida a cada persona”, afirma.
Lejos de resignarse, William decidió enfocar su vida en demostrar que sí es posible. Años atrás, al ver por redes sociales a agentes de tránsito en sillas de ruedas ejerciendo su labor en otros departamentos, se hizo una pregunta que marcaría su rumbo: si Medellín se reconoce como una ciudad innovadora e incluyente, ¿por qué no abrir ese camino también aquí?
Ese cuestionamiento se convirtió en propósito. Con sacrificio, persistencia y convicción, William logró convertirse en el primer agente de tránsito en ingresar a la Secretaría de Movilidad de Medellín en silla de ruedas, un hito que trasciende lo individual y se proyecta como una puerta de entrada a la inclusión real. “Estar acá hoy, con este uniforme tan hermoso, no ha sido fácil. Es una lucha de muchos años, donde fui estigmatizado y discriminado. Pero llegué acá para quedarme y para demostrar que las personas con movilidad reducida sí podemos”, expresa con firmeza.
Para William, ejercer su labor no representa un reto diario, sino una enseñanza constante. Prepararse, organizarse, cumplir los recorridos y llegar a tiempo a su lugar de trabajo hacen parte de una rutina que, más que limitarlo, lo reafirman en su autonomía y en su derecho a ser útil socialmente.
La convivencia con sus compañeros ha sido diversa, como ocurre en cualquier entorno humano. Reconoce que no todos reaccionan con la misma empatía frente a su condición, pero eso no ha debilitado su sentido de pertenencia ni su orgullo de ser parte de la institución. “Yo me siento normal y orgulloso de estar acá. Yo llegué aquí para contribuir a una mejor movilidad segura, sostenible y al desarrollo social”, sostiene.
Ese aporte va más allá del rol operativo. William es defensor de derechos humanos, miembro activo de la Human Rights Commission Internacional, diplomático y coordinador nacional de esta organización en Colombia. Desde hace años trabaja en procesos sociales, lo que fortalece su mirada humana y pedagógica del servicio público.
Para él, recuperar el respeto por la autoridad vial pasa por el diálogo, la amabilidad y la empatía. Considera que muchas tensiones entre ciudadanos y agentes surgen de abordajes poco humanos y cree firmemente en el poder de la pedagogía como herramienta transformadora. “De la forma como nosotros abordemos a un ciudadano, eso mismo vamos a recibir. Más que sancionar, necesitamos más diálogo, más campañas pedagógicas y más cercanía”, señala.
William sueña con una inclusión que no se quede en el papel. Aspira a que los agentes con discapacidad no sean relegados a oficinas, sino visibles ante la ciudadanía, participando en campañas, cierres viales, apoyos institucionales y acciones comunitarias, en igualdad de condiciones con sus compañeros. “No llegué para estar escondido. Llegué para aportar, para que la gente vea que sí se puede y que la inclusión es real”, concluye.
Su historia no solo abre camino para otros servidores con movilidad reducida. También interpela a la ciudad sobre el sentido profundo del servicio público, la dignidad del trabajo y la necesidad de construir instituciones verdaderamente humanas.