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Yehidy Patricia Ortiz Betacur

Yehidy Patricia: una mujer de Medellín que decidió sanar desde el amor para transformar vidas, familias y ciudad

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Medellín en Historias | Secretaría de las Mujeres
Por: Texto y video: Luisa Fernanda Ríos Suárez Fotos: Luisa Fernanda Ríos Suárez y cortesías Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

A los siete años, Yehidy Patricia Ortiz Betancur dejó de ser niña. Perdió a su madre y, sin comprender todavía lo ocurrido, comenzó a cuidar a sus hermanos, cocinar...

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  • A los siete años, Yehidy Patricia Ortiz Betancur dejó de ser niña. Perdió a su madre y, sin comprender todavía lo ocurrido, comenzó a cuidar a sus hermanos, cocinar y asumir responsabilidades que no le correspondían. Creció entre la agresividad de su padre, la violencia sexual que sufrió durante la infancia, la soledad y una ausencia que tardaría años en comprender. Más adelante enfrentaría también situaciones de pareja. “Una niñez sin niñez”, dice hoy para resumir los años en los que tuvo que aprender a sobrevivir antes de aprender a cuidarse.

    Con el tiempo, esas violencias cambiaron de escenario, pero no desaparecieron. A los 15 años inició una relación marcada por el maltrato y el control; después vinieron las restricciones para estudiar y decidir sobre su propia vida y pérdidas que la llevaron a preguntarse por los ciclos de dolor que atraviesan a las familias. Hoy, a sus 47 años, es psicóloga, formadora del SENA y además participó de la Convocatoria de Estímulos a los Talentos y Liderazgos de las Mujeres de Medellín. Su propósito es convertir lo vivido en una posibilidad de transformación para otras mujeres.

    Una niñez sin niñez

    Yehidy Patricia Ortiz Betancur

    Yehidy es la mayor de tres hermanos. Tenía siete años cuando una noche salió con su madre, su hermana de 18 meses y su hermano de seis a casa de una vecina para ver televisión. Regresaron, se acostaron y cuando despertó, su madre ya no estaba. Buscó a su padre, pero tampoco estaba en casa. Corrió entonces hasta donde la vecina: “Mi mamá no está en la casa”.

    La familia salió a buscarla y llamó a su padre, quien finalmente llegó. Durante los siguientes días, Yehidy siguió esperando que su madre regresara. No sabía que había muerto. Cuatro días después, su padre se sentó con ella y su hermano y les dijo que su mamá había muerto y no volvería.

    Su madre había desaparecido el 28 de febrero y fue encontrada sin vida, ahogada en un río, el 4 de marzo. Como nadie le había explicado lo ocurrido, durante mucho tiempo Yehidy creyó que simplemente se había ido. En la escuela, cuando veía a una mujer parecida a ella, se acercaba, le tocaba la ropa y respondía: “Estoy buscando a mi mamá”. Muchos años después, ya en la adultez, comprendería que su madre había decidido poner fin a su vida.

    A esa pérdida se sumaron la violencia de su padre, la responsabilidad de cuidar a sus hermanos y la violencia sexual que experimentó durante la infancia, una experiencia que solo pudo reconocer y comprender plenamente en la adultez, a través de procesos terapéuticos. Desde entonces, aquella niña que había aprendido a cuidar a los demás cargaría con una pregunta que atravesaría buena parte de su vida: cómo dejar de repetir historias de dolor que parecían pasar de una generación a otra.

    “No voy a repetir la historia de mi mamá”

    A los 15 años, Yehidy encontró en un hombre 15 años mayor una aparente salida del control de su padre. Fue el primero que le dijo que era importante, pero una semana después comenzaron las agresiones. Lo que parecía una salida se convirtió en otra relación marcada por la violencia y el control.

    A los 16 años quedó embarazada de su primera hija. El maltrato continuó y, cuando nació la niña, tuvo que afrontar prácticamente sola el parto y sus primeros cuidados. Después quedó embarazada de Daniel, pero la situación no cambió. A los 20 años, su abuela le dijo: “Vas a repetir la historia de tu mamá”. Yehidy respondió: “No, abuela, no voy a repetir la historia de mi mamá. Yo voy a cambiar esto”.

    La decisión se convirtió en acciones. Terminó el bachillerato nocturno mientras su pareja se negaba a permitirle estudiar. Durante un año durmió fuera de la casa y esperaba hasta las cinco de la mañana para que le abrieran la puerta. “Si supieran que yo dormí un año en la calle por querer estudiar”, dice.

    A los 21 años se fue de esa casa y comenzó a construir una vida independiente. Trabajó durante cinco años en una empresa textil, con jornadas de 12 horas, mientras sostenía a sus hijos. A veces guardaba la carne que recibía en el trabajo para llevarla a casa. Cuando sus compañeros descubrieron por qué lo hacía, comenzaron a compartirle la suya y uno de ellos llegó a llevarle un mercado completo. “Me puse a llorar”, recuerda.

    Yehidy Patricia Ortiz Betancur en su graduación

    Tiempo después decidió estudiar Psicología. Su nueva pareja no la apoyó y su padre se burló de ella por considerarla demasiado grande para estudiar. Yehidy respondió: “Yo no te estoy pidiendo permiso, te estoy contando una decisión. Contigo o sin ti, lo voy a hacer”. Su tía volvió a respaldarla. En el primer semestre obtuvo una beca por rendimiento académico e invitó a su esposo a la ceremonia. Allí le dijo: “No creías en mí, pero yo sí creo en mí”.

    Cuando una madre descubre que no puede salvarlo todo

    Con sus hijos y nieta

    Mientras Yehidy cursaba el último semestre de su carrera de Psicología, Daniel, su hijo de 19 años, sufrió un accidente de tránsito en la vía Medellín-Bogotá y perdió una pierna. “Jamás volvió a ser el mismo”, recuerda Yehidy. Había sido un joven alegre, bailarín, futbolista y amoroso. Después llegaron el dolor crónico y profundas dificultades emocionales. Yehidy hizo lo que había aprendido desde niña: cuidar, resolver y sostener.

    Buscó terapeutas y alternativas para acompañarlo, hasta que uno de ellos le preguntó: “¿De quién es la necesidad de que él esté bien?”. Era de ella, entendió. Por más que amara a su hijo, no podía darle un sentido de vida que él debía encontrar por sí mismo. “Me esforcé porque tuviera sentido de vida, pero entendí que yo no se lo podía dar, él lo debía encontrar”. Daniel estudió, trabajó como técnico en sistemas en la clínica Victoriana y se fue a vivir solo, pero continuó atravesando momentos difíciles. “Mamá, yo no sé qué va a pasar”, le decía.

    En 2023, a los 25 años, Daniel murió después de decidir poner fin a su vida. Para Yehidy, la pérdida tuvo una resonancia especialmente profunda: décadas atrás había perdido a su madre en circunstancias similares. La frase de su abuela volvió a aparecer frente a una pérdida que la llevó a preguntarse por los ciclos que atraviesan a las familias. Con el tiempo comprendió que romper un ciclo no significaba poder evitar todos los dolores ni controlar las decisiones de quienes amaba, sino decidir qué hacer con la historia recibida y con aquello que sí estaba en sus manos transformar.

    Por eso decidió vivir el duelo de otra manera. Creó un encuentro con el amor para celebrar la vida de Daniel y, desde entonces, realiza cada año una fiesta de colores con su familia para recordarlo. “Para mí no es un momento para llorar, es un momento para festejar la vida de los que quedamos, en su honor”. Su hijo ya no está físicamente, pero sigue ocupando un lugar en ella: “Él me habita. Entonces, ¿para qué extrañar lo que está en mí? Soy su madre, siempre lo seré”.

    De esa experiencia también nació una de sus principales ideas sobre el acompañamiento: “Yo no ayudo. Yo apoyo. Un breve instante te sostengo y te suelto”. Para Yehidy, acompañar significa estar, ofrecer herramientas y caminar junto a alguien durante un tramo, sin pretender vivir por esa persona ni decidir por ella.

    Volver al corazón

    Después de varios procesos personales y familiares, Yehidy enfrentó un proceso de salud que incluyó un diagnóstico de esclerosis sistémica progresiva y un trasplante de médula ósea. Pasó 20 días aislada en una habitación, en un momento que la llevó a preguntarse quién estaba cuidando de ella. “Yo me disfracé de fuerte”, reconoce. Durante años había aprendido a resistir y sostener a otros, pero esta vez entendió que también necesitaba ocuparse de sí misma.

    De su formación en primeros auxilios psicológicos nació Volver al corazón, un taller en el que invita a las personas a dibujar y pintar un corazón, escribir detrás aquello que les ha dolido y después romperlo. Cuando pregunta quién lo va a reparar, la respuesta es nadie. Ni quien causó una violencia ni quien hizo daño en el pasado puede regresar a reconstruir lo ocurrido. “Nos toca encargarnos a nosotros de sanar nuestro corazón”. Para Yehidy, sanar no significa borrar lo vivido, sino reconocerlo, asumir aquello que sí está en las propias manos y aprender a cuidarse.

    Ese aprendizaje también atraviesa su trabajo. Hoy es formadora del SENA en habilidades blandas, comunicación y primeros auxilios psicológicos. Su trayectoria se resume en una frase: “Yo voy”. Va a empresas, instituciones y territorios rurales, incluso cuando siente dolor físico, porque, como dice, al llegar a esos espacios se le olvida. Su experiencia de vida se convirtió también en una herramienta para acompañar a otras personas.

    Desde que comenzó Psicología sueña con crear una fundación para trabajar con mujeres, empoderarlas y generar espacios de conexión. Por eso, cuando una estudiante le habló de la Convocatoria de Estímulos a los Talentos y Liderazgos de las Mujeres de Medellín, decidió postularse por primera vez. Para ella, participar significa “sacar de la caja a Yehidy Patricia”: darle más voz, reconocer su poder y ocupar un lugar que durante años no se concedió.

    El 15 de agosto compartió ese camino junto a más de 180 mujeres en el primer Seminario para la Igualdad de Género Conectar para Transformar. Allí escuchó otras historias y reconoció barreras compartidas. Su propósito es que lo vivido pueda convertirse en una posibilidad para otras mujeres: “Es posible sanar desde el amor. Es posible transformar vidas, familias y ciudad cuando tú te transformas”.

    Hoy quiere darle voz a aquella niña que durante años permaneció en silencio. Su liderazgo nace también de ahí: de transformar lo vivido en herramientas para otras mujeres y mostrarles que sanar no significa negar el pasado, sino recuperar la posibilidad de decidir qué hacer con él.

    Cuando pedir ayuda también es una forma de cuidarse

    La historia de Yehidy también recuerda la importancia de reconocer las violencias basadas en género y buscar apoyo oportunamente. En Medellín, las mujeres cuentan con mecanismos de la Secretaría de las Mujeres para recibir orientación, atención y protección de acuerdo con cada situación.

    Entre enero y junio de 2026, 5436 mujeres fueron atendidas por estos mecanismos y 1357 activaron rutas de atención y protección. La atención incluye a la Línea 123 Agencia Mujer, atención psicojurídica, defensa técnica y protección integral, herramientas para acompañar a las mujeres de manera oportuna.

    Yehidy Patricia Ortiz Betacur

    Yehidy encontró en otras personas parte del sostén que necesitaba para avanzar. Hoy quiere ofrecer ese acompañamiento a otras mujeres a través de sus talleres. Volver al corazón, para ella, también significa volver a reconocerse, recuperar la voz y comprender que el pasado puede explicar una historia, pero no tiene por qué decidir cómo continúa.


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