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De habitantes de calle a educadores en Medellín: dos historias de transformación y de encontrarle un nuevo sentido a la vida

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Medellín en Historias | Secretaría de Inclusión Social y Familia
Por: Luisa Fernanda Ríos Suárez. Fotos: Luisa Fernanda Ríos Suárez y cortesías. Video: Luisa Fernanda Ríos Suárez. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

La habitancia en calle, como se conoce técnicamente, no empieza el día en que alguien duerme por primera vez en un andén o bajo un puente. Empieza mucho antes, a veces...

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  • La habitancia en calle, como se conoce técnicamente, no empieza el día en que alguien duerme por primera vez en un andén o bajo un puente. Empieza mucho antes, a veces con un consumo que se vuelve dependencia; otras, con una ruptura familiar, la pérdida de un empleo o decisiones que parecen pequeñas pero que, sumadas, cambian el rumbo de una vida. Es una realidad compleja, atravesada por factores personales, familiares, económicos y de salud mental. No tiene una sola causa ni una sola salida.

    En Medellín, la Secretaría de Inclusión Social y Familia acompaña esta realidad a través de un sistema de atención integral que va más allá de la asistencia básica. La intervención en calle, los Centros de Atención Básica, la reducción de riesgos y daños, la resignificación del proyecto de vida y los procesos de resocialización hacen parte de una ruta pensada para garantizar derechos y promover cambios sostenibles. No se trata solo de atender una urgencia. Se trata de abrir una posibilidad real de transformación. Las historias de Diego Ferney Mendoza Archila y Everty Andrés Murillo Hernández, así lo demuestran.

    Cuando el abismo estaba a un paso

    Diego tiene 28 años. Nació en Boyacá y creció en Cúcuta. Se ganó una beca para estudiar Trabajo Social en la Universidad de La Salle, donde cursó siete semestres con la ilusión de trabajar algún día con comunidades. Siempre fue disciplinado y tuvo metas claras. Para sostenerse, combinaba sus estudios con trabajos informales y, en ese proceso, también aprendió el oficio de la barbería.

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    Pero el alcohol empezó a ocupar cada vez más espacio. Lo que al principio era ocasional se volvió rutina. “Los últimos meses trabajaba para seguir tomando”, cuenta. Cumplía su jornada y gran parte del dinero terminaba en consumo. Poco a poco se aisló, perdió estabilidad y dejó de reconocer sus prioridades.

    Intentó convencerse de que podía controlarlo. Se repetía que era solo una etapa, que cuando quisiera podía parar. Sin embargo, el consumo empezó a marcar el ritmo de sus días. Ya no organizaba su tiempo alrededor del estudio o el trabajo, sino en función de la próxima botella. Las responsabilidades quedaron en segundo plano y las excusas se volvieron frecuentes. Sin darse cuenta, aquello que parecía manejable terminó desordenando su vida y alejándolo de todo lo que había construido.

    “Sentí vergüenza, sentí miedo. Me di cuenta de que, si seguía así, lo próximo era la calle”, cuenta Diego.

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    Todavía no vivía en la calle, pero sabía que estaba muy cerca. Recordó que existía un programa para personas habitantes de calle y decidió buscar información. Se acercó por voluntad propia. “Entendí que pedir ayuda no era rendirme, era darme una oportunidad”, dice.

    Ingresó al proceso en agosto de 2025 y permaneció seis meses. No fue solo dejar el alcohol. Fue revisar su historia, asumir responsabilidades, fortalecer herramientas personales y volver a creer en sí mismo. “Sentí que todavía había algo bueno en mí, que no todo estaba perdido. Fue como volver a empezar”.

    Hoy sueña con retomar su oficio como barbero y salir adelante. Quiere volver a trabajar con sus manos, abrirse camino con lo que sabe hacer y recuperar la estabilidad que perdió. Habla de tener su propio espacio, atender clientes con disciplina y constancia, ahorrar y construir una rutina distinta, lejos del consumo. No piensa solo en el ingreso económico. Piensa en la tranquilidad, en la confianza que vuelve cuando cumple su palabra y en la posibilidad de demostrar, sobre todo a sí mismo, que es capaz de sostener el cambio que empezó.

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    De tocar fondo a reconstruirse

    Everty Andrés Murillo Hernández nació en Medellín hace 33 años. Estudió ocho semestres de Antropología en la Universidad de Antioquia, habla inglés y francés y reconoce que siempre tuvo muchas capacidades. Sin embargo, el consumo problemático de sustancias, sumado a decisiones impulsivas y a la idea de que podía hacerlo todo solo, lo fueron alejando de su entorno.

    Estuvo cerca de dos años en riesgo de habitancia en calle. Regresó a la casa de su familia materna, pero el consumo continuó. “Pensé que no necesitaba de nadie para subsistir”, recuerda. Esa sensación de autosuficiencia terminó aislándolo. Finalmente, el año pasado vivió en la calle durante seis o siete meses.

    Para él, la calle deja marcas que no se ven a simple vista. También deja afectaciones físicas y emocionales. Su familia no supo que estaba allí porque decidió cortar el contacto. Hoy reconoce que fue una forma de huir de la vergüenza y del dolor.

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    En agosto comenzó su resocialización tras ser contactado por un educador en calle de la Secretaría de Inclusión Social y Familia de Medellín. Ese primer acercamiento le permitió conocer la oferta institucional e iniciar su proceso en el corregimiento de Santa Elena, en la estrategia de Resignificación de Proyectos de Vida. Permaneció allí hasta febrero de 2026, cuando recibió su constancia de aprobación.

    Describe el proceso como exigente. No solo implicó atravesar la abstinencia, sino reconocer sus propias fallas. “Cuando uno empieza a reconocer las falencias que tiene y la forma de trabajarlas, todo se vuelve más difícil”, explica. Fue un trabajo constante, con acompañamiento psicosocial y seguimiento permanente.

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    Con el tiempo empezó a reconstruir el vínculo con su familia. La confianza no volvió de inmediato. Se fue recuperando paso a paso. “Yo hice que ellos se alejaran. La confianza se destruyó, pero lo que hice fue reconstruirme”, resume. Hoy su mamá y sus hermanas le expresan orgullo, y él sabe que mantener esa confianza es una tarea diaria. “Sí se puede”, repite. Sabe que dejar las drogas y sostener el proyecto de vida es un proceso continuo, pero también sabe que es posible.

    Cuando la experiencia se convierte en puente

    Hoy, Diego y Everty trabajan como educadores en calle. Recorren sectores de la ciudad acompañando a personas que atraviesan situaciones similares a las que ellos vivieron. Su experiencia no es una carga, es una herramienta de empatía.

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    El equipo territorial organiza las duplas según habilidades, perfil y dinámica de cada zona. No se trata solo de vincularlos laboralmente, sino de identificar en qué lugar pueden aportar mejor. La estrategia de intervención en calle actúa como puente entre el Distrito y la comunidad y se articula con otras dependencias, porque la habitancia en calle requiere respuestas coordinadas.

    Además del acompañamiento individual, realizan sensibilización en el territorio, orientan sobre la oferta institucional e invitan a no normalizar la mendicidad. Cuando alguien que vivió la calle conversa con una persona que aún permanece en ella, el diálogo cambia. No hay juicio, hay comprensión.

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    Lo que más impacta es cómo la gente se arraiga a la calle. Aunque sea durísima, no la quieren dejar. La droga genera ataduras muy fuertes”, reflexionan.

    Una oportunidad que transforma

    La atención a la población habitante de y en calle en Medellín hace parte de un sistema estructurado, regido por la Ley 1641 de 2013 y la Política Pública Social del Distrito. Incluye intervención en calle, atención básica, reducción de riesgos y daños, resignificación del proyecto de vida y procesos de resocialización. El acceso no está limitado por etiquetas. Habitantes de calle, personas en riesgo o egresadas pueden ingresar según su necesidad, bajo un enfoque de derechos.

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    Diego y Everty lo saben bien. El cambio no fue inmediato ni sencillo. Es una decisión diaria. “Todo el camino valió la pena”, dice Diego. “Que no desaprovechen la oportunidad”, aconseja Everty.

    En Medellín, la oferta institucional es una puerta abierta. Y cuando alguien decide cruzarla, no solo transforma su historia. También transforma la ciudad que habita.


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