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Las dos crías de búho que obligaron a detener una obra en Medellín

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Medellín en Historias | Secretaría de Medio Ambiente
Por: Cristian David Torres Torres. Fotos: Christopher García Echavarría y Cristian David Torres Torres. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

En Medellín hay obras que se construyen entre concreto, maquinaria y planos. Pero hay otras que, sin estar escritas en ningún cronograma, se construyen alrededor de la ...

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  • En Medellín hay obras que se construyen entre concreto, maquinaria y planos. Pero hay otras que, sin estar escritas en ningún cronograma, se construyen alrededor de la vida. Así ocurrió en el barrio El Poblado, donde la tala controlada de un árbol terminó con el rescate de dos polluelos de currucutú y convirtió una jornada de obra de Fonvalmed en una historia de cuidado, pausa y conservación de la fauna urbana.

    Era un pisquín ubicado en la avenida 34 con la loma de Los González, en El Poblado. Estaba muerto en pie, como lo llaman los especialistas: un árbol que había llegado al final de su ciclo y que, además de deteriorado, representaba un riesgo para quienes transitaban por el sector. Por eso, su tala estaba autorizada.

    Todo comenzó en un árbol

    Antes de intervenirlo, como ocurre en cada aprovechamiento forestal, se activaron los protocolos ambientales. Hubo inspecciones visuales, revisión con dron y medidas de ahuyentamiento para que cualquier animal que habitara el lugar pudiera alejarse de forma natural. No encontraron nada. El árbol parecía vacío.

    Entonces comenzó la tala controlada. Rama por rama, y con el cuidado que exige trabajar en medio de la ciudad, el equipo avanzaba en el procedimiento. La excavadora esperaba continuar la jornada y el volco estaba listo para recibir el material. Era una escena habitual en cualquier obra de Medellín: tierra removida, maquinaria y trabajadores concentrados en transformar el paisaje.

    Imagen Las dos crías de búho que obligaron a detener una obra en Medellín Fotografía 2Hasta que algo llamó la atención de los especialistas: en una de las ramas había una cavidad poco común. La descendieron con cuidado y la aislaron del ruido. Se acercaron y allí estaban: dos pequeñas bolas de plumón blanco, escondidas en la oscuridad de la madera. Dos polluelos de currucutú que tenían apenas dos o tres días de nacidos.

    Todavía dependían completamente de sus padres. Eran tan pequeños que cabían en las manos de un adulto. Sus ojos apenas se abrían al mundo y sus cuerpos estaban cubiertos por un plumón suave que los hacía parecer dos diminutas motas de algodón.

    Cuando la obra se detuvo

    Por unos minutos, la obra dejó de ser una obra. Las máquinas se detuvieron. La prioridad pasó a ser otra. Todo el protocolo de atención se concentró en ellos. Fueron trasladados al Parque de la Conservación, donde un equipo de profesionales inició un proceso de alimentación, monitoreo y rehabilitación permanente.

    Cuando ingresaron al parque eran apenas dos neonatos de currucutú. La primera tarea fue realizarles un examen clínico. Había incertidumbre. Eran animales que apenas comenzaban la vida y que, de un momento a otro, se habían quedado sin su nido. Pero estaban sanos.

    Imagen Las dos crías de búho que obligaron a detener una obra en Medellín Fotografía 3Entonces comenzó otro proceso: los especialistas los ingresaron a una incubadora y comenzaron una alimentación asistida, una etapa de cuidados permanentes en la que cada hora de atención era importante para su desarrollo.

    Después ocurrió algo que cualquier ser vivo hace cuando empieza a abrirse camino en el mundo: crecieron. Abrieron los ojos. El plumaje comenzó a cambiar. Y el peso empezó a aumentar mucho más rápido que en sus primeros días de vida.

    “Pasada esta etapa de neonatos, los individuos entran en una etapa infantil, donde abren los ojos y cambian el plumaje. Luego pasan a una etapa juvenil, en la que se cambia el recinto para que puedan volar y comportarse de manera natural para la especie y así poder hacer luego la liberación en el ambiente”, explica Mónica Montejo, médica veterinaria del Parque de la Conservación.

    Construir ciudad también es cuidar la vida

    Para Fonvalmed, el hallazgo significó mucho más que encontrar dos aves. Fue la confirmación de que la transformación de la ciudad también exige mirar con atención aquello que, muchas veces, permanece oculto.

    “Nosotros no solamente estamos transformando la infraestructura vial, sino que también estamos cuidando el medio ambiente. Somos estrictos en el manejo de los protocolos, tanto para la fauna como para los individuos forestales”, explica Angélica María Arias Loza, directora de Fonvalmed.

    Imagen Angélica María Arias Loza, directora de Fonvalmed.

    La entidad está acostumbrada a convivir con la fauna que habita los entornos donde se desarrollan las obras. Iguanas, ardillas y diferentes especies de aves forman parte de los ecosistemas urbanos que también hacen de Medellín su hogar.

    Por eso, antes de cualquier intervención, se realizan estudios de conectividad que permiten entender cómo se movilizan los animales en el territorio y cómo garantizar que puedan seguir haciéndolo, incluso cuando el paisaje cambia, porque las ciudades crecen, las vías se transforman, los puentes aparecen, los corredores de movilidad se amplían, pero la vida que existe entre los árboles también necesita seguir encontrando un lugar.

    Los dos búhos que siguen creciendo bajo el cuidado de la ciudad

    El caso de los dos polluelos de currucutú es una prueba de ello. Más de un mes después de aquel hallazgo, las fotografías parecen contar la historia de otros animales. Los pequeños polluelos que alguna vez cabían en una mano ahora están cubiertos de plumas, tienen el cuerpo más robusto y observan el entorno con unos ojos cada vez más atentos y curiosos.

    Imagen Cuidadora de las dos crías

    Están muy grandes. Súper lindos”, cuenta entre risas Angélica María Arias, quien ha seguido de cerca los reportes fotográficos enviados desde el Parque de la Conservación.

    Las imágenes del antes y el después producen una sensación difícil de ignorar. Cuesta creer que los dos diminutos habitantes encontrados en una cavidad oscura de un árbol seco sean los mismos búhos que siguen creciendo bajo el cuidado de especialistas y que poco a poco aprenden a comportarse como lo harían en la naturaleza.

    Sin embargo, durante poco más de un mes, dos aves que apenas estaban aprendiendo a existir lograron algo extraordinario: en medio del ruido de una obra y del afán propio de las ciudades, consiguieron que Medellín se detuviera un momento para cuidar de ellas. O, dicho de otra manera, dentro de un árbol que todos creían vacío, la ciudad descubrió que todavía había vida.

    Historias como esas han dejado una enseñanza.

    Imagen Las dos crías de búho que obligaron a detener una obra en Medellín Fotografía 6

    Y esta tampoco es la primera vez que ocurre. Años atrás, durante otra intervención, dos polluelos de tángara rastrojera cayeron de su nido cerca de una obra. Uno de ellos no sobrevivió debido a las graves heridas que presentaba. El otro recibió atención médica, rehabilitación y, después de recuperar su capacidad de alimentarse y desenvolverse por sí mismo, regresó a la libertad.

    A veces, la ciudad obliga a intervenir un árbol porque representa un riesgo o porque una obra de infraestructura es necesaria para mejorar la movilidad y la seguridad de miles de personas. Pero incluso en medio de esas transformaciones existe espacio para la pausa, el cuidado y la responsabilidad.

    Porque construir ciudad no significa avanzar a cualquier costo. Significa también detener las máquinas cuando la vida lo exige.

    Quizás dentro de un tiempo estos dos currucutús abran sus alas para seguir su instinto, buscar refugio entre otros árboles y emprender el camino para el que nacieron.


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