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Cuando la Administración Digital, a través del Instituto Social de Vivienda y Hábitat de Medellín (Isvimed), hizo entrega oficial del Proyecto Habitacional Ventto, ubicado en el corregimiento San Cristóbal, no solo cumplió el sueño de tener casa propia para 276 familias; también le dio nacimiento a una comunidad, completa, de un día para otro.
Cualquier mudanza viene con un periodo de adaptación para todos los implicados. Ahora, cuando un proyecto del tamaño de Ventto se materializa, con 276 mudanzas ocurriendo al mismo tiempo, es normal que afloren las complejidades de convivir, tan cerca, entre seres humanos diversos. Para una porción importante de los nuevos inquilinos, esa era la primera experiencia viviendo en propiedad horizontal, así que una de esas primeras dificultades tuvo que ver con la corresponsabilidad, para muchos inédita, en torno a las zonas comunes. Poco a poco, el paisaje alrededor de los edificios color pastel, que al llegar era verde y lleno de árboles y ardillas, empezó a opacarse con residuos, deshechos y escombros mal ubicados.
“Como propietaria, tenía un sentido de pertenencia por el lugar desde que llegué. Cuando empecé a verlo tan sucio, un lugar campestre y que debería estar lindo, dije, esto no puede quedarse así”, me cuenta Rubiela González, que desde ese momento empezó a moverse por iniciativa propia como una líder comunitaria con la intención de motivar a la gente a que fueran un poco más conscientes con el manejo de sus residuos. Varios meses después, cuando se constituyó un consejo de administración por medio de una asamblea, esa vocación de líder fue reconocida por la comunidad, que eligió a Rubiela como administradora.
Una de las primeras gestiones de Rubiela fue solicitarle a la Administración Distrital el acompañamiento en limpieza y en jardinería, con el objetivo de embellecer los espacios comunes de la urbanización. Entonces llegó el equipo de los Laboratorios de Cultura Ciudadana, un programa de la Alcaldía de Medellín que el año pasado consolidó 20 intervenciones en distintos territorios, buscando fomentar la confianza, la corresponsabilidad y la buena convivencia entre habitantes.
Con base en los principios de las ciencias del comportamiento, los laboratorios funcionan como espacios de experimentación social donde el arte, la pedagogía y la participación comunitaria permiten construir soluciones colectivas frente a desafíos cotidianos como el manejo de residuos, el ruido, la movilidad, el cuidado del espacio público y la tenencia responsable de animales; pero no hay dos laboratorios iguales.
En el caso particular de Ventto, los Laboratorios de Cultura Ciudadana se han enfocado en las necesidades expresadas por la comunidad y recogidas por Rubiela. Para ella, el acompañamiento de los Laboratorios es valioso porque no se trata solamente de ir a recoger basuras (aunque eso también ocurra: me cuenta, por ejemplo, que una vez sacaron una volqueta de residuos entre colchones, muebles, basura y escombros), sino de dejarles aprendizajes a todos sobre cosas que, aunque pueden parecer básicas, nadie realmente tiene por qué saber de antemano. “Para todo lo que pedimos, el equipo de los Laboratorios trae una persona experta que nos capacite. Ya sea en temas de limpieza, de jardinería o de conviviencia”.
Cuando le pregunto sobre qué han aprendido en los Laboratorios, la lista que Rubiela elabora se alarga proporcionalmente a su sonrisa, mientras me cuenta, con cada enumeración, una anécdota, un recuerdo. “Cuando deshierbamos el monte, nos explicaron que hay ciertos árboles que no debíamos cortar, Uno lo primero que hace cuando ve una matica con un mordido de gusano es arrancar a fumigarla, y resulta que eso no se puede”. Nos detenemos un momento en esa historia, y me dice: “cuando el jardín empezó a florecer, empezaron a salir gusanitos y luego eso era un mariposero espectacular. ¡Yo no sabía que de esos gusanos salían las mariposas!”.
Rubiela se refiere a una experiencia que tuvieron en uno de los Laboratorios, en el cual recibieron la visita de Plantas La Trinidad, un vivero que se especializa en plantas que cumplen una funcionalidad ecológica: permitir la activación de acciones naturales que fomenten la fauna nativa, en especial mariposas, aves e insectos polinizadores.
Una de las plantas que sembraron ese día, conocida como pavoncillo, cumple la función de ser una planta hospedadora. Esto quiere decir que muchas mariposas dejan sus huevos en ella. De cada huevo sale un gusanito con patas, conocido como oruga, el cual, después de comerse la cáscara de su propio huevo, sale en busca de su próximo alimento. La mayoría de las veces, las orugas se comen las hojitas de la planta sobre la que nacieron. Rubiela acaricia, con sus manos, las hojas ahuecadas del pavoncillo, y queda la evidencia, mordida a mordida, del paso de las orugas por la huerta de Ventto.
Que toda esa secuencia ocurra, en ese orden, es cuanto menos esencial para que se materialice la belleza: la tarea de la oruga es alimentarse para poder crecer (todo el crecimiento en la vida de una mariposa ocurre cuando todavía son orugas, y no después), mudar unas cuatro o cinco veces toda su piel, y convertirse en crisálida, que luego disuelve las partes del cuerpo de la oruga y va formando las de la mariposa. Después (pueden pasar semanas o varios meses), la crisálida se torna transparente y la mariposa sale a encontrarse con el mundo exterior de nuevo. Se detiene, extiende su abdomen y con ayuda del aire descuelga y extiende sus alas. Pudiendo volar, su tarea será reproducirse; y quizás, ahí, una explicación para la belleza de sus alas coloridas. Su alimento, de ahora en adelante, consistirá casi exclusivamente del néctar de las flores de las plantas que también fueron sembradas sobre esta manga, sobre este jardín, en este barrio que también es un ecosistema que se nutre de la simbiosis de sus habitantes, sean de la especie que sean, para alcanzar, como cualquier otro organismo vivo, un estado de equilibrio, de homeostasis. “Después de entender eso me quedé triste por alguna vez haber fumigado”, confiesa Rubiela, y nos reímos.
“Yo les he explicado mucho: la cultura entre nosotros es lo más importante para poder avanzar y tener una buena convivencia. Porque qué pereza uno mirar al lado y ver mucho mugre, mucho ruido, insultos. No nos entenderíamos, no seríamos capaces de vivir así. Y somos diferentes todos, porque todos venimos de culturas diferentes. Pero desafortunadamente, o afortunadamente, más bien, acá nos toca convivir”, afirma.
Según Rubiela, se nota un antes y un después en el comportamiento de los habitantes de Ventto a partir de las intervenciones de los Laboratorios de Cultura Ciudadana. Antes, lo que era una labor de pocos, ahora convoca alrededor de 35 personas cada vez, y Rubiela confía en que ese número siga creciendo. “Cuando viene Cultura, la gente sale. Llegan niños, jóvenes, adultos, adultos mayores”, me cuenta. A veces ha sido tanto el gentío reunido en las actividades que algunos vecinos “se arriman” y les preguntan qué están haciendo, o cuándo será la próxima actividad.
“Hoy en día son muy poquitos los que no cuidan. Pero la mayoría son muy juiciosos. Y aquí todos somos veedores, todos cuidamos y estamos pendientes de tener la casa, que es todo esto, limpia para todos”. El tema de las basuras en la calle, a destiempos, por ejemplo; ya es problema viejo. Ahora en Ventto solo se saca la basura los días asignados: miércoles y sábados.
Mientras conversamos, desde uno de los pisos superiores empiezan a retumbar las melodías de un vallenato. Por lo fuerte que se escucha, lo primero que pienso es que quien puso a traquear su parlante quisiera que todos, alrededor, sucumban, al mismo tiempo, a toda esa descarga de sentimiento.
Después, cuando converso con Juan Esteban, gestor territorial que acompaña el Laboratorio de Ventto, mi perspectiva cambia: “en temas de Cultura Ciudadana, muy poquitas veces la gente causa daño con dolo. Quien pone la música duro o el que martilla en horas de la noche no lo hace pensando en que quiere incomodar a sus vecinos. Lo hace desde un desconocimiento. Yo quiero poner música duro, pongo música duro y ya. Y a mí no me interesa nada más, pero porque no sé. Si yo conozco a mis vecinos y sé a qué se dedican, o quiénes son, por ejemplo, yo voy a pensar en ellos cuando esté por poner música duro”.
“Lo que antes era un monte de basura, ahora mire como está de limpio”, dice Rubiela, señalando el borde opuesto de la calle, justo en frente de los edificios, donde los árboles crecen uno detrás del otro. La noto contenta; orgullosa de que Ventto sea el lugar tranquilo y limpio que hoy me recibe. Pienso en que sus esfuerzos y sus intenciones son realmente nobles. Pienso, también, en lo importante de vivir tranquilos, de vivir bien; de vivir rodeados de belleza. Pienso en las mariposas.
Pienso que en todo esto que me dice y me muestra Rubiela (hechos tangibles que dan cuenta de la belleza que florece cuando humanos colaboran en pro del bien colectivo, por encima del deseo individual o la ventaja propia) debe haber no uno sino varios mensajes, o metáforas, o verdades reveladas; y pienso en enlistarlas, en exponerlas aquí, pero siento que toda esa potencia es tan evidente, tan explícita ya en lo que conversamos, que renuncio parcialmente a esa idea. Pero solo porque no puedo obviar el impulso de poner en palabras el valor que puede tener la belleza para hacer de un lugar un espacio habitable.
Dice Juan Carlos Mansur que “la ciudad se configura cuando se ejerce activamente la ciudadanía en el ejercicio cotidiano de habitar, cuidar y respetar lo que hace la ciudad, sean las personas o el entorno natural”. Para Roberto Casales, la belleza “se presenta como el signo vital más significativo de estas formas orgánicas que denominamos ciudades”, y cada ciudadano “está llamado a hacer de la ciudad un espacio habitable, esto es, a hacerse responsable de la belleza de su ciudad desde el lugar específico en el que se encuentra”.
Le pregunto a Rubiela qué entiende por Cultura Ciudadana. Esto me responde: “entender que acá el cuadrito de nuestro apartamento es de nosotros, pero todos los alrededores, las zonas comunes y los pasillos son de todos. Entonces tenemos que cuidarlos porque nosotros somos los que los disfrutamos. ¿Quién más está aquí que nosotros? Aquí vivimos nosotros, nosotros tenemos que cuidarlo. Y es un proyecto que nos entregó la alcaldía muy lindo. Nos lo entregó limpio y lindo, y amamos mucho este lugar. Es que es nuestro entorno«.
Medellín enfrenta múltiples retos. Por ello, desde la Administración Distrital se promueven liderazgos y acuerdos colectivos que perduren en los territorios. Este 2026, además de los residentres de Ventto, en San Cristóbal; los habitantes de Boston, Villa Hermosa, Loreto, La 99 en San Javier, La 70, Carlos E. Restrepo, La Floresta, La Colina, Cristo Rey, Pedregal, Castilla, López de Mesa, Moravia, Santo Domingo Savio, Sinaí, Montecarlo, La 45, La 92 en Aranjuez, y Altavista reciben el acompañamiento de los Laboratorios de Cultura Ciudadana.