Alcaldía Sala de Prensa Noticias En Medellín hay una almojábana peluda, un pancito de Dios

Imagen En Medellín hay una almojábana peluda Almojabana, perra rescatada y adoptada_1

En Medellín hay una almojábana peluda, un pancito de Dios

Contenido asociado a:

Pertenece a las secretarías:

DAGRD | Medellín en Historias | Secretaría de Medio Ambiente
Por: John Fredi Arboleda Fotos: Esneyder Gutiérrez Cardona, John Fredi Arboleda y cortesía. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

Almojábana fue la sobreviviente de un abandono canino en una quebrada de Medellín.  Sus siete cachorros fallecieron. Seis meses después fue adoptada. Esta historia es...

Compartir en:
  • Almojábana fue la sobreviviente de un abandono canino en una quebrada de Medellín.  Sus siete cachorros fallecieron. Seis meses después fue adoptada. Esta historia es para aprender acerca de seres que ven con otros ojos.

    A 10 kilómetros del Centro de Medellín, tras una puerta de rejas de color vede, el fluido correr de una quebrada, se rompe por una monumental polifonía del ladrido simultáneo de decenas de perros. Es una sensación coral en la que, al mismo tiempo, un sin fin de sonidos caninos desatado corta una y otra vez el silencio de un bosque del extremo suroccidental de la ciudad. “Aquí, el sonido se magnifica. El ruido es paisaje. Si usted no me lo dice, no me doy cuenta de que todos están ladrando a la vez”, dice Juan Alfonso.

    La sala de espera está sola esta mañana. En el fondo, en una pieza publicitaria, se exhibe la fotografía de dos perros de mirada inquietante y la de un gato blanco de bigotes negros. Una mujer entra al corredor y detrás de ella aparece la divertida figura de un perro chiquitico completamente despelucado. Juan Alfonso va a buscar la historia médica de Estefa. Aquí todos viven de botas y los pacientes son de cuatro patas.

    Imagen Juan Alfonso, veterinario de La Perla

    Juan Alfonso, veterinario de La Perla

    “Di muchas vueltas para llegar a ser veterinario. Fue más bien una conexión desde chico. Primero empecé a estudiar ingeniería mecánica y luego aviación. Pero con Laira, mi primera perrita, fue con la que me acerqué a este mundo de los perros. Le tienes amor a ellos -me dijo mi mamá-. Ahí se me encendió el bombillo”, dice Juan Alfonso, veterinario de La Perla, en el corregimiento Altavista, quien trabaja aquí como etólogo desde el año pasado. Su tarea es estudiar el comportamiento animal, apoyar a los adoptantes y hacer seguimiento a sus peludos pacientes, que a este lugar llegan día y noche tras ser rescatados.

    Juan Alfonso y su conexión con los animales

    Desde niño ha tenido seis perros, cuatro criados por él y otros dos adoptados, que actualmente cuida con su pareja en casa: Mamba y Manila. De Laira, recuerda que quería ponerle Pola (en honor a la cerveza), la mamá optaba por llamarla Lira (porque, aunque estudió medicina, toca varios instrumentos musicales por afición), la hermana de Juan decía que había que ponerla Lara. Juntaron las opciones y por eso fue Laira.

    El veterinario de 30 años de edad está convencido de que los humanos pueden formar vínculos con los animales, tener comunicación: “Con los perros es más especial. Son como niños pequeños. Cómo te miran a los ojos, saben si te sientes bien o mal. No puedo sentirme juzgado por un perro ni que me pongan barreras como lo hacen los humanos”.  

    Juan revela que cuando se acerca a un perro recién rescatado, lo “soborna” con cábanos para caninos, para tomar confianza con ellos. “Yo creo que ellos a mí me ven, así, como si yo fuera un cábano”, dice mientras saca uno de su bolsillo y lo arroja sobre la mesa como si fuera un dado que marcará la suerte del próximo perrito que llegue rescatado a este lugar para luego ser adoptado.

    imagen rescate

    Aquel 16 de febrero

    El 16 de febrero de este año llegó Estefa a La Perla. En el registro figura: cocker spaniel, dorada, ñatica, de orejas peludas, cuerpo semipeludo, cola mocha, 10 kilos de peso y joven (3 años). Juan Alfonso, la recuerda como muy sociable, contenta con los humanos y tranquila. Y, en definitiva, lo es. Su relato lo hace mientras se sienta unos minutos en la sala de adopciones de La Perla.

    Aquí hay cobijas azules llenas de pelos, correas para perros, bolsas de cuido, juguetes para animales. Las paredes están llenas de huellitas de canino pintadas de blanco y una fotografía gigante de un perro guiñando un ojo.

    Imagen En Medellín hay una almojábana peluda Rescate 1

    Aquel 16 de febrero, Estefa temblaba de miedo y frío al lado de sus siete cachorritos. Cuentan que eran negritos. Su tutora había dejado a la familia en una quebrada del barrio Popular 1. Los chiquitos tenían ocho días de nacidos. Fue la Policía Ambiental la que los rescató de morir en medio de las aguas. Una vecina les dio albergue. De los cachorros, a La Perla, tres llegaron muertos, los otros cuatro vivieron una semana, hasta que fallecieron. En La Perla, a Estefa la atacó la enfermedad conocida como moquillo, que asegura el veterinario puede ser fatal. La madre de los cachorros fue internada por un mes en clínica y volvió al centro de bienestar para hacer de nuevo vida social, ya aliviadita.

    A Juan Alfonso le da rabia, como a los perros: “La siento a flor de piel cuando pasan estas cosas. Le hacen daño a seres que no tienen cómo defenderse. Lo resuelvo con entrega por los animales. Se trata de hacer las cosas con amor para que puedan ser adoptados y salgan de aquí”.

    Adoptatón 2026 La Perla

    Juan Alfonso asegura que, por su labor, puede tener contacto con 50 o 150 perros al día para evaluar su comportamiento después de ser rescatados.  De ese universo canino donde trabaja, también salieron su Mamba y su Manila. La primera lo cautivó por su mirada fija a los ojos de las personas. Fue, literal, amor a primera vista. La segunda lo acompañaba a hacer divertidas visitas a albergues para adultos mayores. Ambas nunca regresaron a La Perla. Juan Alfonso, las adoptó.

    Imagen En Medellín hay una almojábana peluda Perla 3

    A la izquierda, Mamba. A la derecha Manila

    La enorme polifonía de ladridos que sale de los bloques de La Perla ahoga por completo la voz de Juan Alfonso. Y un constante ladrar de cinco minutos sale de la garganta de la cocker en un segundo piso de Belén Rosales. Es Estefa, la otra Estefa. La misma que aquel día fue rescatada junto a sus temerosos cachorros en una quebrada del Popular 1.

    Y Estefa se convirtió en Almojábana

    A su lado está Manuela Hoyos Sucerquia de 30 años. Es su adoptante. Es bajita de estatura. Su cabello es rizado y rojizo, y tiene la piel canela. En su brazo derecho exhibe un tatuaje grande que representa a una chica rodeada de animales. Los adora. A su centro veterinario, desde hace tres meses, llegan perros rescatados por La Perla, pero antes este sitio de cuidado animal era visitado por conejos, pollos, gansos, cabras y hasta minipigs. En el instante, afirma categóricamente: “Soy de gatos, tengo tres -hace una pausa larga y olvida los nombres. Se ríe y retoma: “Son Pelusa, Guadalupe y Sabrina”. Los tres los tiene tatuados en su piel.

    Imagen En Medellín hay una almojábana peluda Almojabana, perra rescatada y adoptada_15

    Cuando Estefa llegó a manos de Manuela, hace un mes largo, se convirtió en otra. Allí estuvo cuando le dio moquillo: “La tenía en aislamiento, en el tercer piso, porque eso es muy infeccioso. Por haber sido rescatada y haber superado la enfermedad, es una sobreviviente”. La perrita se pone a ladrar ante la visita de extraños en el lugar. Sus ladridos inquieren. Ladra y es como si lanzara un cuestionario desde su garganta y pregunta: ¿Y usted quién es? Vuelve a ladrar y añade ¿Y de dónde viene? Sigue ladrando y es como si exclamara ¿Y por qué está aquí?

    La primera vez que vio a la perrita en el tercer piso del centro veterinario, en su solitaria enfermedad, la cargó: “Ella es toda tiernita. Es espojoncita. Es cafecita”. Y como a Manuela le encanta la parva, al adoptarla decidió bautizarla Almojábana. Y dice alargando las palabras: “Almojábana es un pancito de Dios. Ellos lo eligen a uno. Yo ya lo había sentido en el pasado con mis gatos. Almojábana tiene mucha personalidad. Se parece a mí. Ella sabe quién sí y quién no”, agrega Manuela.

    Imagen En Medellín hay una almojábana peluda Almojabana, perra rescatada y adoptada_14

    Almojábana no para de jugar, mientras su tutora asegura que esa es su manera de “trabajar” en el centro veterinario todo el día. A donde va Manuela, va Almojábana.  “Es una perrita ‘chambeadora’”, exclama.

    La perrita se le echa entre las piernas a su ama, gira la cabeza, respira jadeante de tanto voltear para allá y para acá. “Mi perra es rayadita: persigue a los gatos cuando está en la calle”. Mientras Manuela hace esa afirmación, Almojábana la mira de reojo, como exclamando: ¿Por qué dices esas cosas de mí? Y mueve la boca como si se estuviera riéndose de su ama.

    “En la casa, con las gatas, es groserita. Ladra, pero no muerde. Una vez una de ellas levantó la pata, como si fuera a darle un zarpazo y la perrita se puso a llorar”, recuerda Manuela.

    La ama de Almojábana es groomer, como se les denomina ahora a los peluqueros para perros. Le pasa las yemas de los dedos suavemente por la cabeza y dice: “lo que más me gusta es su copete con remolino y que es crespita, como yo”.

    Perrita rescatada y adoptada

    Intenta hacer un juego con palabras y buscar aquellos que hubieran sido los posibles nombres de los fallecidos cachorritos en los hechos de la quebrada del Popular 1. Y si su perra, la madre de los pequeños se llama ahora Almojábana, es posible que los chicos, si hubieran sobrevivido, se llamaran buñuelo o palito de queso. Almojábana esta ahora a su lado porque Manuela sabía, al tomar la decisión de adoptarla, que una iba a ser la compañía de la otra: “Es un hijo, para vivir muy buena vida, para comer mejor, para dormir mejor. A los perros solo les falta hablar, pero saben entender”.

    Perrita rescatada y adoptada

    Los bomberos y su labor silenciosa por los animales

    Ella hace honor a quienes adoptan perros en Medellín que, en cada una de las nueve estaciones de bomberos, los rescatistas convivan sus jornadas de 24 horas, cada una, con un perro rescatado en situaciones de emergencia en el pasado y que termina siendo adoptado por quienes le salvaron la vida.

    En la estación Libertadores, Esmeralda se echa apaciblemente junto a la puerta de la oficina del capitán Yeison Blandón que como coordinador operativo del Cuerpo Oficial de Bomberos Medellín, a cada minuto debe contestar el radio, el teléfono móvil y el fijo. Entra un bombero a su oficina y el capitán le pide firmar una planilla de labores, otro viene para estrecharle la mano.

    Imagen En Medellín hay una almojábana peluda Capitan 2

    Capitán de Bomberos, Yeison Blandón

    “Hable con el capi”, le indica Blandón a un bombero a través del celular. Y continúa impartiendo instrucciones como utilizando claves: “R10 de R17, que recoja la R10” -y le insiste respetuosamente a su interlocutor- De CB1 recoge R10 y traiga la R3 aquí”.

    Blandón está con el organismo de socorro hace 26 años. Encontró su vocación de servicio a los 7, cuando su padre, el bombero Roberto de Jesús Blandón García, lo llevó a una sesión de formación de rescatistas en la estación Guayabal. Tiene vivo el recuerdo del cuerpo de su padre cayendo valientemente desde las alturas a un gran colchón, como parte del entrenamiento.

    “Como bomberos, damos el todo por el todo. Nos enfrentamos a la vida y a la muerte. Siempre hay que pasar la hoja”, reflexiona el capitán, mientras sigue sonando el radio de comunicaciones y el celular, casi que al mismo tiempo.

    Cuenta que fue personal antiguo el que decidió, en su momento, llevar perros recuperados en rescates de emergencia a las estaciones y adoptarlos por voluntad propia. “Esmeralda se acuesta en las camas de los bomberos. Es un amor. Al que llega le volea la cola. Es un ser humano”, recalca el capitán.

    Imagen En Medellín hay una almojábana peluda Esmeralda 5

    Si en Libertadores vive Esmeralda, en la estación Guayabal está Hacha y en Caribe permanece Halligan, un pastor alemán. En los dos últimos casos, los rescatistas bautizaron a los perritos adoptados con nombres de herramientas que utilizan en su diaria labor para salvar vidas. Incluso, en otra de las estaciones, al perro le pusieron por nombre Era, que son las iniciales del equipo de respiración autónoma.

    A Esmeralda la rescató la central de bomberos Libertadores, hace 12 años, en el río Medellín. El capitán cuenta que la perrita se quedó en la estación por votación de los bomberos. “Es la consentida. Es parte de nosotros. Cada quincena, 33 bomberos que estamos aquí sacamos plata de nuestro propio bolsillo para sostenerla”, precisa Blandón.

    El capitán sigue impartiendo instrucciones vía radio, vía celular: “La R10 queda en servicio, vaya a CB1, recoja al conductor, recoja la R10 y la llevan a CB3”. Termina de contestar el radioteléfono y el celular. Se acerca a su memoria la imagen de su antigua perrita Mini. El capitán abre con su corazón ese recuerdo-: “Era de la calle. Me dio cariño y amor”.

    Mini murió el año pasado, en agosto, de viejita. Sentado en su escritorio, Blandón entra en un inesperado silencio. Su ojo derecho se vuelve agua. El izquierdo está cubierto por sus dedos. Súbitamente los dos enrojecen. Los frota suavemente y deja caer pequeñas lágrimas. El capitán llora unos cuantos segundos. Dentro de su alma solo queda el vacío.

    Imagen Esmeralda

    Manuela recibe con felicidad y calidez, la mirada fija de Almojábana, que entrega ternura y fidelidad, igual que sucede con la mirada de Juan Alfonso y Mamba, la del amor a primera vista; así como con la del capitán Blandón y su Mini, a la que recuerda con lágrimas en la estación Libertadores.

    En cada una de esas miradas, se desata la coral canina de La Perla, el amor que hay en el corazón de cada perro en cualquier rincón del mundo. Es que, en esta ocasión, ojos ves, corazón que sí sabés.


    Acércate a la Alcaldía de Medellín

    Ir al contenido