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Dilia Sabugara

Dilia Sabugara, la traductora que abre caminos entre lenguas indígenas en Medellín

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Unidad Administrativa Especial Buen Comienzo
Por: Redacción y fotografías: Nataly Londoño Laura |

En Buen Comienzo esta mujer acompaña a familias indígenas en encuentros en los que la palabra necesita traducción y tiempo. El frío se siente desde antes de llegar. E...

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  • En Buen Comienzo esta mujer acompaña a familias indígenas en encuentros en los que la palabra necesita traducción y tiempo.

    El frío se siente desde antes de llegar. El carro se queda más abajo y toca caminar hasta El Faro de la comuna 8 (Villa Hermosa), con el viento pegando de frente y el cuerpo todavía sin entrar en calor.

    Dilia Sabugara avanza por la loma sin apurarse. Apenas ve al grupo con el que va a reunirse empieza a saludar a las personas una por una. Está en una focalización de la modalidad familiar del programa Buen Comienzo de la Alcaldía de Medellín – un espacio pensado para el acompañamiento integral de niñas, niños y mujeres gestantes y lactantes –, en un asentamiento indígena de la comunidad embera katío que vive en la zona, y se mueve entre las conversaciones con la naturalidad de quien conoce el terreno.

    Dilia Sabugara

    Dilia Sabugara

    Nació en el Chocó, en la comunidad embera dobidá. Salió de allí siendo niña, enviada por su padre a una casa de familia con la esperanza de que pudiera estudiar. Primero pasó por Istmina y allá, con apenas 11 años, entendió que el estudio venía atado al trabajo doméstico y a una relación desigual. “Yo viví primero en una casa de familia. Hacía los oficios y por medio de eso me daban el estudio”, cuenta.

    Dilia Sabugara

    Dilia Sabugara

    Mucho después llegó a Medellín, todavía joven, todavía sin red propia y con nada más que la esperanza de seguir trabajando como empleada doméstica para poder graduarse. En la ciudad conoció a Jhonier Franklin Puchicama, artesano de origen wounaan. Con él empezó una vida en común hecha de piezas pequeñas, ventas diarias y recorridos largos. Vivieron en Santo Domingo, luego en Campo Valdés. En el centro vendían las cosas que hacían; salían juntos a buscar el día. Y en ese ir y venir llegaron sus hijos Efrén, Daira y, años más tarde, Shaira.

    Usuaria de Buen Comienzo

    El trabajo con población indígena apareció cuando ya era madre. Una caracterización impulsada por la Universidad de Antioquia buscaba apoyo para comunicarse con comunidades indígenas recién llegadas a Medellín. Dilia aceptó sin tener del todo claro el encargo: “Yo les dije que sí, que yo los ayudaba, sin conocer”. Y, justo en ese momento, empezó a tomar forma un oficio que había practicado desde siempre: traducir lenguas y contextos.

    Con ese trabajo llegaron también las recomendaciones para estudiar. Le dijeron que no podía quedarse solo con el bachillerato, que necesitaba una formación que respaldara lo que ya hacía en la práctica. Así que se inscribió en una institución de educación superior para convertirse en auxiliar docente y empezó a estudiar los domingos, mientras seguía trabajando y criando.

    Buen Comienzo

    Buen Comienzo

    Después ingresó a la modalidad institucional de Buen Comienzo. Laboró allí durante varios años, incluso cuando estaba embarazada. En ese proceso conoció Buen Comienzo desde otro lugar: como madre usuaria de la modalidad familiar, acompañando a su hija menor. “Yo pensaba que Buen Comienzo era solo institucional. No entendía qué era modalidad familiar”, expresa.

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    Modalidad familiar

    Participar en la modalidad familiar le permitió vivir el programa desde adentro, como familia acompañada. Aprendió sobre crianza, alimentación y cuidado en un espacio que no sentía ajeno. “Ahora sí entiendo qué es modalidad familiar”, dice, siendo muy consciente de que esa experiencia fue decisiva.

    Dilia Sabugara

    Dilia Sabugara

    Unos meses más adelante, en medio de un largo periodo sin empleo, una recomendación la puso de nuevo en el camino laboral. En la modalidad familiar de Buen Comienzo necesitaban a alguien que pudiera comunicarse con las familias indígenas que habitan la ciudad. “Yo soy auxiliar docente y traductora de la población indígena, sin importar la comunidad a la que pertenezcan”, explica. En su trabajo acompaña a familias emberas katío, chamí, dobidá y eyábida, cuyas lenguas son distintas, pero comparten estructuras y sonidos similares, lo que permite que la comunicación fluya con ajustes mínimos y mucha escucha.

    Hoy vive en el barrio La Libertad con Jhonier Franklin Puchicama y sus hijos. Él sigue trabajando la artesanía; ella camina los territorios y, en cada encuentro, habla de estudio, de alimentación, de cuidado. No levanta la voz. Traduce palabras, gestos y silencios, como ocurre ahora mismo en El Faro de la comuna 8, mientras el frío sigue bajando, y habla en una lengua que no comparten los demás compañeros de trabajo, pero que las mujeres que la escuchan reconocen como propia y a partir de la cual deciden vincularse y creer en Buen Comienzo.


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