Alcaldía
Contenido asociado a:
La música tiene esa capacidad única de abrazar la memoria colectiva y volver a encender causas que jamás deben olvidarse. La interpretación de «Todavía cantamos» p...
La música tiene esa capacidad única de abrazar la memoria colectiva y volver a encender causas que jamás deben olvidarse.
La interpretación de «Todavía cantamos» por el Grupo Suramérica, como un regalo a los asistentes al Parque Cultural Nocturno del aeropuerto Olaya Herrera, en la voz de su director y fundador Carlos Mario Londoño, se sintió como un latido vivo. Un reclamo contra la impunidad y el olvido que muchas veces nos rodea. Escuchar sus arreglos vocales y sus instrumentos de viento nos ubica de inmediato en el terreno de la dignidad, la resistencia humana y el amor por los que ya no están.
🌸Página oficial Feria de las Flores 2026 | 🌸Programación inicial Feria de las Flores 2026
“Todavía cantamos, todavía pedimos. Todavía soñamos, todavía esperaaaamos”
No es solo una canción; es un refugio contra la desmemoria. Cada nota deja de ser simple música para convertirse en el eco de los que no están y en el abrazo firme para quienes aún sostienen la búsqueda.
Fue bajo esta atmósfera de dignidad intacta, donde el dolor no se rinde ante la sombra del olvido, que dio inicio al homenaje a sus 50 años de vida artística y en un abrazo fraterno dedicado a Medellin y a todos sus seguidores. Carlos Mario Londolo, a sus 70 años, manifestó que la música les ha permitido abrir el corazón, abrir el alma y por ello, con los ojos aguados, nos dice: “Te podría decir que en Medellín el viento sí pasa, te besa y te abraza y te hace muy feliz”.
Durante su presentación hubo momentos en los que los aplausos dejaron de ser un gesto de reconocimiento y se convirtieron en una expresión sincera de cariño y gratitud. Medio siglo de historia pareció reunirse cuando sonaron las primeras notas de una agrupación que ha acompañado a Medellín en distintas épocas y generaciones, en tiempos difíciles y también en sus celebraciones.
Cantando a lo cotidiano de la vida
Quienes han recorrido esta ciudad durante las últimas décadas saben que su historia no solo quedó escrita en periódicos o libros. También sonó en los transistores, se compartió en los patios de las casas, se cantó en las universidades, en los barrios y en las plazas. Allí encontró su lugar la música de Suramérica: una canción latinoamericana que habló de la vida cotidiana, de las búsquedas colectivas, del amor, de la esperanza y de una ciudad que atravesaba profundas transformaciones.
Con el tiempo, zampoñas, charangos, guitarras y voces se hicieron familiares para varias generaciones. Más que una sucesión de conciertos o discos, la trayectoria del grupo terminó construyendo un vínculo afectivo con Medellín.
Tal es el caso de Daniel García, musico andino del Valle de Aburrá y miembro del grupo Dabeiba, quien, manifiesta que “cuando era niño teniendo un disco de mi padre del grupo Suramérica, empecé a conectar con canciones como Compañera de la vida, Si de cantar se trata o Sobreviviendo y así logre encontrar una identidad por medio de los charangos y las quenas y entender que el canto de los pueblos representa nuestra identidad”.
Y así el homenaje dejó de ser únicamente una mirada al recorrido de la agrupación para convertirse en un encuentro de Medellín con una parte de sí misma y al mismo tiempo cada interpretación abrió una pequeña ventana hacia otros tiempos.
“Los hombres de antes evocan lunas de tiempo atrás”
La historia del Grupo Suramérica comenzó en Medellín en la década de los setenta, en un momento en que la canción latinoamericana encontraba en universidades, peñas y escenarios culturales un espacio para hablar de las realidades sociales del continente.
Desde aquellos primeros años, la agrupación construyó una propuesta en la que confluyeron las sonoridades andinas, la canción de autor y una mirada atenta al mundo que la rodeaba. Ese camino, sostenido durante cinco décadas, ha permitido que su música acompañara también las transformaciones de Medellín.
Suramérica estuvo presente durante años complejos para la ciudad, pero también acompañó sus búsquedas, encuentros y procesos de reconstrucción. Sus canciones pasaron de pequeños escenarios culturales a teatros y grandes espacios públicos, de escenarios barriales a conciertos internacionales sin perder una relación cercana con quienes encontraron en ellas una forma de reconocerse.
Como recordaba Carlos Mario Londoño, fundador y director del grupo: «Entendimos desde el principio que la música no era para cambiar el mundo, sino para transformarnos por dentro y acompañar las historias de vida de la gente; la solidaridad no solo se canta, se ejerce con la presencia. (…) Nosotros queríamos construir civilidad, paz, tolerancia, amistad… porque la música puede ser un antídoto muy, muy teso para levantar el ánimo».
Ese vínculo explica lo ocurrido durante el homenaje: muchos no escuchaban únicamente una canción; recordaban dónde estaban cuando la conocieron, con quién la cantaron o qué momento de sus vidas quedó unido para siempre a ella. Por eso, frente a la tarima no había solamente espectadores, había personas que reconocían en esas canciones momentos de su propia historia y otras que, aun perteneciendo a generaciones más jóvenes, han heredado ese repertorio como parte de una memoria familiar y cultural, que trasciende generaciones y permite renovar no solo momentos, sino experiencias musicales que se llevaran en el alma.
Esa posta que pasa de padres a hijos en la tribuna es la que hoy respira la agrupación sobre el escenario. Carlos Mario Londoño lo sintetiza al ver a los nuevos integrantes tomar los instrumentos. Mira con entusiasmo a esos nuevos músicos que se encargarán de mantener el legado. «Mira que el grupo se ha renovado a raíz de que algunos fueron haciendo su vida y ver llegar músicos jóvenes a Suramérica es confirmar que el mensaje trasciende a las personas. El pianista y el instrumentista son excelentes y creo que en ellos va a quedar la responsabilidad de sumar, de custodiar una mística, a imprimirle su propia fuerza a estas canciones y a garantizar que este abrazo sonoro siga vivo para las generaciones que vienen».
Con esa savia nueva en las voces y en los vientos, el homenaje dejó de ser un simple acto de nostalgia…
Los viejos amores que siempre están presentes
La dimensión de ese legado podía leerse en los rostros. Personas que cerraban los ojos al reconocer una melodía, parejas que cantaban juntas y jóvenes que descubrían en vivo canciones que primero escucharon en sus casas.
Esa misma emoción cruzó la tarima y conmovió a la presentadora de televisión Diana Catalina Restrepo, quién evocó con la voz cortada el impacto de compartir el micrófono con la agrupación, cuando ella formaba parte de la agrupación Canto Alegre. «Cantar junto al Grupo Suramérica no es solo interpretar una canción, es uno de los momentos más mágicos e inolvidables. Suramérica ha marcado mi vida. Yo he crecido con ellos. Su legado es el amor por la ciudad, por el país, por las canciones bonitas, por la poesía, por la defensa de nuestros derechos, de nuestra vida en paz, de nuestra ciudad amada».
Allí estaba quizá una de las mayores conquistas del Grupo Suramérica: lograr que sus canciones atravesaran generaciones sin quedar atrapadas en la nostalgia.
Quienes vieron nacer a la agrupación compartían el concierto con jóvenes que no vivieron aquella Medellín de los años setenta y ochenta, que encuentra en sus letras preguntas y emociones todavía vigentes. La memoria dejaba de ser entonces una evocación del pasado para convertirse en algo que sigue circulando y encontrando nuevas voces.
Ese tejido de recuerdos, miradas y canciones fue preparando el momento culminante de la velada. Porque cuando una ciudad logra encontrarse alrededor de su música, aparecen otras memorias que también hablan de lo que somos. Y en Medellín hay una que cada año vuelve a recorrer sus calles cargada sobre los hombros.
Todavía cantamos, Polvo en el viento, Kacharpari, Compañera de la lluvia, Sobreviviendo, Todo cambia, Razón de vivir, Ojos Azules, Camino y Piedra…y otras más fueron temas que desempolvaron la nostalgia y los recuerdos de los aproximadamente 2600 espectadores que se hicieron presentes en Plaza Gardel, en el narco del tributo que hizo la Alcaldía de Medellín al grupo Suramérica por sus 50 años de trayectoria, que de seguro serán muchos más, porque como dijo Carlos Mario Londoño al recibir este homenaje: “Mientras el aplauso sea sincero, habrá Suramérica por unos años más”.
En ese punto, el homenaje al Grupo Suramérica y la Feria de las Flores parecieron hablar el mismo idioma. Así como los silleteros han llevado generación tras generación una tradición que identifica a Medellín ante el mundo, las canciones de Suramérica han transitado durante medio siglo de una voz a otra, de una casa a otra, de padres a hijos. Unos cargan flores; los otros han llevado melodías. Ambos han contribuido, desde lugares distintos, a contar la ciudad.