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Liliana Muñoz: la voz de Buen Comienzo Medellín que canta como Ana Gabriel

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Medellín en Historias | Unidad Administrativa Especial Buen Comienzo
Por: popular cantante mexicana. Textos y fotos: Andrés Mauricio Henao Álvarez. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

Liliana Muñoz o Ana Gabriel; la agente educativa y la artista; la mujer que combina su pasión por la música entre Buen Comienzo Medellín, con las niñas y los niños ...

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  • Liliana Muñoz o Ana Gabriel; la agente educativa y la artista; la mujer que combina su pasión por la música entre Buen Comienzo Medellín, con las niñas y los niños con discapacidad o problemas en el desarrollo y, los escenarios que la hicieron una figura reconocida por su voz similar a la de la popular cantante mexicana.

    El tambor suena una vez. Las niñas y los niños levantan la cabeza. Liliana Muñoz espera un segundo antes de dar la instrucción, con la precisión de una directora de orquesta. El cuero del instrumento vuelve a emitir un cálido sonido al agudo oído de las niñas y los niños, que con sus manos responden al ritmo. Algunos se adelantan, otros llegan tarde, pero todos lo intentan. En la sala de desarrollo, cada sonido tiene un propósito: escuchar, esperar y coordinar el cuerpo.

    Liliana lleva el chaleco azul de Buen Comienzo y marca el ritmo con la naturalidad de quien ha aprendido a leer lo que ocurre en los gestos más pequeños. Detecta con enorme naturalidad la duda, como el entusiasmo desbordado en un aplauso fuera de tiempo de cada niña y niño.

    Para ella, la música no es un adorno, es una llave maestra, “con un tambor puedes enseñar a escuchar, una palmada puede ordenar el movimiento del cuerpo y una canción es el puente por donde cruzan las primeras palabras”, explicó.

    Liliana es profesional en educación especial y sabe que, cuando el lenguaje se resiste o la motricidad se confunde, el ritmo llega a donde la explicación no se escucha. Su trabajo ocurre en los detalles: observar a la niña o al niño que evita el contacto visual o al que aún no logra coordinar sus pasos, para ofrecerles una melodía como guía.

    Una voz que no supo rendirse

    Pero esa misma voz que ahora guía un juego de ritmos y aplausos, también puede llenar un escenario.

    Cuando llega el fin de semana, el chaleco azul queda atrás. Sobre el escenario aparece su brillo. Liliana se mueve con elegancia, con gestos lentos y seguros. Lleva un vestido negro que atrapa la luz de los reflectores. El micrófono descansa firme en su mano mientras el público espera la primera frase.

    Imagen Liliana Muñoz

    “Siempre, como ya es costumbre, día a día es igual”. En ese instante, se integra una voz áspera e intensa, pero reconocible y aclamada: aparece Ana Gabriel.

    Muchos la descubrieron en la temporada 11 del programa de televisión ‘Yo Me Llamo’, cuando su interpretación convenció a los jurados de que esa voz podía habitar la de la cantante mexicana. Desde entonces, su nombre empezó a aparecer en escenarios de distintas ciudades del país.

    Pero la historia empezó mucho antes de ese programa. Tenía trece años cuando se presentó por primera vez a un festival de la canción en su colegio. Era 1996. No ganó. Lo intentó al año siguiente y volvió a perder. La tercera fue la vencida. En 1998, logró quedarse con el primer lugar.

    La música, dice, llegó a su vida casi por accidente. La imitación de Ana Gabriel también, cuando su hermana le lanzó una frase que parecía una broma. “Usted que es tan ronca, ¿por qué no canta Ana Gabriel?” Liliana probó con una canción. Descubrió que podía alcanzar el tono. No se trataba solo de imitar. Había algo en esa voz que también le pertenecía.

    Y ahí empezó su ‘metamorfosis’, un camino que hoy la lleva a escenarios en Bogotá, Santa Marta y otras ciudades donde el público espera escuchar canciones que ya forman parte de su memoria.

    Equilibrio de dos mundos musicales

    Pero entre semana su escenario es otro. El de la agente educativa educadora especial de Buen Comienzo Medellín, donde acompaña procesos de desarrollo infantil y orienta a agentes educativas y docentes cuando encuentra alertas en el desarrollo de niñas y niños: dificultades en el lenguaje, en la motricidad, en la socialización o en los procesos cognitivos.

    Su trabajo ocurre dentro de las salas. Allí observa, propone estrategias y se detiene en detalles que a veces pasan desapercibidos. Una niña o un niño que no responde al llamado. Otro que evita el contacto visual. Alguien que todavía no logra coordinar sus movimientos. En ese instante, es el turno del sonido: un tambor que convoca y dos palmadas que guían.

    Pero no es solo ritmo. Es respuesta. Alguno que no seguía instrucciones empieza a anticipar el sonido. Otro que no participaba se suma al juego cuando la consigna llega cantada. Las manos que antes se movían sin control empiezan a acompasarse. La música organiza, traduce y abre caminos donde la palabra todavía no alcanza.

    Liliana explica que, en ese juego aparentemente simple, se activan procesos profundos: la atención se sostiene al seguir un ritmo, la memoria aparece cuando repiten una canción, y la comprensión se construye cuando logran unir una palabra con una acción. Imitar un sonido, repetir una palabra, marcar un compás: ahí empieza el lenguaje.

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    La música también ordena lo que no siempre es visible. Regula la emoción, baja la intensidad de la conducta, canaliza la energía. Permite que una niña o un niño espere, participe, se vincule. En ese intercambio, no solo aprenden: se conectan.

    El cuerpo también entra en escena. Marchar, aplaudir, girar o golpear un tambor implica coordinar, equilibrar, planear el movimiento. Incluso tolerar el mundo: sonidos, contacto, desplazamiento. La música les ayuda a habitar esos estímulos sin desbordarse”, añade.

    La música como herramienta de formación

    En Buen Comienzo Medellín, ese recurso se vuelve herramienta cotidiana. No se trata solo de cantar, sino de ofrecer múltiples formas de participar, de comprender y de expresarse. Algunos cantan, otros se mueven, otros observan. Cada uno encuentra una forma de entrar.

    A veces Liliana inventa canciones. Otras veces convierte un ejercicio pedagógico en un juego musical. En la sala no interpreta a Ana Gabriel. Allí la música tiene otro propósito. Allí sirve para aprender.

    Sostener estas dos vidas es un acto de equilibrismo puro. Sus semanas terminan apoyando las entregas de paquetes alimentarios de Buen Comienzo 365.

    Horas después, el rugido de los motores de avión anuncia otro destino. Del cubículo al aeropuerto; de la estrategia pedagógica, al set de maquillaje. Ella bromea comparándose con la princesa Fiona: una identidad bajo el sol y otra bajo la luna. Sin embargo, la comparación se queda corta. Liliana no se divide, se integra. La música que usa para sanar en la semana es la misma que usa para conmover el fin de semana. La educación especial le dio la empatía para mirar el alma del público y el escenario le dio la fuerza para sostener la atención de las niñas y los niños.

    En cuestión de horas pasa de una sala llena de niñas y niños a un escenario iluminado, de las estrategias pedagógicas al micrófono.

    El coro que atraviesa la ciudad

    Liliana dice que la educación especial llegó a su vida por pasión. La música, en cambio, le dio otra forma de expresar esa sensibilidad. Una le enseñó a mirar al otro con empatía. La otra le permitió transformar esa mirada en ritmo, en voz, en emoción.

    Por eso no piensa abandonar ninguno de los dos caminos. Ni los escenarios, ni las salas de desarrollo. En Buen Comienzo, dice, encontró algo más que un trabajo. Encontró un hogar. A veces basta un gesto sencillo para recordárselo: un abrazo. “Un solo abrazo de mis niños me desarma el corazón”, confiesa.

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    Tal vez por eso, incluso cuando no hay tambor ni escenario, la música sigue apareciendo. Como en el bus que cada tarde cruza Medellín llevando a casa a las niñas y los niños en el transporte gratuito de Buen Comienzo. Entonces, empieza a cantar: Despacio, despacio, señor conductor… Las voces se suman una a una. Algunos repiten la frase, otros marcan el ritmo golpeando los asientos con las manos. La canción es sencilla. Pero ordena el viaje.

    Mientras el bus se aleja, la canción sigue sonando entre las niñas y los niños. Quizás Ana Gabriel nunca llegue a saberlo. Pero allí también hay escenario y grandes aplausos.


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