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Medellín está de moda. Se convirtió en uno de los destinos colombianos que más miradas atrae desde el exterior. Llegan viajeros por sus eventos, por la música, la ga...
Medellín está de moda. Se convirtió en uno de los destinos colombianos que más miradas atrae desde el exterior. Llegan viajeros por sus eventos, por la música, la gastronomía, la vida nocturna, la innovación, el clima y esa geografía de montañas que todavía sorprende cuando el avión comienza a descender sobre el Valle de Aburrá. Algunos vienen por cuatro días; otros se quedan semanas o meses. Hay quienes llegan con una maleta y un computador para trabajar desde aquí. Y muchos regresan. Pero quizás la mayor riqueza de nuestra ciudad no está solamente en todo lo que un visitante puede hacer, sino en algo mucho más cotidiano: en que es una ciudad donde aún queremos vivir.
Se vive en sus barrios, en las tiendas donde todavía conocen el nombre del vecino, en las calles que se caminan, en los parques, en la conversación de la mañana, en la familia que lleva veinte o treinta años habitando el mismo apartamento. Allí está buena parte de eso que el visitante encuentra atractivo cuando llega: una ciudad que no fue construida como escenario turístico, sino como hogar.
Y cuidar ese hogar se convirtió hoy en uno de los debates más intensos alrededor de la revisión de mediano plazo del Plan de Ordenamiento Territorial, POT. La vivienda turística está en el centro de la conversación.
Para unos significa turismo, empleo, visitantes que consumen en los barrios y una oportunidad de ingresos para miles de personas. Para otros, su crecimiento ha significado algo mucho más cercano: nuevos vecinos cada tres días, ruido, fiestas, maletas entrando y saliendo, presión sobre la vivienda y la sensación de que algunos sectores tradicionalmente residenciales están cambiando demasiado rápido.
Las dos Medellín existen. Y ordenar el territorio significa intentar que puedan convivir. Algunos empresarios defendieron la vivienda turística como una forma de generar desarrollo económico, y tal vez esto refleja por qué la ciuidad tiene cerca de 9000 viviendas turísticas registradas. La ocupación reportada para esta modalidad alcanza el 51,6 % y la estadía promedio es de 4,2 días. Es decir, hace tiempo dejó de ser una actividad marginal para convertirse en una dinámica que forma parte de la economía turística de la ciudad. Precisamente por eso necesita reglas.
Pero también existe la ciudad que quiere seguir siendo barrio, y es el otro lado de la conversación, donde están quienes no hablan de ocupación, ingresos ni visitantes. Hablan de dormir, de permanecer, de sentido de pertenencia por un entorno que los vio crecer.
Durante las discusiones ciudadanas del POT aparecieron residentes de sectores de El Poblado, Laureles-Estadio, Belén, La América y otros lugares que contaron cómo las nuevas actividades económicas y turísticas comenzaron a mezclarse con la vida cotidiana de sectores residenciales, desplazando lo que a muchos los hicieron llegar a esos barrios, décadas atrás.
En la devolución del Cabildo del 18 de septiembre, una frase pronunciada por uno de esos habitantes terminó resumiendo buena parte de esa preocupación: “Vivir así no es vivir”.
No era una discusión abstracta sobre usos del suelo. Era una conversación sobre noches sin descanso, ruido, establecimientos, ocupación del espacio público y barrios que sienten que han ido perdiendo su tranquilidad. Y quizá allí se entiende mejor lo que está intentando hacer la revisión del POT.
No se trata de decidir entre una ciudad turística y una ciudad residencial. Medellín ya es ambas. Se trata de definir dónde puede desarrollarse una actividad y en qué condiciones para que su crecimiento no termine afectando aquello que hizo atractivo ese territorio en primer lugar: la posibilidad de habitarlo.
Por eso la propuesta no prohíbe la vivienda turística, la ordena. La revisión la reconoce como un servicio de hospedaje para estancias inferiores a 30 días que exige Registro Nacional de Turismo y las edificaciones requieren de licencia de construcción para establecer usos diferentes al residencial, en este caso, servicio de hospedaje. Pero, sobre todo, introduce una decisión territorial: no todos los barrios tienen que soportar la misma intensidad de actividades.
En las áreas de baja mixtura, donde predomina la vivienda, las condiciones son más restrictivas para proteger la vida residencial. En zonas de mayor mixtura y vocación económica existen mayores posibilidades para localizar el hospedaje turístico. Y la propuesta contempla además sectores donde esta actividad puede desarrollarse de manera anexa a la vivienda, sin desplazar su función principal.
Es una manera de reconocer algo que parece sencillo, pero resulta fundamental cuando se ordena una ciudad: una calle donde viven familias no funciona igual que un corredor comercial o una zona de alta actividad económica. “Medellín quiere seguir siendo una ciudad abierta al mundo, que recibe visitantes, genera oportunidades y reconoce la importancia del turismo. Pero también tenemos la responsabilidad de cuidar a quienes viven aquí. La propuesta busca ese equilibrio: que las actividades económicas tengan lugares adecuados para desarrollarse y que nuestros barrios puedan conservar las condiciones que hacen posible habitarlos”, explica Luz Ángela González Gómez, directora del Departamento Administrativo de Planeación
Ese equilibrio tampoco fue construido únicamente desde la mirada técnica. Durante el proceso de participación ciudadana llegaron 33 propuestas relacionadas con vivienda turística, 31 fueron acogidas. Hubo solicitudes de habitantes preocupados por la convivencia y la permanencia en sus barrios, pero también aportes del propio sector turístico, que pidió reglas claras, control a la ilegalidad, vigilancia de plataformas y reconocimiento de las distintas formas de prestar este servicio.
Tal vez allí esté el verdadero centro de esta discusión. Medellín quiere seguir recibiendo gente. Quiere que lleguen visitantes, que recorran sus calles, entren a sus restaurantes, conozcan sus barrios y descubran esa ciudad que durante años ha aprendido a mostrarse al mundo.
Pero para seguir siendo una ciudad que otros quieran visitar, primero tiene que seguir siendo una ciudad en la que su propia gente quiera, y pueda, vivir. Porque los primeros anfitriones de Medellín no están en una plataforma, son quienes la habitan.
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