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En una de las principales vías de ingreso al corregimiento San Cristóbal, donde cada fin de semana se mezclan sus habitantes con visitantes que buscan descubrir nuevos sabores, funciona Jhon Perrada. A simple vista parece un restaurante más. Sin embargo, detrás de cada plato, de cada objeto reciclado que decora sus paredes y de cada cliente que cruza la puerta, hay casi dos décadas de una historia marcada por el trabajo, la creatividad y la capacidad de volver a empezar cuando todo parecía perdido.
Lo que hoy es uno de los referentes gastronómicos y turísticos de San Cristóbal comenzó con un emprendimiento ambulante construido casi sin recursos. Desde entonces ha sobrevivido a cinco quiebras, problemas de salud, deudas, una pandemia y numerosas dificultades que habrían hecho desistir a muchos. Para Jhonathan Andrés Espinosa Muñoz, su fundador, cada caída terminó convirtiéndose en una nueva oportunidad para reinventarse y seguir apostándole al territorio donde nació y creció.
Mucho antes de que existiera Jhon Perrada, la vida de Jhonathan transcurría entre las mesas de El Palacio de las Fresas, un negocio tradicional de San Cristóbal con más de cinco décadas de historia. Tenía apenas siete años cuando empezó a recorrer el salón llevando copas de fresas con crema y melocotón con crema mientras observaba, casi sin darse cuenta, cómo funcionaba un restaurante desde adentro.
Como el mayor de cuatro hermanos, creció bajo la disciplina de un padre que había conocido el desplazamiento y las dificultades económicas. Mientras otros niños jugaban, él aprendía que el trabajo hacía parte de la vida cotidiana. «Desde los siete años yo trabajaba como mesero. Me tocaba llevar las copas de fresas con crema y de melocotón con crema a las mesas. Mi papá era muy disciplinado, pero yo siempre tuve las ganas de ayudar«, recuerda. Sin saberlo, entre esas mesas comenzaba a forjarse el futuro emprendedor que llevaba por dentro
Aunque su padre imaginaba que algún día asumiría el negocio familiar, Jhonathan tenía otro propósito: construir su propio proyecto de vida. En el bachillerato propuso obtuvo uno de los mejores promedios para acceder a una beca y continuar estudiando. Y fue así como gracias al Presupuesto Participativo ingresó al Instituto Tecnológico Metropolitano; allí estudió Tecnología en Electromecánica y luego Administración de Empresas e inició Diseño Gráfico.
Su idea de crear un restaurante nació lejos de una cocina. Mientras estudiaba en el ITM, Jhonathan fue a la casa de un compañero para hacer un trabajo académico. Allí probó un desgranado y la idea apareció casi de inmediato. «Yo lo vi y pensé: esto no existe en San Cristóbal. Aquí nadie vende algo así».
Tener la idea era apenas el primer paso. Lo difícil era encontrar cómo poner en marcha su idea. Él era estudiante, trabajaba como mesero en un negocio familiar y apenas contaba con algunos ahorros. No había inversionistas, socios ni créditos. Solo estaban las ganas de intentarlo y la fe de que ese producto podía tener un lugar en San Cristóbal y entonces apareció una ayuda inesperada. Su abuelo le dijo: «Mijo, yo tengo un carro de perros. Venga por él». Convencido de que por fin tenía el equipo que necesitaba, fue por él, pero al llegar descubrió que la realidad era muy distinta. «Cuando lo vi pensé: esto no es un carro de perros, era de buñuelos«.
No se desanimó y decidió convertir eseerror en una oportunidad. Con los conocimientos que adquirió estudiando electromecánica desmontó piezas, modificó estructuras, adaptó una plancha, instaló nuevos sistemas de trabajo y construyó un techo plegable de aluminio mucho más grande que el propio carro. Con ese vehículo nació El Acertijo, el primer nombre de su emprendimiento, inspirado en la curiosidad que despertaban sus productos. Desde allí empezó a vender desgranados, crepes, tacos y otras recetas poco comunes para la época en San Cristóbal.
El 11 de febrero de 2006 fue su estreno. Recorrió calles y veredas repartiendo volantes en bicicleta promoviendo su emprendimiento, consiguió equipos de sonido prestados, reunió a su grupo musical y organizó una inauguración que imaginaba como el comienzo de una larga historia de éxito. Pero la realidad fue distinta. Apenas comenzó el evento, un fuerte aguacero cayó sobre San Cristóbal. El agua estropeó todo: el computador, el sonido, algunos micrófonos y entonces los músicos tuvieron que terminar la presentación prácticamente a capela.
Los problemas no pararon ahí. En medio de todo, Jhonathan terminó cortándose varios dedos mientras preparaba los alimentos y al día siguiente descubrió que gran parte de la mercancía se había dañado, porque aún no conocía los tiempos adecuados de conservación de los productos. «De entrada me quebré«, recuerda. Aquella primera caída llegó antes de que el negocio lograra despegar, pero lejos de convertirse en el final del proyecto, terminó siendo la primera gran lección. Aprendió sobre administración, planeación y manejo de alimentos, entendió que emprender también es equivocarse y siguió adelante, convencido de que todavía valía la pena intentarlo.
Los primeros años fueron de incertidumbre. Mientras la gente le recomendaba vender solo los productos tradicionales del corregimiento, Jhonathan insistía en ofrecer algo diferente y así fue como poco a poco, unas preparaciones comenzaron a sobresalir por encima de todas: las perras.
El éxito de ese producto hizo evidente que la marca ya no representaba lo que realmente buscaban los clientes. El cambio surgió de manera inesperada cuando un hombre llegó al puesto pidiendo insistentemente «una de esas perras«. La expresión quedó dando vueltas en su cabeza. A partir de entonces comenzó a bautizar sus preparaciones con nombres como Perra Ingrata, Perra Infiel, Perra Ranchera y Perra Paisa, hasta que el público dejó de preguntar por El Acertijo y empezó a buscar simplemente a «las perras«. Fue entonces cuando un amigo le lanzó una idea que terminaría cambiando el rumbo del negocio. «¿Y por qué no le pone su nombre?». Después de pensar varias opciones apareció Jhon Perrada, un nombre que conservaba el producto que había hecho famoso al restaurante y, al tiempo, le daba una identidad propia. Sin quererlo, acababa de encontrar una marca cercana, fácil de recordar y con personalidad para trascender.

Con el paso de los años el restaurante se consolidó, pero las dificultades continuaron. Jhonathan calcula que ha enfrentado cinco quiebras importantes. Algunas consecuencia de la inexperiencia propia de quien aprende haciendo; otras por decisiones empresariales equivocadas, situaciones personales o circunstancias completamente ajenas a su voluntad.
Mientras estudiaba, trabajaba y sostenía el negocio, enfrentó dos rupturas sentimentales y problemas de salud que le ocasionaron una afección neurológica y reclamaciones laborales que lo obligaron a mejorar la estructura administrativa del negocio, pero el golpe más duro fue en la pandemia. Había adquirido un crédito para ampliar la cocina, cuando el confinamiento hizo desaparecer las ventas casi de un día para otro.
«Cuando parecía que todo estaba perdido, tocó reinventarse otra vez«, recuerda. Y fue ahí que recibió una llamada inesperada. El equipo de RCN Internacional lo invitó al programa Trendiando, conducido por Hernán Orjuela, para contar su historia. La entrevista fue emitida en Estados Unidos, Europa y Colombia, llevando el nombre de Jhon Perrada y de San Cristóbal a miles de personas.

El efecto fue inmediato. Durante varios meses el restaurante permaneció lleno de visitantes atraídos por la historia. La demanda creció tanto que tuvo que ampliar la operación, contratar más personal y reorganizar el servicio. «Esa fue la bendición después de pandemia«. Luego de tantos años levantándose una y otra vez, aquella entrevista se convirtió en el impulso que necesitaba para recuperar el camino y consolidar definitivamente la marca que había construido desde cero.
El reconocimiento que fue ganando Jhon Perrada no se quedó solo en la cocina. El restaurante se convirtió también en una fuente de empleo para habitantes de San Cristóbal y en un motor para otros emprendimientos del corregimiento. Ese es uno de los logros que más orgullo le produce. «Este emprendimiento ha ayudado a mucha gente. Esa es una de las cosas que más feliz me hace».
Con esa misma convicción comenzó a promocionar gratis, desde las redes sociales de Jhon Perrada, restaurantes, cafés, alojamientos rurales, glampings, viveros, experiencias de parapente y otros negocios locales. Incluso creó un directorio digital para orientar a quienes visitan a San Cristóbal y conectarlos directamente con los emprendedores del corregimiento.
Ese compromiso con el desarrollo del territorio lo llevó a vincularse al proyecto de fortalecimiento agroecoturístico impulsado por la Alcaldía de Medellín, a través de la Secretaría de Turismo y Entretenimiento y financiado con recursos de Presupuesto Participativo. Allí recibió asesoría empresarial para fortalecer su modelo de negocio y formación especializada para incorporar nuevas herramientas tecnológicas y modernizar el restaurante. «Lo más valioso no fue el incentivo económico, sino el conocimiento y las personas que llegaron a mostrarnos otras formas de hacer las cosas«, recuerda.
Ese proceso también le trajo nuevas oportunidades al restaurante, que por ese acompañamiento recibido, fue integrado a Medellín Sí Sabe, una estrategia que reconoce y fortalece algunas de las propuestas gastronómicas más representativas de la ciudad. Para él, esto fue mucho más que un reconocimiento: fue la confirmación de que un emprendimiento que comenzó en un viejo carro de buñuelos se pudo posicionar entre las propuestas culinarias representativas de Medellín. Participó en certificaciones, capacitaciones con reconocidos chefs y eventos gastronómicos que fortalecieron su propuesta y consolidaron al restaurante como uno de los principales referentes de comida y turismo de San Cristóbal.
Luego de más de tres décadas trabajando, de estudiar mientras sostenía varios empleos, superar cinco quiebras y construir una empresa reconocida dentro y fuera del corregimiento, hay algo que Jhonathan todavía espera. No es un premio ni un reconocimiento empresarial. Es una frase que no ha escuchado directamente de quien más admira. «Mi papá nunca ha sido de decir ‘te quiero’ o ‘estoy orgulloso de vos’. Yo sé que lo siente porque se lo dice a todo el mundo. La gente me cuenta que habla maravillas de mí. Pero yo todavía espero que un día me mire a los ojos y me diga: hijo, me siento orgulloso de usted’”.

Habla de ese anhelo sin resentimiento. Por el contrario, reconoce que buena parte de lo que ha logrado es fruto de la disciplina, el ejemplo y la ética de trabajo que heredó de su padre y sabe que él y su madre han sido los mejores embajadores del restaurante, recomendándolo a donde van y llevando clientes de todas partes del país. «Mis papás son la mejor publicidad que he tenido», pero admite que esas palabras siguen siendo una deuda pendiente que espera escuchar algún día.

Jhonathan ya no mide el éxito únicamente por el crecimiento del restaurante. Lo ve en las oportunidades que ha generado para otras personas, en los emprendimientos que ha ayudado a visibilizar y en la posibilidad de seguir aportándole al lugar donde nació. Por eso, cuando piensa en el futuro, su mayor aspiración va más allá de su logro empresarial. “Después de que muera quiero ser recordado, no por lo que construí, sino por lo que hice por los demás».

Esa frase resume mejor que cualquier otra su historia. Porque detrás de Jhon Perrada no solo hay un restaurante exitoso, sino un hombre que aprendió a convertir cada caída en un nuevo comienzo y que entendió que el verdadero éxito tiene más sentido cuando también sirve para abrirles camino a otras personas.