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Omaira Pineda

Omaira Pineda: cuida a su madre, a 25 niños y a sí misma gracias al primer Centro de Lavado Comunitario instalado en Medellín

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Medellín en Historias | Secretaría de las Mujeres
Por: Tatiana Balvín Rodríguez. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

A las seis de la mañana, cuando el barrio Las Granjas en Manrique apenas empieza a moverse, Omaira Pineda ya está despierta. Tiene 65 años, es viuda desde hace 29 y su...

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  • A las seis de la mañana, cuando el barrio Las Granjas en Manrique apenas empieza a moverse, Omaira Pineda ya está despierta. Tiene 65 años, es viuda desde hace 29 y su día comienza mucho antes de que el resto de la cuadra abra los ojos.

    Omaira Primero escucha. Ese silencio que para otros es descanso, para ella es alerta. Su mamá, de 86 años, duerme en el segundo piso. Sufre de osteoporosis y tiene problemas en la columna. Subir y bajar las escalas es un riesgo constante. “Hay que estar muy pendientes”, dice Omaira. Pendiente de que no se tropiece. Pendiente de la pastilla que debe tomar a las nueve. Pendiente del desayuno. Pendiente de la cita médica que toca pedir. Pendiente de todo.

    Su papel de cuidadora

    Ser cuidadora, explica, es estar al tanto de alguien que necesita apoyo. Es darle buen trato. Es procurar que, pese a la enfermedad, tenga una vida digna. “Que no se pueda ir desamparada”, dice con una convicción que no necesita adornos.

    Omaira Pineda

    Omaira Pineda y su madre

    Pero Omaira no solo cuida a su mamá. Cada ocho días reúne a 25 niños y niñas de la cuadra, es líder voluntaria del INDER y organiza actividades para que tengan un espacio seguro donde jugar, hablar y sentirse escuchados. A veces logra que un psicólogo en prácticas los acompañe. A veces simplemente los escucha ella.

    “Digo que soy cuidadora de todos, porque a veces los niños lloran con muchos problemas”, cuenta. Problemas que llegan envueltos en silencios, en ausencias, en hogares donde también hay sobrecarga y cansancio.

    Su casa es un punto de encuentro. Hay días en que las mamás no tienen dónde dejar a sus hijos mientras trabajan y ella les dice: “Déjenlos, que yo los cuido”. Así, sin formalidades, como quien entiende que el cuidado no siempre cabe en una agenda institucional.

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    Su día a día

    Un día normal de Omaira es una suma de pequeñas responsabilidades que se encadenan sin pausa. Se levanta entre seis y siete de la mañana. Acompaña a su madre en el despertar, en el desayuno, en la rutina de medicamentos. Hace los oficios de la casa. Organiza citas médicas. Sale a hacer vueltas. Regresa. Está pendiente de que su mamá descanse. Y si queda un espacio -apenas un respiro- asiste los martes al Círculo de Cuidado.

    Allí ha aprendido algo que no le enseñaron cuando empezó a cuidar hace cuatro años: que quien cuida también necesita cuidado. “Ya he entendido que el cuidador no puede entregarse de tiempo completo sin saberlo controlar”, dice. Es una frase sencilla, pero detrás hay años de desgaste acumulado.

    Omaira también es diabética. “Hasta ahora me siento bien”, afirma, aunque su cuerpo ha sostenido durante años el peso físico y emocional de las tareas invisibles. Sus tres hijos no viven con ella, pero cuando pueden pasan a relevarla un par de horas para que salga. Ellos están de acuerdo en que ella también necesita su espacio, sin embargo, la mayor parte del tiempo la responsabilidad es suya.

    El Centro de Lavado

    En ese contexto, el Centro de Lavado Comunitario de la comuna 3, implementado por la Alcaldía de Medellín, por intermedio de la Secretaría de las Mujeres, aparece como algo más que una lavandería. Cuando le preguntan qué significa para ella, no duda: “Eso le quita mucha carga a uno”. Porque lavar no es solo meter la ropa en una máquina. Es clasificar, remojar, esperar, extender, estar pendiente de si llovió, recoger, doblar, guardar. Es tiempo fragmentado que se va en silencio. Es energía física que se agota. Es una tarea que rara vez se reconoce como trabajo.

    En el Centro de Lavado, cada familia podrá acceder a dos ciclos semanales de lavado, secado y doblado. Para Omaira, eso se traduce en cuatro horas liberadas a la semana. Cuatro horas que, por primera vez en mucho tiempo, no estarán destinadas exclusivamente a otros. “Esas dos horitas las puedo invertir en mí misma”, dice. Y luego añade algo que resume la experiencia de muchas mujeres cuidadoras: “A veces el cuidador no se dedica tiempo. Todo es para la persona que está cuidando y muchas veces no queda tiempo para uno”.

    Centro de Lavado

    Centro de Lavado

    Tiempo para caminar sin afán. Tiempo para ir a una actividad del Círculo sin sentir culpa. Tiempo para descansar. Tiempo para lo que ella llama, con una sonrisa tímida, “una caricia para uno”.

    En las reuniones donde se socializa el proyecto, algunas mujeres dudan. Les da pena llevar la ropa. Temen que la mezclen con la de otras familias. No saben cómo sacar el tiempo para acercarse. Omaira escucha esos miedos y responde desde su experiencia.

    “Uno es cuidador, pero también se tiene que sacar el tiempo”, insiste. “Y más para una cosa de esas que nos va a servir mucho”.

    Ella sabe de qué habla. Ha visto mujeres “muy esclavizadas y muy solas”, como dice sin rodeos. Mujeres que sienten que no pueden soltarse ni una hora. Que creen que su valor está en resistir sin descanso.

    Omaira Pineda

    Omaira Pineda y Círculo del Cuidado

    Por eso, además de beneficiaria, se ha convertido en promotora del Centro. Habla con vecinas que de verdad lo necesitan. Las anima. Les explica que no se trata solo de lavar ropa, sino de reconocer que el cuidado no puede seguir recayendo únicamente sobre los hombros de las mujeres. “Me parece un proyecto muy bonito”, dice. “Muy importante”.

    En Manrique, donde las casas están pegadas unas a otras y las historias se comparten de balcón en balcón, el Centro de Lavado Comunitario empieza a ser conversación diaria. Para algunas será alivio. Para otras, un primer paso hacia la redistribución del tiempo. Para Omaira, es una oportunidad de equilibrio.

    No dejará de cuidar a su madre. No dejará de acompañar a los niños de la cuadra. No dejará de ser esa mujer que sostiene redes invisibles. Pero ahora, en medio de esa rutina que comienza antes del amanecer y termina entrada la noche, habrá un espacio reservado para ella.

    Cuatro horas a la semana pueden parecer poco. Para una mujer cuidadora, pueden significar la diferencia entre sobrevivir y respirar.

    Omaira Pineda

    Omaira Pineda

    En la comuna 3, Manrique, Omaira Pineda lo tiene claro: cuidar también implica aprender a cuidarse. Y por primera vez en mucho tiempo, ese aprendizaje viene acompañado de una máquina que lava, seca y manos que doblan, mientras ella recupera algo que siempre fue suyo: su tiempo.


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