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Después de una vida dedicada a sacar adelante a su familia y con pocas oportunidades para estudiar, Luz Omaira Restrepo Londoño encontró en la formación una manera de...
Después de una vida dedicada a sacar adelante a su familia y con pocas oportunidades para estudiar, Luz Omaira Restrepo Londoño encontró en la formación una manera de recuperar un sueño de infancia: crear con sus propias manos. Hoy fortalece su emprendimiento de marroquinería, macramé y bisutería, una actividad que le permite desarrollar sus capacidades y avanzar hacia una mayor autonomía económica en Medellín.
Su historia se cruza con la de Samirha Serrano Romero, una mujer que convirtió su vocación de servicio en una forma de abrir caminos para otras. Como emprendedora y gestora comunitaria, conecta a mujeres con oportunidades de formación, emprendimiento y generación de ingresos, especialmente a quienes enfrentan barreras para acceder a ellas. Ambas llegan a Decididas, estrategia de la Secretaría de las Mujeres, desde lugares diferentes, pero sus historias se encuentran en un mismo propósito: fortalecer las capacidades de las mujeres, promover su autonomía económica y acompañarlas para que tomen decisiones sobre sus proyectos de vida y construyan nuevas oportunidades para transformar sus historias.
Luz nació en Jericó, Antioquia, hace 59 años. Siendo muy pequeña se fue con su familia: primero vivió en Manizales y luego llegó a Medellín, donde creció junto a sus padres y sus once hermanos, tres hombres y nueve mujeres. En una familia tan numerosa había que compartirlo todo y colaborar desde temprano con las tareas de la casa. Su paso por la escuela terminó en quinto de primaria.
Las necesidades familiares la acercaron más a las labores domésticas que a los cuadernos. Ayudaba a su mamá y a sus hermanas, pero desde niña descubrió su gusto por la modistería. Jugaba con sus hermanas a las muñecas y cortaba retazos de tela para coserles ropa a mano. Soñaba con tener una máquina y hacer sus propios diseños. Décadas después, aquella afición volvería a su vida.
Luz es madre de un hijo que hoy tiene 26 años. Cuando él era pequeño, vivió durante 13 meses con su padre, en una relación marcada por agresiones físicas, insultos y miedo. Una de las escenas que más recuerda ocurrió cuando el hombre comenzó a apretarle el cuello. Al verla, el pequeño lo mordió en la cadera para intentar que la soltara.
Después de aquella escena y de muchas otras que había soportado, Luz entendió que tenía que irse. Uno de sus cuñados le habló con claridad: tenía que escoger entre su familia y una persona que la maltrataba. Ella tomó una decisión que cambiaría su vida: dejó al padre de su hijo y comenzó a construir, sola, un camino distinto.
Durante los seis años siguientes trabajó donde encontraba una oportunidad: en una tienda, en almacenes y haciendo aseo en casas de familia. Mientras conseguía quién cuidara a su hijo, buscaba la manera de llevar comida a casa y pagar el arriendo. No tenía estudios más allá de la primaria ni un oficio que le abriera muchas puertas. Tenía que aprender sobre la marcha para sacarlo adelante.
“Uno qué hace sin tener estudios, sin saber nada, ¿qué más va a hacer?”, se pregunta hoy al recordar aquellos años. Y, sin embargo, lo hizo. Su hijo creció, terminó el bachillerato, consiguió trabajo y se independizó. Con el tiempo, Luz volvió a encontrar el amor y conoció a quien hoy es su esposo, su compañero desde hace 18 años. Cuando su hijo dejó de necesitarla, comenzó a preguntarse qué quería hacer con los años que tenía por delante.
La respuesta apareció en forma de cursos. Hace unos tres años, Luz volvió a acercarse a la formación y recuperó algo que la acompañaba desde niña: el gusto por crear con las manos. Empezó con marroquinería, donde aprendió a elaborar bolsos, porta documentos y llaveros. Después llegaron el macramé y la bisutería. En una exposición en Itagüí llevó algunos productos y vendió varios bolsos hechos a mano.
Aquella experiencia le mostró que lo que durante años había sido un gusto también podía convertirse en una oportunidad para generar ingresos. Hoy no tiene un local ni maneja redes sociales. Sus sobrinas la ayudan con ese mundo digital que todavía le resulta desconocido, mientras ella se concentra en escoger materiales, cortar, coser y darle forma a cada pieza.
“Yo poder hacer eso con mis manitos”, dice mientras mira sus manos. La frase le quiebra la voz y sus ojos se llenan de lágrimas. Esas mismas manos con las que hoy cose, arma y crea conviven desde hace cerca de diez años con la artritis. También ha pasado por una cirugía de hombro y hay días en que el dolor y la rigidez dificultan algunas tareas. Por eso, cuando habla de lo que ha aprendido, también habla de volver a reconocer sus propias capacidades.
A sus 59 años, regresar a un espacio de formación significa reservar un tiempo para ella y darse la oportunidad de construir algo propio. Ahora quiere enfocarse en la marroquinería, trabajar desde casa, aprovechar las cuatro máquinas que tiene y, algún día, contar con una mesa para exhibir sus productos.
Samirha Serrano Romero nació hace 51 años y creció entre Colombia y Venezuela. Desde pequeña aprendió en su familia que ayudar a otros podía ser una forma de vida. Su abuelo paterno murió mientras intentaba salvar a varias personas de un accidente en el río y su abuela participaba en actividades del pueblo. En Venezuela, ese interés por servir tomó forma cuando se vinculó como voluntaria de la Cruz Roja Venezolana y comenzó a acercarse a personas que atravesaban situaciones difíciles.
Las escuchaba, conversaba con ellas y, en ocasiones, compartía una comida. Una de esas historias fue la de un profesor de inglés que había sido expulsado de su casa por su consumo de drogas. Samirha comenzó a ayudarlo con sus estudios. Tiempo después dejó de encontrarlo, hasta que un año más tarde lo reconoció en el metro. Estaba completamente cambiado. Aquel encuentro reforzó una convicción que todavía la acompaña: una conversación, un voto de confianza o hacerle sentir a alguien que tiene capacidades puede ser el comienzo de un cambio.
Hoy, esa forma de acompañar está presente en su trabajo comunitario. Desde la Corporación Alianza Creativa, donde lleva cuatro años, articula con el SENA, los Centros Intégrate y otras entidades para acercar formación y herramientas a las comunidades. Su trabajo está especialmente dirigido a mujeres, entre ellas madres cuidadoras, migrantes venezolanas, colombianas retornadas y población de acogida, a quienes escucha para conocer sus necesidades y buscar respuestas.
Para Samirha, escuchar también es acompañar. Hay mujeres que no necesitan de inmediato una solución, sino sentir que alguien las escucha y les da un voto de confianza. Por eso las orienta en sus ideas de negocio y las conecta con entidades que pueden ayudarles a fortalecer sus capacidades. Su propósito es que descubran ese potencial que muchas veces ellas mismas desconocen.
Hace diez años Samirha regresó a Colombia y tuvo que comenzar de nuevo. Su primer trabajo fue en el sector gastronómico: llegó a lavar platos en un restaurante de Santa Fe de Antioquia y poco después aprendió cocina y panadería. Con el tiempo creó Organic Nutrición, un emprendimiento familiar de alimentos nacido durante la pandemia. Paralelamente, volvió a vincularse con organizaciones y procesos comunitarios.
Fue gestora territorial de la comuna 7, experiencia que le permitió conocer de cerca las necesidades de personas colombianas y venezolanas. Caminó barrios, escuchó a mujeres y entendió que muchas veces las oportunidades existen, pero no llegan a quienes pueden necesitarlas. Desde entonces, conectar se convirtió en parte fundamental de su trabajo: identificar necesidades y acercar a las personas con las entidades que pueden responder a ellas.
Esa labor también la ha llevado a fortalecer su emprendimiento y participar en espacios de comercialización de la Alcaldía de Medellín. A través de la Secretaría de Desarrollo Económico, ha encontrado oportunidades en los Mercados Campesinos, donde da a conocer sus productos y se acerca a nuevos clientes. También participa en espacios de Hecho en Medellín, a través de los Centros de Emprendimiento y Empleabilidad.
Así fue como llegó hasta Luz Omaira. En una feria, Samirha conoció la posibilidad de vincular a emprendedores y artesanos de la zona y pensó en las mujeres que ya conocía. Entre ellas estaba Luz, con sus bolsos y piezas elaboradas a mano. Tomó sus datos y compartió la información que podía acercarla a nuevos espacios de comercialización. Para Luz, fue una puerta; para Samirha, otra oportunidad de poner en práctica una labor que lleva años construyendo.
Ahora, desde Decididas, Samirha también quiere cruzar algunas puertas propias. Participará como beneficiaria de esta estrategia de la Alcaldía de Medellín, que brinda formación, orientación y acompañamiento para que las mujeres fortalezcan sus proyectos de vida y avancen en ámbitos como educación, empleo, emprendimiento y participación.
Para ella, una mujer decidida es aquella que, incluso desde su casa y mientras cuida a otros, puede detenerse y decir: “Yo también soy importante. Yo también tengo derecho a recibir estas herramientas”. Hoy, esa idea también la incluye. Después de años acompañando a otras, Samirha se dispone a fortalecer su propio camino.
Luz Omaira y Samirha coinciden hoy en Decididas, estrategia de la Alcaldía de Medellín, a través de la Secretaría de las Mujeres, que en 2026 abrió 3000 cupos para mujeres mayores de 14 años, con prioridad para quienes enfrentan mayores barreras de acceso a oportunidades.
La estrategia ofrece formación, orientación, acompañamiento, mentorías, ferias de empleo y espacios de comercialización en áreas como educación, participación, empleo y emprendimiento. Para Luz, representa la posibilidad de darle continuidad a un proceso que ya comenzó: perfeccionar la marroquinería, mejorar sus productos y convertir una habilidad en una alternativa de generación de ingresos.
Para Samirha, significa ocupar ahora el lugar de quien también recibe herramientas. Después de años de escuchar, orientar y conectar a otras mujeres con oportunidades, participa para fortalecer su propio proyecto y continuar desarrollando sus capacidades.
Luz ya tiene claro qué quiere: “Como enfocarme bien en la marroquinería”. A sus 59 años, tiene cuatro máquinas, experiencia y el deseo de seguir aprendiendo. Su historia muestra que nunca es tarde para retomar un sueño y convertirlo en una posibilidad de autonomía económica.
Y cuando le preguntan qué le diría a otra mujer que tiene un talento, pero todavía duda de sí misma, responde sin vacilar: “Uno sí puede. Uno sí es capaz. Uno, en lo que se meta, en lo que quiera, logra lo que quiere”. En esa frase también se encuentran las historias de Luz y Samirha: dos mujeres que, desde lugares distintos, decidieron reconocer sus capacidades y seguir construyendo nuevas posibilidades para sus vidas.