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El trabajo de Recimed se optimizó gracias a un montacargas que la cooperativa adquirió con recursos adjudicados por la Alcaldía de Medellín como parte del Incentivo al Aprovechamiento y Tratamiento de Residuos (IAT). El resto del dinero asignado es para dos camiones que comprarían en el primer semestre de este año.
El montacargas elevó sus brazos y puso en el camión dos pacas de plegadiza (cartón delgado, utilizado para cajas de medicamentos, cosméticos y alimentos), cada una de 500 kilos. Meses atrás, cuando no estaba este vehículo, los recicladores movían las pacas en una carreta dentro de la bodega y, para llevarlas al carro que las transporta hasta la empresa compradora, buscaban a un montacarguista con su respectiva máquina para que apoyara la tarea.
Transcurre una mañana de miércoles de sol radiante en Medellín. El camión está parqueado en las afueras del acopio de la cooperativa Recimed, ubicado en el barrio Jesús Nazareno de la comuna 10 (La Candelaria, Centro), cerca de la estación Prado del metro. Ya tiene más de 10 pacas acomodadas y en un rato saldrá desde esta sede, propiedad de la Alcaldía que usa Recimed en comodato.
La cooperativa adquirió el montacargas este año gracias a los recursos que le adjudicó la Alcaldía de Medellín como parte del Incentivo al Aprovechamiento y Tratamiento de Residuos (IAT). Fueron 385 millones de pesos. De ellos, $143 millones fueron destinados al montacargas, en tanto que el resto del dinero es para dos camiones que comprarían en el primer semestre de este año.

Recimed
Recimed se postuló al IAT y fue la primera beneficiada. La organización local, que nació en 2006, cuenta con 250 socios, 21 trabajadores vinculados y cinco prestadores de servicios. Su director, Diego Ceballos, estima que más de mil personas dependen económicamente de la cooperativa.
Tres toneladas
El montacargas funciona con gas, transporta hasta tres toneladas y puede levantar sus brazos a una altura de seis metros. Lo conduce Andry Mavare, un barranquillero que lleva ocho años en la capital antioqueña; siete de ellos, laborando en esta cooperativa, donde también ha cumplido funciones compactando material y pesándolo en la báscula. “Con el montacargas se hacen los despachos mucho más rápido”, comenta desde el vehículo.

El montacargas funciona con gas, transporta hasta tres toneladas y puede levantar sus brazos a una altura de seis metros. Lo conduce el barranquillero Andry Mavare.
En esta acción del Distrito participaron las secretarías de Medio Ambiente, Gestión y Control Territorial y Desarrollo Económico. Mario Ramírez, subsecretario de Gestión Ambiental, expresa: “Estos recursos permiten a las organizaciones de recicladores mejorar su operación y aumentar el aprovechamiento de residuos, generando un impacto positivo en la ciudad y en las condiciones de quienes realizan este trabajo”.
Un avance que destacan los recicladores. Jorge Arturo Rivera Herrera, socio de Recimed, considera que el montacargas “es una gran ayuda. Sirve para cargar camiones con papel, PET (plástico ligero, muy usado en envases de bebidas) y otros materiales”. Por su parte, Lina María Gómez Ledesma, otra recicladora socia de la cooperativa, recuerda que sin el montacargas era duro el movimiento de las pacas.
Adicionalmente, Diego Ceballos resalta otro beneficio: ya no tienen que alquilar servicio de montacargas y ese dinero lo destinan al mantenimiento de su propio vehículo.
Recuperadores ambientales
Decía un profesor universitario de la ciudad que una buena forma de llamar a los recicladores es recuperadores ambientales, por su gran contribución al cuidado del medio ambiente.
Esta mañana varios de ellos están trabajando en la bodega de Recimed. Caminan entre costalados de plástico, cartón, papel, vidrio… Una colega que acaba de llegar con el material que recogió en su labor espera afuera, en el andén, con su carretilla verde.

Esta recicladora llegó con material hasta el acopio de Recimed
Adentro, sentada, Gilma Luz Saldarriaga separa plegadiza y otros tipos de residuos. Canosa y simpática, llegó a Medellín a los 27 años de su pueblo, El Carmen de Atrato (Chocó). Tuvo cinco hijos y uno de ellos murió. Además, quedó viuda hace cuatro años. Durante una época se dedicó a recoger material reciclable. En sus palabras, andaba las calles “con tula y carreta”.

Gilma Saldarriaga trabaja en el acopio de Recimed separando material reciclable.
Vive en el barrio Villatina de la comuna ocho (Villa Hermosa), oriente de la ciudad, y de lunes a sábado trabaja en el acopio. “Estaba enferma, volví y me dieron trabajo y ahora estoy como un relojito. Para mí es un orgullo ser recicladora, porque el reciclaje me da salud. ¿Le parece poquito trabajar por el medio ambiente y enseñarles a reciclar a los que no saben? El reciclaje me ha ayudado a darles carrera profesional a dos hijos”, dice esta mujer de 69 años.
Mía
Hasta 220 toneladas de material reciclable llegan a la cooperativa en un mes. Y ocurre que tantas botellas, cajas y cerros de papel ocultan historias como la de Mía, una gata que trata con cariño a propios y visitantes.

Jorge Arturo Rivera, reciclador y socio de Recimed, con Mía, la mascota que adoptaron en la cooperativa
En medio de su oficio, hace cuatro años un reciclador recogió unas cajas de cartón sin saber que en una de ellas estaba la felina recién nacida. El hombre entregó el cartón en el acopio y cuando lo estaban alistando para acomodarlo se escuchó el maullido. Entonces, la sacaron de la caja y la adoptaron como mascota de la cooperativa.
Los 250 socios y otros recicladores recopilan los residuos y los llevan al acopio en carretillas, carros de rodillos o al hombro, o se los entregan a los operarios de la cooperativa que cubren diferentes rutas y los recogen en un camión. “El material llega separado, se pesa, se le paga al reciclador, se selecciona, se compacta y se despacha para la gran industria”, explica Diego Ceballos.
A los recicladores se les paga por kilo. En promedio, un kilo de PET o de papel de archivo, a 700 pesos; de cartón o de chatarra, a $500; de pasta, a $1000; de plegadiza, a $200; de bolsas de plástico, a $300, y de vidrio, a $100.
Diego habla de las ventajas de contar con el montacargas: “Hace dos años teníamos uno, pero en mal estado y mover tantos kilos es complejo. Con esta máquina mejoró el rendimiento y disminuimos tiempos de despacho”.

Imágenes en las afueras del acopio de material reciclable, ubicado en el barrio Jesús Nazareno, cerca de la estación Prado del metro
También informa que, con el apoyo de fundaciones e instituciones educativas, hacen trabajo social para beneficiar al reciclador y su grupo familiar. Por ejemplo, ejecutan un proyecto educativo de lectoescritura y acciones para el mejoramiento de vivienda.
De padre a hija
Lina María Gómez Ledesma nació en Medellín hace 52 años y en los últimos 10 ha trabajado como recicladora. Es socia de Recimed. Su papá, Iván Gómez, es reciclador desde que tenía 14 años y es uno de los fundadores de la cooperativa. Él, a sus 79 años, se sigue desempeñando en este oficio.

Lina María Gómez Ledesma nació en Medellín hace 52 años y en los últimos 10 ha trabajado como recicladora. Es socia de Recimed
Lina tiene cuatro hijos y cuatro nietos. En el Jardín Botánico separa residuos reciclables y cada ocho o 15 días envía una tonelada para el acopio de Recimed. Cuando no está en el Jardín, labora como operaria en la bodega de la cooperativa. “Quisiera pensionarme aquí, organizar mi casa y hacerle un segundo piso”, expresa.
“Soy feliz reciclando”
Jorge Arturo Rivera Herrera vive en el barrio Santander de la comuna seis (Doce de Octubre). Nació en Betulia, Suroeste de Antioquia, y desde los 15 años se vino para Medellín. En su pueblo trabajó cogiendo café y fue embolador; en la ciudad vendió mangos y de 18 años empezó a reciclar en el barrio Santander y en el vecino Florencia (comuna cinco, Castilla).

Jorge Arturo Rivera Herrera trabaja como reciclador desde los 18 años. Es socio de Recimed
“En los 80, en las calles nos tiraban basura en la cabeza y no nos reconocían como recicladores. Ya en los 90 mejoró el trato para nosotros, comenzamos a usar uniforme y carnet”, recuerda.
Todos los días se levanta a las 3:00 a. m. y trabaja hasta las 6:00 p. m. Recorre la comuna seis. Sale de su casa con un coche de bebé y en él transporta lo que encuentra para reciclar: “Me meto a las canecas a separar, es un trabajo al sol y al agua. A veces salen ratas y cucarachas. No me he cortado, no uso tapabocas”.
“Compré casa de cuenta del reciclaje y de lo que ahorré desde niño”, dice este señor de 62 años, quien tiene seis hijos y varios nietos: “Soy feliz reciclando, porque con mi labor dura más el tiempo de la gente y merma la contaminación en el planeta”.

Bodega de la cooperativa Recimed. Al fondo, el montacargas levanta pacas de material reciclable
El cuaderno de Jorge
Además, Jorge es escritor. “Somos eslabones de una cadena mundial, salvando y protegiendo al género humano y al medio ambiente. Los recicladores somos como los poros de la piel; por medio de nosotros, todos respiramos”, afirma.
Va anotando sus pensamientos en un cuaderno, sobre todo los relacionados con la naturaleza. “Escribí el libro Historia de los recicladores”, agrega este hombre tuso y canoso.
Al salir de la oficina en la que conversamos se escucha el vallenato que suena abajo, en el acopio, mientras los operarios continúan con sus tareas. Uno de ellos compacta cartón en una máquina. Al lado está, apagado, el vehículo que les mejoró su labor en la bodega: el montacargas. Los trabajadores alistan las pacas que despachan en las mañanas hacia empresas que aprovechan de nuevo estos residuos en su producción. Así, la materia se reutiliza en un ciclo de protección del medio ambiente y economía circular.