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Una historia labrada a pulso para resaltar la vida de los campesinos y las campesinas de Medellín

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Medellín en Historias | Secretaría de Desarrollo Económico

Cada mañana, cuando un habitante de Medellín se sienta a la mesa y disfruta de una ensalada fresca, unos huevos con aliños o un chocolate con leche, pocas veces se det...

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  • Cada mañana, cuando un habitante de Medellín se sienta a la mesa y disfruta de una ensalada fresca, unos huevos con aliños o un chocolate con leche, pocas veces se detiene a pensar en el viaje que hicieron esos alimentos. Detrás de cada lechuga, de cada tomate y de cada hortaliza, hay una historia de manos agrietadas, de madrugadas frías y de una resiliencia inquebrantable. Una de ellas viene desde el corregimiento de Santa Elena, en la vereda El Plan. Esa historia lleva el nombre y el apellido de John Hernán Molina Atehortúa, el hombre detrás del plato.

    John Hernán se define con orgullo como «campesino desde hace más de sesenta años». Su vida no ha sido fácil; ha sido un laberinto de surcos, pérdidas y reinvenciones. Quedó huérfano de madre a los cinco años, lo que truncó su educación formal tras la primaria y lo empujó a la tierra. A los trece, una edad en la que muchos apenas descubren el mundo, él ya estaba jornaleando, doblando el lomo para cultivar papa al mismo ritmo que los adultos. «Fue un trabajo muy duro, muy duro, para nosotros darnos el mismo rendimiento que la gente adulta«, recuerda con una voz que arrastra el peso de aquellos años.

    Le pudo la nostalgia del campo

    Con el tiempo, la tierra le dio una tregua y don John se independizó. Comenzó sembrando papa y luego se sumergió en la tradición de las flores tradicionales que colorean la cultura silletera del corregimiento: botón de oro, estrella, éxtasis y siempreviva. Sin embargo, la llegada de los invernaderos industriales y las flores de exportación transformó el mercado. «Ahí, legalmente, lo que fue la flor tradicional murió para el campesino, para el comercio en sí, ya no nos daba«.

    Esa crisis lo obligó a colgar temporalmente las herramientas agrícolas y a buscar el sustento en la construcción. Durante treinta años trabajó entre mezclas de cemento y ladrillos, pero el lazo con su herencia era demasiado fuerte para romperse del todo: nunca dejó la tierra. Trabajaba en las obras de la ciudad y regresaba a Santa Elena a cuidar sus parcelas. La nostalgia del campo siempre terminaba ganando.

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    Su renacer agrícola

    El verdadero renacer agrícola de don John llegó de la mano de un invernadero de trescientos metros cuadrados y un cultivo completamente nuevo para él: el tomate. Sin saber cómo sembrarlo, buscó asesoría de sus vecinos y el resultado fue una producción excelente que desafió su condición de aprendiz.

    Hoy, esos trescientos metros iniciales se han multiplicado por seis. Su parcela ya no solo produce tomates, sino que se ha convertido en un tapiz de mezclum de lechugas, llegando a experimentar con hasta cincuenta variedades de la hortaliza, de las cuales conserva hoy unas veinticinco que comercializa con éxito. De producir diez bolsitas que se pudrían en las plazas de mercado -porque la ciudad aún no entendía el producto-, hoy despacha entre seiscientas y setecientas bolsas semanales.

    Este éxito, reconoce, no ha sido en solitario. Además del apoyo familiar, resalta la importancia del acompañamiento institucional de la Alcaldía de Medellín. Entre risas y verdades pide a sus coterráneos conciencia.

    «Miren qué es lo que ustedes necesitan para que sepan qué es lo que van a hacer. No pidan por pedir. Yo en este momento tengo una motoazada, tengo tanques de almacenamiento, me han ayudado con sistemas de riego. ¿Ustedes se imaginan yo trabajando todo esto a mano? En dos horas tengo un invernadero listo para cosechar. Si fuera a mano, me metía más de una semana«.

    Para don John Hernán, el campo es una bendición y su identidad un honor que defenderá hasta el final. Mientras ve con preocupación cómo las nuevas generaciones abandonan el agro atraídas por el espejismo urbano, él se mantiene firme en su vereda, cuestionando la supuesta comodidad de la vida en la ciudad, donde hasta un vaso de agua tiene un precio.

    «Yo del campo, para yo salir, tiene que ser una causa mayor. Pero que por voluntad mía que voy a vender y me voy a ir, nunca. ¡De aquí saldré en cuatro tablas!».

    El Día del Campesino

    El Día del Campesino, establecido en Colombia el dos de junio desde 1965, es una fecha para celebrar su labor, pero también para reflexionar sobre el futuro del abastecimiento y la soberanía alimentaria de las ciudades. Si los campos se quedan solos, la despensa de todos se apaga.

    «El campo sí da. Lo que pasa es que hay que buscarle qué es lo que debemos de hacer. Si nos acabamos nosotros, los últimos que estamos quedando cultivando el campo, más tarde ¿qué va a ser? Ahí no vale decir que es del campo, sino ¿qué voy a comer?».

    La actualidad de John

    Actualmente Jhon y su familia hacen parte de las tres mil unidades productivas rurales que han fortalecido sus procesos productivos y de comercialización a través de los programas de la Alcaldía de Medellín. Su historia es el reflejo de cientos de productores que, en silencio, sostienen la vida de los ciudadanos de nuestra capital. Valorar el campo no es solo un acto de gratitud; es la única garantía de que mañana volverá a haber comida de verdad sobre la mesa.

    En nuestra ciudad, donde el 70 % del territorio es rural y está conformado por cinco corregimientos y 55 veredas, la conmemoración representa una oportunidad para reconocer el trabajo de miles de familias campesinas que sostienen la producción agropecuaria y conservan las tradiciones del campo. Actualmente, 1254 productores han participado en proyectos de fortalecimiento rural impulsados por la Alcaldía de Medellín, con una ejecución financiera que supera los 7366 millones de pesos.


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