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Mujeres al Volante en el Desfile de Autos Clásicos y Antiguos de la Feria de las Flores de Medellín

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Medellín en Historias | Secretaría de Cultura Ciudadana | Secretaría de las Mujeres
Por: Texto, fotos y videos: Luisa Fernanda Ríos Suárez. Editor: Alonso Velásquez Jaramillo |

En las calles de Medellín, los motores de los autos clásicos y antiguos se mezclaron este 7 de agosto con sombreros, flores, sonrisas y cientos de miradas que acompaña...

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  • En las calles de Medellín, los motores de los autos clásicos y antiguos se mezclaron este 7 de agosto con sombreros, flores, sonrisas y cientos de miradas que acompañaron el recorrido. Pero esta vez, entre los vehículos de colección que hacen parte de una de las tradiciones más reconocidas de la Feria de las Flores, hubo una imagen que tomó especial protagonismo: mujeres al volante, conduciendo, acompañando y compartiendo una pasión que durante años estuvo asociada principalmente a los hombres.

    La edición 29.ª del Desfile de Autos Clásicos y Antiguos convirtió la ciudad en un museo sobre ruedas al aire libre y, bajo la temática Mujeres al Volante, abrió espacio para historias que van más allá de los carros. Mujeres de distintas generaciones llegaron con sus familias, algunas para conducir y otras para acompañar a sus hijos, madres o nietas. Entre ellas hubo relatos de independencia, de acompañamiento familiar y de autonomía al volante, que muestran que detrás de cada vehículo hay mucho más que una máquina: hay recuerdos, aprendizajes, vínculos familiares y nuevas posibilidades para ellas.

    Tres generaciones en un mismo volante

    Tatiana llegó al desfile acompañada de su mamá, Luz Rodríguez, de 64 años, y de su hija María Isabel. Tres generaciones reunidas alrededor de un automóvil que para ellas es mucho más que una pieza de colección. La historia de esta máquina modelo 1983 comenzó varias generaciones atrás: primero perteneció al bisabuelo de Tatiana, luego al abuelo, después a su padre y finalmente llegó a la familia, que la ha conservado con especial cuidado. No la sacan durante todo el año; la mantienen guardada, le hacen mantenimiento y solo vuelve a las calles para ocasiones especiales. “Esto no es un carro, esto es una máquina, esto es un amor”, dice Tatiana. En ella han viajado recuerdos de matrimonios, celebraciones de 15 años y otros momentos familiares.

    Esta vez, además, el carro llegó al desfile con una historia inesperada. El esposo de Tatiana, Luis Forero, policía y quién trabaja en Bucaramanga, estaba inscrito inicialmente como conductor, pero no pudo acompañarlas. Ella decidió asumir el volante y representar a la familia. Para Tatiana, no era una tarea menor: llevaba consigo el orgullo de hacerlo en un año en el que el desfile puso a las mujeres en el centro. “No solamente estos caballos y esta potencia y estas máquinas las manejan los hombres”, dijo. “Nosotros también podemos”.

    Pero antes de que comenzara el desfile, la familia tuvo que librar su propia batalla. Eran cerca de las 4:40 de la mañana cuando el carro no quiso encender. Tatiana, su mamá y María Isabel comenzaron a buscar una solución y terminaron empujando la máquina para lograr que prendiera. “Nos tocó utilizar la fuerza de hombre”, contó entre risas, antes de corregirse: “Así, de mujer también”. Aquella escena terminó siendo una pequeña prueba de lo que horas después saldrían a representar: no esperar a que alguien más resolviera el problema, sino encontrar juntas la manera de seguir adelante.

    Tatiana Gil y su familia

    Tatiana Gil y su familia

    Para Tatiana, esa capacidad de avanzar también hace parte de su propia historia. Tiene 44 años, es administradora de empresas, trabaja desde hace 15 años como asesora empresarial en Suramericana de Seguros y está terminando la carrera de Derecho. Su esposo vive y trabaja en otra ciudad y ambos se encuentran aproximadamente una vez al mes. En medio de esa dinámica construyeron su familia con María Isabel, una hija que ella considera un milagro: durante el embarazo tuvo que permanecer prácticamente sentada y alejada de la actividad física, pero hoy la lleva consigo a una de las celebraciones que más disfruta.

    María Isabel se levantó a las 3:10 de la mañana para acompañar a su mamá y a su abuela. Tenía sueño, pero quería estar allí. Le impresionan los carros, disfruta la experiencia de verlos de cerca y sueña con estudiar en la Universidad Pontificia Bolivariana. Mientras su mamá conducía y su abuela la acompañaba, estaba viviendo una escena que, sin necesidad de explicaciones, habla de cómo se construyen los referentes entre generaciones.

    29.ª del Desfile de Autos Clásicos y Antiguos

    29.ª del Desfile de Autos Clásicos y Antiguos

    Tatiana sabe que todavía existen mujeres que sienten temor de ocupar espacios como este. Durante el desfile habló con otras participantes que le confesaron que les daba miedo conducir. Para ella, ese miedo también hay que aprender a enfrentarlo. Le gustaría ver más mujeres manejando camiones, tractomulas y vehículos de transporte en las carreteras y en las empresas, porque considera que no existen razones para limitar sus capacidades. “Las mujeres no debemos tener límites; los límites están aquí en la cabeza”, afirma.

    Por eso, más que sustituir a su esposo durante un día, Tatiana sintió que estaba representando algo que quería que su hija pudiera reconocer en el futuro. Su mensaje no era solamente para las mujeres que estaban allí, sino para cualquiera que alguna vez haya pensado que determinada actividad no es para ella: “Si ella pudo, yo puedo. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? Nada, somos iguales”.

    También están las mujeres que acompañan

    No todas las historias de Mujeres al Volante estaban detrás del timón. Lucy Montoya llegó para acompañar a su hijo Jorge Acosta, participante del desfile. Para ella, la Feria de las Flores es una tradición familiar que ha vivido durante años y que también ha transmitido a su hijo, junto con el amor por los carros antiguos.

    Jorge, que condujo un Chevrolet de 1967, participó por segundo año consecutivo. Esta vez quiso compartir la experiencia con su mamá, quien, aunque no maneja este tipo de vehículos, tiene una opinión clara sobre las mujeres que sí lo hacen. “Me parecen unas berracas”, dice Lucy. “Al mirarlas me les quito el sombrero”.

    Para Lucy, el respeto por las mujeres comienza en casa. Desde que sus hijos tuvieron uso de razón, cuenta, les enseñó que a las mujeres no se les toca “ni con el pétalo de una rosa”. Por eso, ver a su hijo participar en un desfile que este año pone a las mujeres en primer plano también representa una forma de continuidad de esa enseñanza.

    Jorge lo confirma desde su experiencia. “Me parece muy bonito ver a las mujeres manejando esos juguetes”, dice, reconociendo en ellas la cultura paisa, la pujanza y la berraquera. Su voz, desde el lugar de un hombre que participa en esta tradición, se suma a la de las mujeres que ese día ocuparon el volante para recordar que este espacio también puede ser compartido.

    Mujeres que aprendieron a no pedir permiso

    Para Ruby Tobón, de 70 años, el volante también tiene una historia de independencia. Llegó al desfile para acompañar a su hijo y a su nieta y, aunque ya no tiene carro propio, recuerda que condujo durante buena parte de su vida. Es la tercera vez que participa como acompañante en este evento que, para ella, también es memoria.

    Ruby Tobón y su nieta

    Ruby Tobón y su nieta

    Ruby habla de una generación en la que muchas mujeres crecieron con un destino aparentemente definido: la casa, el matrimonio y la familia. Sin embargo, su vida tomó otro rumbo. Desde los 12 años comenzó a “guerrearse la vida” y a los 18 ya era económicamente independiente. Trabajó durante dos décadas y estuvo casada por 32 años, hasta que una separación la enfrentó a uno de sus mayores miedos: quedarse sola. Con el tiempo descubrió que también podía construir una vida independiente.

    Por eso, cuando habla de derechos no lo hace desde la teoría, sino desde la experiencia. “Yo me doy cuenta de que tengo 70 años cuando me miro al espejo”, dice. Su mensaje para otras mujeres es sencillo: levantarse después de cada caída, no quedarse en el suelo y seguir adelante con entusiasmo.

    Para ella, la edad tampoco debería convertirse en una frontera. “A esta edad se acaba la pena, se acaban los nervios”, dice entre risas, mientras cuenta que durante el desfile la gente le pedía saludar y ella terminaba levantando la mano una y otra vez. La mujer que en otra época se preocupaba más por las miradas ajenas hoy disfruta una libertad distinta: la de vivir con menos miedo al qué dirán.

    Conducir también es independencia

    Elsa Giraldo y Carolina García llegaron al desfile con una mirada distinta. Para Elsa era la primera vez; Carolina, en cambio, ya sumaba tres años participando junto a su esposo. Ambas disfrutaban de los carros, de la estética de otra época y de ver a tantas mujeres como protagonistas de una jornada que, esta vez, tenía un significado especial para ellas.

    Elsa Giraldo y Carolina García

    Elsa Giraldo y Carolina García

    Carolina reconoce que la relación de las mujeres con la conducción ha cambiado con el paso del tiempo. Ya no se trata solamente de demostrar que pueden estar detrás de un volante, sino de reconocer lo que significa para ellas tener la posibilidad de conducir.

    “Es una actividad que, si uno aprende a hacerla bien, te desestresa, te permite ser más independiente”, cuenta. Para ella, poder movilizarse sin depender de la pareja, un hermano o cualquier otro familiar es también una forma de autonomía.

    Esa idea adquiere otra dimensión cuando se mira el propósito de la iniciativa que acompaña. Carolina trabaja en una fundación que busca que más mujeres puedan obtener su licencia de conducción, formarse y acceder a oportunidades laborales en el sector del transporte.

    Elsa Giraldo y Carolina García

    Elsa Giraldo y Carolina García

    Por eso, verla en el desfile no es solamente mirar a una mujer disfrutando de un automóvil clásico. Es también la imagen de una posibilidad: que conducir sea una herramienta para ampliar las oportunidades de otras mujeres.

    Y mientras habla de las capacidades femeninas, se permite una frase breve, casi como una provocación entre amigas: “A veces lo hacemos hasta mejor”, dice mientras sonríe.

    Un museo sobre ruedas también puede cambiar la mirada

    Por 29.ª vez, el Desfile de Autos Clásicos y Antiguos convirtió las calles de Medellín en un museo sobre ruedas durante la Feria de las Flores. Este 7 de agosto, 380 vehículos recorrieron 18 kilómetros de la ciudad llevando décadas de historia, memoria familiar y pasión por los automóviles. Pero esta vez había algo distinto: entre los motores, los cromados y los sombreros, la mirada también se dirigía hacia quienes estaban al volante.

    Mujeres al Volante fue la temática de esta edición y puso en primer plano una participación que durante años estuvo asociada principalmente a los hombres. No se trataba solo de conducir un automóvil clásico. Era ocupar un espacio, hacerse visible y compartir una tradición desde otro lugar. Por las calles de Medellín pasaron mujeres de distintas edades: algunas conduciendo, otras acompañando a sus familias y otras descubriendo, desde el asiento del copiloto, una posibilidad que también puede ser suya.

    29.ª del Desfile de Autos Clásicos y Antiguos

    29.ª del Desfile de Autos Clásicos y Antiguos

    La escena se enlaza con un propósito que la ciudad ha venido cultivando: abrir más espacios donde las mujeres puedan participar en igualdad de condiciones y donde las ideas sobre lo que “les corresponde” o “no les corresponde” empiecen a ampliarse. En ese sentido, la política pública de igualdad de género de Medellín recoge ese horizonte de una ciudad que busca que las oportunidades no dependan del género, sino de las capacidades y los deseos de cada persona.

    Ese cambio no siempre ocurre en grandes escenarios. A veces empieza con una imagen sencilla: una mujer tomando el volante mientras su hija la mira; una abuela que acompaña a su hijo y reconoce con orgullo a otras mujeres que conducen; una mujer de 70 años hablando de independencia o un hombre que, desde el mismo desfile, reconoce públicamente la capacidad de ellas para ocupar ese lugar. Son escenas pequeñas, pero juntas ayudan a mover una idea instalada durante años sobre quién puede conducir, quién puede ocupar determinados espacios y quién tiene derecho a sentirse capaz.

    Por eso, el valor de esta jornada estuvo también en lo que esas imágenes pueden dejar después de que termine el desfile. Se trata de un cambio que se va tejiendo en lo cotidiano, cuando se cuestionan sin estridencias ciertas costumbres y se abren nuevas formas de ver lo que antes parecía fijo. Y en este desfile, sin discursos largos ni grandes declaraciones, fueron las propias historias las que hicieron visible ese movimiento.

    Tatiana, Luz, María Isabel, Ruby, Lucy, Elsa y Carolina lo mostraron desde lugares diferentes. Una familia que conserva un automóvil de generación en generación, una madre que acompaña a su hijo, una abuela que reivindica su independencia y mujeres que encuentran en la conducción una forma de autonomía terminaron haciendo del recorrido algo más que una exhibición de vehículos.

    Porque durante unas horas, Medellín no solo vio pasar autos clásicos y antiguos. Vio mujeres ocupando un lugar que también les pertenece. Y quizá ahí estuvo la verdadera potencia de Mujeres al Volante: en que una niña pudiera mirar a su mamá conduciendo y pensar en lo que también puede hacer mañana; en que otras mujeres pudieran verse representadas y en que quienes observaban desde las calles pudieran acostumbrarse, poco a poco, a una imagen que, con el tiempo, debería ser cada vez frecuente y en particular, más natural.


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