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En Medellín, entre manos y tierra, una huerta escolar está cambiando vidas

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Medellín en Historias | Secretaría de Medio Ambiente
Por: Hernán Muñoz Fotos: Emmanuel Gómez . Editor: Alonso Velásquez Jaramillo. |

Hay días en los que la escuela se transforma sin hacer ruido. En la Institución Educativa Francisco Luis Hernández, ubicada en el barrio Aranjuez de Medellín, la mañ...

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  • Hay días en los que la escuela se transforma sin hacer ruido. En la Institución Educativa Francisco Luis Hernández, ubicada en el barrio Aranjuez de Medellín, la mañana empezó distinta: no por un acto protocolario ni por un discurso largo, sino por algo más sencillo y profundo: 600 nuevas plantas comenzaron a ocupar su lugar en la huerta escolar, mientras estudiantes y docentes se reunían alrededor de la tierra, no como espectadores, sino como protagonistas de un proceso que crece desde adentro.

    Emmanuel fue uno de ellos. Se presentó con naturalidad, sin libreto: “yo soy Emanuel y hoy les voy a hablar sobre la huerta”. Y lo hizo como quien habla de algo propio y cercano. “La huerta nos enseña la inclusión para las personas, que todas las personas somos iguales y que tenemos que ser tratados, así como tratamos a las plantas”. Lleva poco tiempo, apenas este año, pero su forma de mirar el espacio dice lo contrario.

    Observa, reconoce, se detiene. “La huerta es muy bonita… y podemos llegar a mucho más”, dice, como si ya estuviera viendo lo que aún no ha crecido.

    Felipe toma la palabra con otra cadencia, más reflexiva, pero igual de contundente: “parece un proceso sencillo, pero en realidad tiene un significado más profundo”, afirma. Y mientras lo dice, a su alrededor otros estudiantes riegan, acomodan y participan. “La huerta nos enseña a ser más inclusivos… todos debemos ser tratados con igual condiciones, sin importar nada”. En su voz hay una idea clara: aquí no solo se siembra, aquí se aprende a convivir.

    La huerta como aula

    Quien ha acompañado ese proceso de cerca es el profesor Edwin Ayala. No interrumpe, no dirige con rigidez: observa, orienta y deja que la experiencia hable. “Este proyecto, Skholé, Huerta Escolar, es un camino de la inclusión a la diversidad”, explica. “Aquí participan aproximadamente 120 estudiantes, sordos, ciegos o con discapacidad intelectual… buscamos que tengan un estilo de vida más amigable con la naturaleza”. Para él, la huerta es también un aula: “es un proceso de ciencia, de investigación, de cuidado de la naturaleza para cuidarnos nosotros mismos”.

    En medio de la jornada, una escena resume el sentido de todo. El subsecretario de Gestión Ambiental, Mario Ramírez, se acerca, se sienta junto a los estudiantes y participa de la siembra. No hay distancia. Los mira con atención, sin apartar la vista, como si fueran sus propios hijos. En ese gesto silencioso se condensa algo más grande: la posibilidad de que lo público también se construya así, cerca, a ras de la  tierra, acompañando procesos que sí transforman.

    Las plantas quedan sembradas, pero lo más importante no se ve de inmediato. Queda en las conversaciones, en la forma en que los estudiantes se relacionan, en la manera en que entienden al otro. Porque en este espacio no solo crecen alimentos o flores: crece la idea de que todos tienen un lugar.

    Esta siembra hace parte de una apuesta más amplia por fortalecer la agroecología y la agricultura urbana. A la fecha, la estrategia ha acompañado a 23 instituciones educativas y 11 sedes de Buen Comienzo Medellín, llevando estos procesos a distintos rincones de la ciudad.

    Y es que, al final, sembrar no es solo poner una planta en la tierra… es dejar una idea viva, esperando el momento justo para florecer.


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