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Llega el día del Desfile de Silleteros, son las cuatro de la mañana y Santa Elena ya está despierta. No es el ruido de una ciudad el que rompe el silencio, sino el movimiento pausado de quienes llevan semanas preparando uno de los días más importantes del año. Las luces encendidas de las casas campesinas mientras las últimas flores encuentran su lugar en las silletas. Hay café recién hecho endulzado con agua de panela, manos inquietas, niños que aún luchan contra el sueño y familias enteras pendientes de que no falte un solo detalle.
He tenido el privilegio de vivir ese momento muchas veces. Mientras la mayoría de Medellín todavía duerme, en Santa Elena ya comenzó el desfile que casi nadie ve. Las primeras camionetas empiezan a bajar hacia la ciudad cargando un tesoro que todavía permanece oculto a los lentes de las cámaras. Nadie quiere revelar antes de tiempo el detalle final del diseño de las silletas. Hace parte de esa magia silenciosa que las familias silleteras han conservado durante generaciones. Incluso entre ellos existe ese pequeño secreto que solo se descubre cuando comienza el desfile.
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Quienes vivimos o frecuentamos el corregimiento sabemos que ese recorrido también merece aplausos. Muchas familias salen en pijama a despedir las camionetas. Otras simplemente observan en silencio cómo parten quienes, horas más tarde, llevarán sobre sus hombros el orgullo de todo un territorio.
Lo que hay detrás de cada silleta
Es imposible no emocionarse, porque detrás de cada silleta hay semanas de trabajo. Durante esos días las familias elaboran las silletas que participan en el desfile, pero también las que adornarán empresas, instituciones y espacios de la ciudad. La última noche casi nadie duerme. Los detalles finales siempre esperan hasta el amanecer. El silletero apenas logra descansar un par de horas antes de iniciar una jornada que pondrá a prueba su cuerpo y su corazón.
Sin embargo, cuando Medellín finalmente lo recibe entre aplausos, ocurre algo extraordinario, como lo expresa muy bien Martín Atehortúa Londoño, reconocido silletero, comunicador y líder de la tradición en el corregimiento de Santa Elena: «Más que un sentimiento, es una emoción que transforma el cansancio en alegría. El aliento del público es la fuerza más importante que tiene un silletero».
Y tiene razón. He visto cómo el peso de una silleta monumental parece desaparecer cuando la gente comienza a gritar sus nombres, a agradecerles, a aplaudirlos. Es como si toda la ciudad cargara con ellos durante unos instantes.
Más allá del desfile
Pero esa historia no empieza en el desfile, comienza mucho antes, cuando las flores todavía están sembradas. Empieza en las huertas donde, además de flores, se cultivan aromáticas, hortalizas y alimentos que durante décadas hicieron parte de la economía campesina. Empieza en aquellas mujeres lavanderas que caminaban desde distintas veredas llevando sobre sus espaldas la ropa que lavaban para las familias de Medellín. Empieza en los antiguos cargueros que recorrían los caminos de piedra cuando todavía no existían carreteras pavimentadas.
La silleta fue primero una herramienta de trabajo. Solo después se convirtió en símbolo. Quizás por eso emociona tanto, porque cada flor lleva escondida una historia de esfuerzo. Y esa historia no podría entenderse sin el territorio que la hizo posible.
Santa Elena no es únicamente el lugar donde nacen las flores. Es el lugar donde florece una forma de vivir. Martín Atehortúa lo resume con una frase que se quedó conmigo desde que la escuché: «El patrimonio se conserva a través de la territorialidad. No solamente es conservar la silleta o al silletero, sino también el territorio con todo su contexto, con su agricultura, con sus huertas y con su vocación floricultora».
Planear la conservación del patrimonio
Fue justamente esa conversación la que me hizo entender por qué esta historia también habla de Planeación. Aunque la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial corresponde a otras entidades, existe una responsabilidad igualmente decisiva: proteger el territorio que hace posible que esa tradición continúe viva. La cultura silletera no podría entenderse sin las huertas donde nacen las flores, las viviendas tradicionales, los caminos ancestrales, los paisajes rurales y las familias que han construido, generación tras generación, una manera única de habitar Santa Elena. Cuidar ese soporte territorial también es una forma de cuidar la tradición.
Mientras preparaba esta historia volví a pensar en todas las veces que he recorrido esas montañas. En las conversaciones con familias que hablan de las flores como si fueran parte de la familia. En los niños que esperan con ansiedad el Desfile de Silleteritos que se desarrolla en el corregimiento, que si bien no es tan masivo tiene un gran valor por ser el semillero de esas familias tradicionales donde los niños aprenden a amar esta tradición, y donde cargan con orgullo pequeñas silletas que para ellos pesan tanto como las monumentales para sus padres.
Ahí entendí que la tradición no se hereda únicamente con palabras, se hereda caminando, madrugando, viendo a los abuelos escoger las flores, aprendiendo a poner cada clavel en el lugar correcto y sintiendo que algún día esa silleta también descansará sobre sus propios hombros.
Ese es el patrimonio que pocas veces aparece en las fotografías. Y es precisamente el patrimonio que hoy invita a mirar con nuevos ojos la Revisión de Mediano Plazo del Plan de Ordenamiento Territorial. No se trata únicamente de proteger construcciones antiguas o bienes aislados. Como explica Daniela Jaramillo, profesional del equipo de patrimonio del Departamento Administrativo de Planeación: «El patrimonio no son elementos aislados. Cuando se entienden de manera integrada permiten reconocer los paisajes culturales, donde el patrimonio cultural y el patrimonio natural se relacionan para contar una historia mucho más completa de Santa Elena, de la ciudad, de la silleta y de las manifestaciones que comparten un mismo territorio»
Es una mirada que reconoce los paisajes culturales como la expresión de la relación entre las personas y el territorio. Allí convergen el patrimonio cultural y el patrimonio natural: las casas de tapia, los caminos ancestrales, los árboles patrimoniales, las huertas, los paisajes rurales y la cultura silletera hacen parte de un mismo relato. Porque proteger el territorio también es proteger la memoria.
Las manos silleteras cultivan la tradición
Cada agosto Medellín celebra el desfile, pero quienes conocemos Santa Elena sabemos que la verdadera Feria de las Flores empieza mucho antes y termina mucho después. Continúa durante todo el año, en las manos que siguen sembrando, cultivando y enseñando que las tradiciones no sobreviven por casualidad. Con el compromiso de los silleteros que cada mes organizan el Festival de la Silleta, con las familias que abren las puertas de sus fincas durante todo el año para contarle a turistas sobre esta bella tradición.
En pocas palabras, sobreviven porque alguien decide cuidarlas. Y quizá esa sea la mayor enseñanza que dejan los silleteros: que las flores son efímeras, pero el amor y las tradiciones sobreviven porque alguien decide cuidarlas.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que dejan los silleteros: que las flores son efímeras, pero el amor por un territorio puede florecer para siempre. Por eso, la Revisión de Mediano Plazo del POT reconoce que proteger los paisajes culturales de Santa Elena también significa proteger el territorio que sostiene la tradición silletera: las viviendas tradicionales, las huertas, los caminos ancestrales, el patrimonio natural y las familias que mantienen vivo este legado. Porque cuando el territorio se conserva, las tradiciones encuentran el lugar donde seguir floreciendo.