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La primera vez que Neil Alexander Calvo Arroyave vio a su hermano quedarse sin fuerzas en una loma de Medellín entendió que el desafío iba más allá del esfuerzo fís...
La primera vez que Neil Alexander Calvo Arroyave vio a su hermano quedarse sin fuerzas en una loma de Medellín entendió que el desafío iba más allá del esfuerzo físico. No se trataba únicamente de empujar una silla de ruedas por una pendiente pronunciada. Era una realidad cotidiana que aparecía en cada recorrido, en cada trayecto y en cada calle construida sobre las montañas de la ciudad.
Su hermano, Homel Calvo Arroyave, conocía bien ese camino. Hace 29 años un accidente de tránsito lo convirtió en usuario de silla de ruedas. Desde entonces construyó una vida activa, recorrió barrios, estudió, trabajó y encontró formas de moverse por una ciudad que exige esfuerzo en cada ascenso. Con el paso de los años, los brazos y los hombros, aliados permanentes de su independencia, comenzaron a requerir nuevos apoyos para seguir acompañando sus recorridos.
Las conversaciones entre los dos hermanos empezaron a girar alrededor de una misma idea. Homel hablaba desde la experiencia de quien conoce cada pendiente. Neil escuchaba con la mirada de un ingeniero acostumbrado a buscar soluciones. En la mesa familiar aparecieron dibujos, bocetos y preguntas. También aparecieron las ganas de construir algo útil.

Neil y Homel crecieron en una familia donde las soluciones siempre fueron un asunto colectivo. Junto a sus otros hermanos aprendieron que los desafíos podían abordarse desde la creatividad, el trabajo conjunto y la persistencia. Esa manera de entender la vida terminó convirtiéndose en el motor de un proyecto que años después impactaría la movilidad de cientos de personas.
Durante meses trabajaron en el desarrollo de una solución que acompañara el desplazamiento de usuarios de silla de ruedas en terrenos exigentes. Las primeras versiones surgieron entre pruebas, ajustes y largas jornadas de experimentación. Cada avance representaba una respuesta a situaciones que Homel había vivido durante años en las calles de Medellín.
El resultado fue Brazo Amigo, un propulsor de asistencia que se adapta a las sillas de ruedas manuales y acompaña los desplazamientos en recorridos de mayor exigencia. Diseñado a partir de la experiencia de usuarios reales, el dispositivo ayuda a disminuir el esfuerzo que realizan los brazos y los hombros durante los trayectos cotidianos y facilita la movilidad en una ciudad donde las pendientes hacen parte del paisaje urbano.
La tecnología también fue pensada para integrarse a la rutina diaria de quienes utilizan silla de ruedas. Su diseño permite conservar las características originales de cada equipo y facilita desplazamientos en diferentes entornos de la ciudad, incluyendo el acceso al transporte público. Con el paso de los años, el desarrollo alcanzó un nivel de madurez que le permitió obtener patente propia y los registros necesarios para su implementación.
Sin embargo, cuando Neil habla de Brazo Amigo rara vez comienza por la tecnología. Prefiere hablar de las personas. Prefiere hablar de la posibilidad de estudiar, trabajar, visitar a la familia, encontrarse con amigos o participar en actividades comunitarias. Habla de movilidad, pero también de autonomía. Habla de recorridos, pero también de proyectos de vida.

Esa visión cobra sentido en historias como la de Iris Durango, una de las beneficiarias de esta iniciativa respaldada por el proyecto Movilidad para Todos, de Ruta N y Toyota Mobility Foundation.
Además de Brazo Amigo, esta estrategia reúne otras iniciativas de innovación para la movilidad diversa: Más Urbano, una plataforma que identifica rutas con menos barreras; las aplicaciones desarrolladas por la Universidad Eafit y Solyon para planear viajes accesibles; y El Comité, que diseña una plataforma elevadora para facilitar el acceso a los buses.
Iris Durango ahora habla de las visitas que quiere hacer. De los trayectos que planea recorrer junto a su hijo. De las actividades que espera compartir con su familia y sus amigos. Sus planes parecen sencillos. Sin embargo, en cada uno de ellos aparece algo fundamental: la posibilidad de ahora poder moverse con mayor tranquilidad y participar activamente en los espacios que hacen parte de su vida cotidiana, gracias al dispositivo Brazo Amigo.

Ella fue una de los primeros cinco habitantes de las comunas Manrique y Aranjuez que recientemente recibieron los primeros dispositivos para validar su funcionamiento en condiciones reales de uso y generar aprendizajes que permitan fortalecer la solución antes de avanzar hacia una etapa de mayor alcance.
Precisamente, la historia de Iris representa el propósito que impulsó a Neil y Homel desde el principio. Una idea nacida entre hermanos que hoy acompaña los proyectos de vida de otras personas.

Porque detrás de cada dispositivo hay horas de trabajo, conocimiento e innovación desarrollada en nuestra ciudad. Pero también hay conversaciones familiares, experiencias compartidas y la convicción de que las mejores soluciones suelen surgir cuando alguien decide escuchar las necesidades del otro. Cada vez que uno de estos dispositivos recorre una pendiente de esta urbe, la historia vuelve al mismo punto de partida. A una loma de Medellín. A dos hermanos buscando una manera de avanzar. Y una idea que encontró la forma de acompañar el camino de muchas personas.