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En el hogar San Cristóbal, en el barrio Boston de Medellín, los días suelen transcurrir despacio. El sonido de los televisores acompaña las conversaciones cortas de l...
En el hogar San Cristóbal, en el barrio Boston de Medellín, los días suelen transcurrir despacio. El sonido de los televisores acompaña las conversaciones cortas de los adultos mayores, mientras el tiempo parece avanzar más lento entre corredores silenciosos y sillas alineadas junto a las ventanas. Pero aquella mañana el ambiente cambió desde antes de que comenzara la actividad. Primero se escucharon ladridos. Después, risas. Y finalmente aparecieron ellos: tres perros rescatados del Centro de Bienestar Animal La Perla que llegaron moviendo la cola, recorriendo el salón y acercándose, uno a uno, a los residentes del hogar.
Entre todos estaba Ligia Londoño, una mujer de 75 años que, aunque perdió la visión hace años, conserva intacta la memoria de las personas y animales que marcaron su vida. Sentada en una silla, con las manos reposando sobre el regazo, esperaba en silencio mientras escuchaba el movimiento alrededor. Cuando le preguntaron por qué era “la más linda”, soltó una sonrisa inmediata y respondió con seguridad: “porque yo soy la reina”.
Ligia y Chagualo

Ligia habla con dulzura y con una precisión sorprendente para recordar fechas y nombres. Cuenta que nació “el 11 de noviembre de 1950 a las 11 y cuarto de la mañana”, como si ese instante hubiera quedado suspendido para siempre en su memoria. Lleva casi tres años viviendo en el hogar San Cristóbal y admite que muchas veces la soledad pesa más que cualquier otra cosa. Por eso, cuando Chagualo, uno de los perros del programa de Intervenciones Asistidas, se acercó hasta ella, algo cambió en el ambiente.
“¡Ay, qué belleza!”, dijo apenas sintió el contacto del perro junto a sus piernas. Después comenzó a acariciarlo lentamente, recorriéndole el lomo con las manos mientras el animal permanecía quieto, dócil, como si entendiera perfectamente el momento que estaba viviendo esa mujer. “Yo lo acariciaba y él me la iba a acariciar… y yo le decía ‘la manito’, y me daba la manito”, contó entre risas, levantando ligeramente la mano derecha para recrear el gesto del perro.
La escena parecía sencilla, pero alrededor de Ligia todos entendían que estaba ocurriendo algo mucho más profundo. Aunque no puede verlo, ella reconocía a Chagualo por el tacto, por el calor de su cuerpo y por la tranquilidad que le transmitía. Mientras hablaba con él, también parecía volver a encontrarse con una parte de su pasado.
Entonces comenzó a recordar a los perros que tuvo durante gran parte de su vida. Los mencionó de memoria, uno tras otro, sin equivocarse: “la perra una llamaba Olga, la otra Pinina, la otra Margarita, la otra Marquesa y el perrito Oscar Rodolfo Mauricio Vítor”. Después hizo una pausa larga y suspiró. “Síiii… cuánto los extraño”, agregó con la voz entrecortada.
En medio de la conversación también aparecieron las heridas. Habló de la casa que perdió en Castilla y de la distancia con su hijo Juan Fernando, a quien hace años no ve. “Él cumplió 51 años este febrero”, contó, como si todavía llevara la cuenta exacta del tiempo pese a la ausencia. Sin embargo, cada vez que la tristeza parecía imponerse, Chagualo volvía a acercarse y Ligia recuperaba la sonrisa. “Los perros son muy lindos. Los perros son muy lindos”, repetía mientras seguía acariciándolo.
Una terapia que sana
Ese es precisamente el propósito del programa de Intervenciones Asistidas con Perros, liderado por la Alcaldía de Medellín a través del Centro de Bienestar Animal La Perla. Más allá de una visita recreativa, la estrategia busca utilizar el vínculo entre humanos y animales como herramienta terapéutica para fortalecer la salud emocional, estimular la memoria y disminuir la sensación de soledad en poblaciones vulnerables.
Detrás de cada uno de los perros que participa hay también historias difíciles. Muchos fueron rescatados del abandono o el maltrato y pasaron por procesos de recuperación física y emocional antes de convertirse en animales de apoyo terapéutico. Veterinarios, etólogos y entrenadores trabajan durante meses para garantizar que puedan relacionarse tranquilamente con las personas y desenvolverse en espacios sensibles como hogares de adultos mayores.
Mientras Chagualo recorría el salón, otros residentes también extendían las manos buscando una caricia. Algunos reían más de lo habitual; otros permanecían en silencio abrazando a los perros. Por unas horas, el refugio dejó de sentirse tan solitario.

Más allá de las caricias
“Aquí en el refugio tenemos muy claro que estas personas son nuestra prioridad y que el afecto para ellos es fundamental”, explicó Dora Mejía, directora del hogar San Cristóbal. “Y el cariño que sienten por los animales les da un significado a sus vidas”.
Ligia parecía resumirlo todo sin necesidad de discursos. Antes de terminar la jornada volvió a buscar a Chagualo con las manos abiertas. El perro se acercó de inmediato y ella volvió a sonreír, como si reconociera a un viejo amigo.
En ese instante quedó claro que la terapia no estaba solamente en las caricias o en la compañía. Estaba en algo mucho más simple y poderoso: en la posibilidad de sentirse querida otra vez.