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Historias de las mujeres diversas de Medellín

Desde la Secretaría destacamos los liderazgos de las mujeres diversas y su importancia para la construcción de una Medellín Futuro con igualdad.

Garantizar que las mujeres tengan las mismas oportunidades para el goce efectivo de sus derechos, que ninguna sufra discriminación en razón de su identidad de género, sexual, étnico – racial, territorial, condición política y ciclo de vida, para lograr la igualdad entre hombres y mujeres en el municipio de Medellín (Acuerdo 102 de 2018, Concejo de Medellín), es el objetivo de la Política Pública de Igualdad de Género para las Mujeres Urbanas y Rurales de Medellín.

Mujeres en evento

A continuación encontrarás algunas de las historias de vida de las mujeres diversas de Medellín.

Adriana Hidalgo

Adriana María Hidalgo nació en el barrio Campo Valdés, Comuna – 4 de Medellín. Desde pequeña descubrió que le gustaba construir cosas, en parte, por ver a su padre ebanista trabajar la madera.

A los 13 años le hacía los vestidos a sus muñecas. Aprendió y se encarretó de tal forma que sus vecinas y amigas le compraban vestidos a diez pesos. Poco dinero, aunque según ella, lo importante era que le encargaran y llevasen telas para ella explorar y crear.

Más tarde, Adriana se hizo su propio vestido para sus quince años. “Yo era la sensación en el barrio, la niña que cose a los trece años”, dice sonriendo.

No obstante, el reciclaje y el tai dai dai (pintura de telas), se convertiría en una de sus pasiones y en una motivación para crear y enseñarle a otras mujeres a “extenderle la vida a las prendas”.

Adriana Hidalgo
Adriana Hidalgo

Adriana ha acompañado la enseñanza del reciclaje a grupos de mujeres de Medellín. Cuando habla del tema se le iluminan los ojos y hace memoria para narrar cómo eran los encuentros con las mujeres del barrio San Pedro y de Bello Oriente. Disfrutaba ver que sus conocimientos se traducían en las creaciones de las mujeres y los talleres se prestaban para encontrar soluciones a problemas y compartir desde la sororidad.

Trabajó también con campesinos y campesinas el papel reciclado para convertirlo en joyas, y el fique, para hacer y comercializar bolsas de mercado. En el 2011, trabajó con mujeres víctimas de trata de personas y si bien reconoce que no fue fácil en un principio, recuerda con alegría las exposiciones con las que lograron vender lo que construían.

“Yo me llenaba de tanto placer ver que podían ganarse su platica. La historia de las mujeres víctimas de trata le hace entender a uno el drama que viven las mujeres. Mujeres maltratadas, víctimas de violencias. Decían que se liberaban y que no veían la hora que llegara el día de los talleres. Ellas se aconsejaban, cómo les funciona la economía, hasta recetas de hierbas, cosas muy bonitas”, cuenta Adriana.

Adriana hace parte del Mercado San Alejo. Allí vende, hasta la fecha, vestidos de alta costura que combina con el tai dai, el encaje y otros elementos artísticos reciclados, como botones o creaciones en crochet.

Con el tiempo encontró clientas a las que incluso les fía porque sabe que las prendas que diseña son únicas y muy valoradas por diversas personas.

Para ella el San Alejo es un “súper espacio” donde ha conocido artesanos, artesanas y muchas historias que la motivan a crear. Aunque su sueño es la creación de un proyecto grande de reciclaje con el que muchas mujeres se instruyan y adquieran autonomía económica. 

Rosario Hernández

Rosario Hernández, un legado de muñecos y valores.

Varios elementos componen la vida de María del Rosario Hernández Zapata, artesana del Mercado de San Alejo, la independencia económica que ha obtenido gracias a los muñecos que elabora y el valor inmenso que le da a la educación y a la familia.

Desde que tiene uso de razón conoce las manualidades y la costura, pues en su familia tenían una tradición familiar de reciclar retazos de tela para crear colchas. Primero vio a su madre coser a mano y luego fue ella, estando muy pequeña, la que quiso aprender a hacer los vestidos para sus propios muñecos, recuerda que el primero que hizo fue el de Pinocho, con los atributos del conocido personaje al que le crece la nariz con cada mentira.

Rosario Hernández

Estuvo casada por varios años hasta que, agotada de llevar las obligaciones sin el apoyo de su esposo, decidió separarse. Fue un momento trascendental en su vida pues, tal como lo expresa: “ese día aprendí a vivir, desde que me separé fue una época un poco dura, pero desde ahí aprendí que yo misma podía, que yo era capaz”.

Entre sus amigas empezó a vender los peluches que hacía, redescubrió sus habilidades, entró a clases de muñequería, amplió su portafolio e hizo de la creación de sus propias manos el ingreso que le permitió sostenerse con sus cuatro hijas. “Eso fue una ayuda muy grande, mis hijas aportaban también, no solo cosiendo, porque todas aprendieron conmigo, sino vendiendo los títeres en sus lugares de estudio y trabajo”.

Con su emprendimiento de títeres, muñecas, cajas decorativas y elementos para adornar, sacó adelante a su familia. Se considera una mujer valiente y en sus hijas encuentra su propio reflejo, “son como yo, unas verracas que aprendieron a trabajar y me ayudaron”, agrega Rosario.

Rosario Hernández junto a muñecos

En el Mercado Artesanal San Alejo, sus creaciones tienen un lugar, además impulsa su taller participando en las capacitaciones ofrecidas por los distintos programas de la Alcaldía de Medellín, incluyendo la obtención de microcréditos del Banco de las Oportunidades. Todo esto le ha permitido avanzar en su propósito de empoderarse y alcanzar su autonomía económica.

Según ONU Mujeres invertir en el empoderamiento económico de las mujeres contribuye directamente a la igualdad de género, la erradicación de la pobreza y el crecimiento económico inclusivo.

“Y tengo cuatro hijas profesionales, cómo le parece, véalas allá: química farmacéutica, médica veterinaria, ingeniera geóloga y filóloga”, dice Rosario, llena de orgullo y satisfacción, mientras señala una pared donde están las fotografías de cada una.

Rosario quiso ser profesora, estudió hasta la primaria porque su padre consideraba que las mujeres no necesitaban estudiar; más adelante, con el apoyo de su madre, realiza una especie de programa técnico de secretariado que le dio habilidades para continuar, “toda la vida tengo que agradecerle a mi madre por ese poquito de estudio que me dio”. Como no pudo estudiar lo que ella quería, se le convirtió en obsesión facilitar el estudio a cada una de sus hijas en las que se ve realizada hoy en día.

Pero su deseo de enseñar no quedó truncado, Rosario dicta talleres de muñequería a mujeres y niñas, disfruta hacerlo porque considera que es una forma de tejer redes para apoyarse, “cuando aprendí de inmediato empecé a dar clase, hay varias artesanas de San Alejo que aprendieron a hacer los títeres conmigo, nos ayudamos porque unidas podemos lograr más cosas, podemos progresar juntas”, dice.

Manifiesta que su trabajo la hace feliz, la delicadeza de su voz contrasta con el ímpetu de su ser, pues sentarse a coser la llena de vitalidad para seguir, “esto es lo que me ha dado el sustento por años y lo voy a hacer hasta que Dios me lo permita, sueño con que mis productos sean reconocidos y que me recuerden por los muñecos que he vendido”.


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